Hace unos días supe que una mujer de más de 60 años había viajado a Estados Unidos para recibir un tratamiento que le permita concebir, gestar y parir. ¿La razón? Estaba en una relación con un hombre 20 años más joven que deseaba tener un hijo. En parejas con mucha diferencia de edad entre ambos no es extraño que un cincuentón o un sesentón tengan hijos con mujeres de veintitantos o treinta y tantos años. Esas paternidades tardías no suscitan el escándalo ni la preocupación del caso que hoy comento. ¿Es justo valorar de manera distinta el nacimiento de una criatura de una madre sesentona que de un padre sesentón?
Este caso representa un extremo atípico en la tendencia contemporánea de tener hijos tardíamente. El deseo de esta mujer de parir un hijo a esa edad plantea un conjunto de dudas sobre las que vale la pena reflexionar. Es indudable que la reproducción asistida franquea el umbral biológico y proporciona grandes esperanzas; pero también es cierto que plantea preguntas preocupantes, como la de qué implica una maternidad tan asombrosamente tardía. Es indudable que con los métodos de reproducción asistida muchísimas mujeres con ciertas dificultades para procrear y, ¡claro está!, con recursos económicos, llegan a ser madres biológicas. Pero la procreación en mujeres muy mayores, que ya pasaron la menopausia, instaura una controversia ética: ¿Se puede establecer un límite al deseo de procrear un hijo? ¿Tiene la criatura el derecho a tener una madre que la acompañe hasta la adolescencia, trecho básico para alcanzar una estabilidad emocional?
Antes, las mujeres que no podían procrear se resignaban o encauzaban el deseo de un hijo buscando la adopción. Hoy, al mismo tiempo que un sinfín de mujeres acude a la gestión tecnológica de la procreación, con sufrimientos y a precios exorbitantes, en los orfelinatos aguardan inútilmente miles de niñas, niños y adolescentes. ¿Por qué tan pocas personas se plantean la adopción? Además de las abrumadoras dificultades legales e institucionales existentes, la lógica de la identificación narcisista de tener “un hijo de mi propia sangre” arrasa sobre lo que es el gratificante desafío de acompañar a seres humanos en su proceso de crecimiento.
No es cierto que la profunda herida que causa la imposibilidad de procrear sólo se cure con ayudas tecnológicas para una procreación asistida. Ser madre es una decisión que surge del deseo de tener un hijo, y no pasa necesariamente por lo biológico. No es madre toda mujer que concibe, gesta y pare, sino la que acompaña a una criatura y le brinda su presencia amorosa a lo largo del complejo tránsito del crecimiento. La solidez del lazo maternal no radica en el hecho de haber traído un hijo en las entrañas –por muy emocionante que esto sea–, sino en la larga y compleja relación que hay que desarrollar después. Por eso la psicoanalista Silvia Tubert subraya que no es lo mismo el deseo de ser madre que el deseo de criar a un hijo. Además, el creciente fenómeno de las mujeres que eligen no ser madres desmitifica la existencia de un “instinto materno” en toda hembra humana y atestigua que la maternidad no es un imperativo fisiológico.
Por eso, si la maternidad es básicamente un deseo psíquico mezclado con un fuerte imperativo cultural, ¿qué nos plantean casos como el de la sesentona? ¿Qué significa tener a una criatura que bien podría ser una nieta en lugar de una hija? ¿Cuáles serán las consecuencias de haberse saltado una generación? ¿Cómo se resolverán los conflictos derivados de esta circunstancia tan extraña? ¿Será peor la mancuerna de una madre sesentona con un padre joven que viceversa?
Es obvio que la tecnología médica no va de la mano de la madurez psíquica de la sociedad, pues ni siquiera hay una mejor comprensión de los procesos subjetivos que llevan a las personas a desear ejercer la maternidad y la paternidad. Utópicamente, el deseo de cualquier ser humano de tener una criatura debería estar acompañado de una red de apoyos sociales para respaldar un buen desempeño parental. Nadie nace sabiendo ser madre ni padre, y se necesita una conciencia social sobre la importancia de una buena crianza de los hijos. Una nueva forma de tener y criar hijos –gozosa, compartida y responsable–, orientada a la calidad de vida de las criaturas, supone un rediseño fundamental de la vida social. El tema, entonces, no tendría por qué ser el de la edad de los progenitores, sino el de la existencia de una red social que acompañara a las criaturas a crecer, enriqueciéndoles la vida con la experiencia y presencia de muchas personas, sean o no las que las procrearon.
Pero, por el momento, maternidad y paternidad son cuestiones individuales. Y la maternidad tardía de esta mujer me causó un shock. No dudo que la calidad de la atención de una madre vieja sea adecuada, pero me surge una inquietud que no logro aclararme. Esta maternidad tardía me confronta con mis prejuicios. Tengo que reflexionar más sobre este caso, que me cuestiona algunos esquemas y estereotipos vigentes. Además de pensar sobre qué espero de la maternidad, la duda que me revolotea es la de ¿cuál será el costo de esta tardanza y, en última instancia, quién lo pagará: la madre o la criatura?








