Con nuestra incipiente vida democrática, ni a los mexicanos –ni a los jaliscienses en particular– nos ha llegado una forma de gobierno sustancialmente más avanzada que la de aquellos regímenes poco o nada proclives al sufragio popular. Así, por ejemplo, tanto en el ámbito federal como en el de los gobiernos locales, quien gana una elección no suele tener entre sus prioridades un desempeño óptimo en el servicio público, de ahí su necesidad de integrar a las personas más calificadas y capaces en la administración pública. Para nuestros “democráticos” gobernantes, en la práctica, lo prioritario se centra en pagar alianzas y compromisos políticos.
Esto ocurrió en el 2000, cuando Vicente Fox puso fin a la larga hegemonía priista en la Presidencia de la República. Con su cacareada política de los head-hunters, con la que terminó haciendo el ridículo, encomendó las principales secretarías de Estado a personas con las cuales tenía algún compromiso. Una práctica similar se aplicó años antes en Jalisco, en 1995, cuando el voto ciudadano llevó al PAN a la gubernatura y a los municipios más cotizados de la entidad, así como a la mayoría en el Congreso local.
Con el retorno del PRI, la tónica política en cuestión no ha variado mayormente, pues tanto el gobernador de Jalisco como la gran mayoría de alcaldes de origen priista integraron sus respectivos equipos de trabajo con cuates, aliados y recomendados, independientemente de sus capacidades para desempeñar los cargos, ya se trate de alguna de las “supersecretarías” o secretarías de pequeño calado –la de Cultura, por ejemplo, u organismos supuestamente descentralizados, como el Instituto Cultural Cabañas, o al Sistema Jalisciense de Radio y Televisión (SJRT).
En el caso del Cabañas se improvisó a la hija de Pedro Ramírez Vázquez, un eminente arquitecto mexicano recién fallecido, identificada con el voluntariado y la asistencia social, pero ajena a la promoción cultural, así como a la preservación de los valores patrimoniales y materias afines.
En lo concerniente al SJRT, al gobernador Aristóteles Sandoval Díaz –o tal vez a quienes lo asesoran– se le ocurrió nombrar como director a una persona llamada Sergio Ramírez Robles, cuyo único antecedente profesional es haber sido encargado de la oficina Comunicación Social de gobiernos priistas de Puebla. ¿Quién se lo recomendó a Sandoval Díaz? ¿Acaso no encontró en Jalisco a alguien familiarizado con nuestra entidad y, por tanto, más capaz que el exvocero del priismo poblano?
De entrada, Ramírez Robles retiró la programación del Canal 7 (la televisora estatal) de los sistemas básicos de cable, los más solicitados en el ámbito urbano; también cambió la programación de las radiodifusoras estatales, en particular la muy reconocida y apreciada oferta musical de la XEJB FM, y en general, con no menos arrogancia, ha desestimado la opinión del auditorio de la radio y la televisión estatales.
Por lo visto, ni el nuevo director del SJRT ni quienes lo hicieron compadre lo entienden aún: esos medios, cuya operación se paga con el dinero de los contribuyentes, son de la sociedad, no del gobierno. El sistema debería manejarse pensando en una audiencia tan diversa y plural como la de Jalisco, cuya voz es preciso escuchar para la toma de decisiones atinadas. Contrario a lo que opina el señor Ramírez Robles (El Informador, 25 de mayo), se hace necesario el regreso del Consejo Consultivo del SJRT; esa instancia serviría como punto de equilibrio en la toma de decisiones y se evitarían las arbitrariedades como las del funcionario de marras, quien decidió llamar C7 tanto a la televisora como a las radiodifusoras estatales.
Las pifias del gobierno priista de Sandoval Díaz las cometieron también, en mayor o menor medida, las administraciones de los panistas Alberto Cárdenas Jiménez, quien hasta tuvo su propio programa de televisión en Canal 7, Francisco Ramírez Acuña y Emilio González Márquez. Todos, sin distinción, han considerado al SJRT más como un conjunto de medios de comunicación –y de propaganda política– a su servicio, que vehículos sociales de carácter educativo, informativo, recreativo, de difusión de los valores artísticos e intelectuales, etcétera.
Si lo hubieran concebido de este modo, ni Irma Pía González Luna, ni Jesús Parada Tovar, ni Samuel Muñoz Gómez, menos aún el señor Sergio Ramírez Robles hubiesen decidido el destino del SJRT.
Durante el gobierno de Cárdenas Jiménez, lo cual no deja de ser significativo, dicho conjunto de medios electrónicos pasó a depender de la Secretaría de Cultura a la oficina de Comunicación Social, al frente de la cual, por cierto, estuvieron Juan María Naveja y la ya mencionada González Luna. Tampoco deja de ser una grosera coincidencia que el actual director del SJRT se haya desempeñado en el área de Comunicación Social, así haya sido en Puebla y con un gobierno de extracción priista. En este sentido, el PRI y el PAN –o el PRIAN, como les gusta decir a algunos– sí han sido casi la misma cosa.
¿Cómo devolver a la radio y la televisión estatales su sentido original? En primer lugar, reconociendo que se les dio un viraje oficialista, el cual han mantenido por igual gobiernos de signo político aparentemente distinto. Y después, procurando que en las señales televisivas y radiofónicas figuren las expresiones más relevantes de Jalisco y otros ámbitos del país y el mundo, para lo cual de poco o nada han servido ese tipo de funcionarios puestos al frente del SJRT.
La sociedad civil, en particular los grupos organizados, las escuelas de comunicación, la comunidad cultural, así como el Congreso de Jalisco (que en teoría es una “representación popular”) tienen la potestad de pugnar porque el SJRT sea “la señal de todos”; no sólo de dientes para afuera, sino en la realidad cotidiana y durante las 24 horas del día.
En esos agentes sociales y políticos también está exigir que la programación de dichos medios se haga pensando en la sociedad y no en los intereses de quienes gobiernan; que se abata el amateurismo y la improvisación de la cual adolecen muchas de sus emisiones y en ella hallen cabida personas de artes, letras e ideas con que tengan algo que decir a sus semejantes.
No de otra forma se podrá recomponer ese conjunto de medios estatales cuyo rumbo se ha perdido a causa de funcionarios y políticos interesados más su autopromoción que en ponerlos al servicio de la sociedad, para la cual fueron concebidos.








