“Heli”

En algún lugar de Guanajuato, donde el campo ya no da para comer, Heli, apenas salido de la adolescencia, mantiene a su familia, esposa, bebé, padre y hermana de 12 años, trabajando en una fábrica de autos; la pesadilla comienza cuando el novio de la hermanita, un cadete de 17 años, sustrae un par de paquetes de cocaína de una caseta; los señores de la droga regresan a cobrar cuentas.

Tercer largometraje del maestro del minimalismo narrativo Amat Escalante, Heli (México-Francia-Alemania-Países Bajos, 2013), premio al mejor director en el pasado Festival de Cannes, avanza implacablemente sobre la brecha que abrió Carlos Reygadas con Japón, esa que lleva a ver de frente a la Gorgona; un cine mexicano consciente de que su misión es confrontar la realidad, no promover al turismo con la idea de que los rayos que escapan del sol tapado con un dedo bastan para que se asoleen los turistas en las playas.

El secreto de esta manera de hacer cine está en el tratamiento de tema e imagen, de una vocación que nunca ha sido la de explotar el morbo; en Heli la clave es la poesía que se destila de esos horizontes afligidos, ritmos monótonos, planos fijos, cuerpos vejados, miradas impotentes, inocencia en el rostro; la carne magullada por la maquinaria de tortura, el espanto del espectador frente a esos niños que atormentan al ritmo de video-juegos. La pureza, la sangre y la venganza, pero más, el amor y la ternura, como  matas  del desierto que resisten; y que nadie diga que esto no es también México.

Uno de los asuntos más espinosos en el hacer del cine es cómo mostrar la violencia sin celebrarla; Amat Escalante puede porque su violencia siempre es triste, nunca jubilatoria; el público sabe que lo que Heli le obliga a experimentar, sí ocurre, que esa crueldad ya es endémica y que la realidad puede ser peor aún. El tono se establece desde el arranque de la cinta, la bota militar aplasta un rostro tumefacto, un secuestrado que va a ser colgado de un puente. Al igual que sus películas anteriores, ésta emplea actores no profesionales que, a merced del director, no tienen manera de esconderse detrás de sus personajes; Armando Espitia (Heli) es el único profesional que incursiona en el cine, ¡y con qué bautizo de sangre!

La historia que cuenta Heli es naturalmente una ficción narrada con una técnica formidable, pero tal que destruye otra ficción, la de pensar que el narcotráfico es una guerra entre bandas, algo ajeno a la sociedad (tal como bien advierte Juan Villoro en un artículo titulado “La violencia en el espejo”). De hecho, solo hay dos secuencias de violencia explícita en Heli; ambas, el entrenamiento militar y la tortura, revelan que la crueldad del narco trenzada con lo militar, puro Tánatos, atenta contra el amor y la fuerza generativa de este país.