PARÍS.- El 29 de agosto de 2011, día de la liberación de Trípoli, reporteros del Wall Street Journal tuvieron acceso al centro de vigilancia de comunicaciones electrónicas de los servicios secretos libios.
Entre todos los documentos encontrados les interesaron sobremanera manuales técnicos redactados en inglés y con el logotipo de la empresa francesa Amesys, filial del grupo Bull, especializado en servicios electrónicos.
Cuando publicaron su reportaje se desató el escándalo en Francia. El 1 de septiembre de ese año, directivos de Amesys intentaron justificarse. Sus explicaciones sólo produjeron confusión. Según ellos, en 2007 firmaron un contrato con el régimen de Muamar Gadafi que “necesitaba material informático sofisticado para luchar contra Al Qaeda, traficantes y pedófilos”.
Días después el matutino Le Figaro publicó en su sitio electrónico el testimonio detallado de un militar francés jubilado, quien trabajó para Amesys en Trípoli. Según él, Gadafi desembolsó 10 millones de euros para adquirir el programa de intercepción electrónica Eagle, “producto” que Bull y Amesys estrenaron y experimentaron en Libia.
“Intervenimos todas las comunicaciones del país” explicó el testigo, cuyo nombre no se reveló. “Nuestra acción era masiva: interceptábamos todo lo que pasaba por internet: correos electrónicos, chats, navegación en la web y conversaciones sobre IP. Nada se nos escapaba. Teníamos bajo control a Facebook, Twitter, Skype, Yahoo! y Gmail”.
También refirió que instructores de Amesys capacitaron a personal de ese centro de vigilancia tanto para la captación de datos, como para su selección y análisis.
Con el paso de los días la prensa internacional multiplicó las revelaciones en torno a la sofisticación del programa Eagle destinado a agencias gubernamentales y concebido para vigilar el tráfico en internet. Además, Eagle permite almacenar datos de interconexión muy útiles para los servicios de inteligencia. También facilita la creación de expedientes detallados sobre cada objetivo.
Los reporteros del Wall Street Journal le mostraron el expediente del caso al periodista libio Khaled Mehiri. En uno de sus reportajes consignaron que, a raíz de la intercepción de sus correos electrónicos, Mehiri y su familia fueron amenazados por el régimen y debieron permanecer escondidos durante meses.
Alarmadas por esos testimonios y documentos, el 19 de octubre de 2011 la Federación Internacional para los Derechos Humanos (FIDH) y la Liga Francesa para los Derechos Humanos (LFDH) interpusieron una demanda ante el Tribunal de Gran Instancia de París “contra quien resulte responsable”. También solicitaron investigar a la empresa Amesys por su complicidad con el régimen de Gadafi en el delito de tortura “al venderle material de vigilancia electrónica”.
Al respecto, Patrick Baudouin, presidente honorario de la FIDH y abogado de la ONG, señaló:
“Desde el inicio de nuestra acción judicial nos enfrentamos con la oposición del ministerio público, que en abril de 2012 nos anunció su decisión de archivar nuestra demanda por considerar que los hechos denunciados no entraban en el ámbito del derecho penal. Apelamos ante la Cámara de Instrucción, que nos dio la razón y confió las investigaciones a la sección del Tribunal de Gran Instancia de París especializada en crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio.”
Deslindes
El pasado 10 de enero, a solicitud de la FIDH y de la LDH, cinco víctimas libias aceptaron constituirse como coadyuvantes en la investigación judicial, a pesar de los riesgos que esa decisión implica en un país donde los partidarios de Gadafi siguen muy activos.
Seis meses después comparecieron ante los jueces de instrucción. Entre el lunes 1 y el viernes 5, detallaron ante los magistrados cómo fueron vigilados, identificados, detenidos y torturados por los servicios secretos libios.
Baudouin menciona el caso de uno de ellos, Muhamad Gurman, joven internauta detenido el 17 de febrero de 2011, quien recuperó su libertad la noche del 24 de agosto de ese año, después de permanecer medio año en la cárcel de Abu Salim, la peor de todas las prisiones del régimen.
Estudiante de medicina, Gurman se apasionó por las revoluciones tunecina y egipcia, y no tardó en emprender una lucha electrónica contra Gadafi. Bajo el pseudónimo Mythology Greemo empezó a denunciar abusos del gobierno y a informar sobre las manifestaciones que empezaban a sacudir el país, incitando a los internautas a movilizarse.
Uno de sus familiares le avisó que la policía secreta lo buscaba. Huyó de Trípoli para refugiarse en Misrata con su madre y hermanas; no obstante, un conocido lo traicionó. Fue detenido por la Unidad de Lucha Antiterrorista. Lo interrogaron acerca de sus comunicaciones por internet y sus contactos con otros internautas. Gurman resistió afirmando que llevaba meses sin acercarse a su computadora.
Los policías le mostraron su expediente con copias de sus correos electrónicos, twitts y sms. El joven se mantuvo firme sin responder a ninguna pregunta. Entonces cayó en las manos del “Doctor”, quien lo torturó hasta que reveló su contraseña de acceso a Yahoo!. Luego pasó seis meses en la cárcel de Abu Salim, donde sobrevivió en condiciones atroces.
Cuenta Baudouin: “Meses después de la caída del régimen de Gadafi, Gurman encontró su expediente entre los escombros de la cárcel de Abu Salim. El pasado 5 de julio entregó ese documento al juez de instrucción parisino que recogió su testimonio. Tengo copia de sus declaraciones y de su expediente. Resulta incuestionable que fue gracias al sistema Eagle vendido a Gadafi por Amesys que se interceptaron todas sus comunicaciones electrónicas y que fue detenido, torturado y encarcelado”.
Y precisa: “Hoy los directivos de Amesys buscan lavarse las manos. Según ellos, ignoraban que los servicios de inteligencia de Gadafi utilizaban Eagle para vigilar a todos los usuarios de internet. Me impresiona su descaro. Contradicen las declaraciones de sus exempleados. Además, tenemos documentos que demuestran que uno de sus principales interlocutores libios era Abdullah Senoussi, cuñado de Gadafi y jefe de los servicios secretos libios”.
Por si eso fuera poco, Amesys también invoca en su defensa “la libertad del comercio y de la industria”. Semejante argumento indigna al presidente honorario de la FIDH, quien señala:
“Es el colmo. Esa libertad no puede ser ilimitada. No se puede vender un ‘producto’ cerrando los ojos sobre la finalidad de su uso. Las empresas deben tener ética. Y si no la tienen hay que imponérselas.”
–¿Hay esperanza de que la justicia francesa acabe condenando a Amesys por su complicidad con el régimen de Gadafi? –se le pregunta al abogado.
Aunque Baudouin se muestra relativamente optimista, reconoce que la mayor dificultad será evidenciar “con certeza, sin sombra de duda”, que los responsables de Amesys tenían “un conocimiento perfecto y demostrado” de la utilización del material vendido a Libia.
“Esa noción de ‘certeza sin sombra de duda’ es sagrada en derecho penal. Los documentos y testimonios que juntamos nos parecen abrumadores en contra de Amesys. Falta ver si lo serán también para los jueces que instruyen el caso y si acabarán por despejar sus dudas.”








