En su décima temporada bailando en Nueva York, con visa de trabajador de excelencia y considerado como uno de los mejores bailarines del mundo, Erick Montes vive algo mucho más que el “american dream”.
A sus 33 años ha recorrido el mundo con la compañía de Bill T. Jones y se cotiza como intérprete enérgico, ágil y capacidad de dar texturas poco conocidas al movimiento que ejecuta. Pero la historia Montes no es la de un pequeño jovencito deseoso de comerse el mundo dentro de las filas del imperio más poderoso que ha existido.
Al contrario: La suya ha sido una carrera de éxitos debido a su capacidad de poner sobre la mesa sus necesidades artísticas y económicas, y aún más, de exigir las condiciones de un profesional que necesita concentrarse en lo que hace y no puede darse el lujo de perder un solo segundo en su carrera como profesional de la danza contemporánea.
En entrevista con Proceso, Montes explica cómo llego a la cima de la danza contemporánea, cómo es su trajín diario como bailarín y cuáles son sus expectativas a futuro.
Desde la cuna
“Se puede oír muy sangrón, pero desde antes de tener uso de razón, me cuenta mi familia que siempre bailaba Beat it de Michael Jackson y Kamaleon y bailaba bien para ser chavito. Desde pequeño tuve la inquietud de bailar. En aquella época veía el arte como entretenimiento. Pero cuando descubrí el contemporáneo me dije, ‘de aquí soy, esto es lo que quiero para el resto de mi vida’.”
Erick vivía en aquel entonces en Iztapaluca y estudiaba en el Centro Nacional de las Artes. Hacía tres horas de camino a la escuela y entraba a las siete de la mañana. Pasaba por las tabiqueras polvorientas, hacía transbordos para la ida, de regreso iba semidormido otras tres horas.
En alguna ocasión sus maestros hicieron una junta:
“Estaban pensando seriamente si yo debería seguir en la carrera porque llegaba tarde y un tanto cansado. A esto se agrega a que era respondón. Yo me sentí molesto porque se me hacía absurdo que mis maestros se sintieran intimidados por mí. ¿Cómo un maestro se va a dejar intimar?
“Ellos fueron tajantes. Yo me propuse cambiar y dejar fuera mi ego, esa fue mi opción. Además me mudé al aeropuerto. Y a pesar de que en la escolaridad siempre fui muy rebelde, terminé la carrera y me gradué.”
En México su carrera siempre fue ascendente, compañías como Barro Rojo de Laura Rocha, Aksenti de Duane Cochran, José Rivera y Alicia Sánchez siempre lo convocaron a ser parte de sus puestas en escena.
“Llegué a Nueva York a tomar cursos invitado por Stephen Petronio y con una beca del Fonca. Había bailado en un proyecto de Lourdes Luna con él. Pero cuando vi que lo que ofrecía era ser aprendiz y sin sueldo, rechacé su oferta. Yo ya era un bailarín profesional en México y más que ‘aprender’ a bailar necesitaba poner en juego mi experiencia, ejercer como profesional. Si no era de esa manera, no iba a funcionar.
“Me enteré de que Bill T. Jones buscaba un bailarín y me presenté a su audición, que era de tres días. Audicionamos cuatrocientas personas y Bill me selecciono a mí. Yo no hablaba bien el inglés. Me podía comunicar por las palabras y frases que sabía por las canciones que escuchaba. Cuando Bill me notificó que le interesaba que me quedara, le expliqué, como pude, que me parecía bien pero que necesitaba una visa para poderme quedar y recibir un sueldo. Yo quería empezar a trabajar al día siguiente. Bill simplemente me dijo que vería de charlar con su gerente.”
La técnica de Montes es un híbrido que le permite desde realizar secuencias muy cercanas al ballet, sin dejar de ser contemporáneas. Su trabajo incluye gran capacidad en caídas, recuperaciones hasta el aire, grandes saltos y enorme flexibilidad. Él mismo la define así:
“Mi movimiento es fluido, ágil y sofisticado, no me gusta sacrificar el atletismo por el concepto y busco el más y la velocidad; el uso del espacio como parte de mi movimiento periférico me permite ser específico y darle arquitectura a mis ideas como intérprete. Creo fuertemente en que la danza, como el amor, entra por los ojos. Pero siempre busco darme chance de ser elocuente y consecuente conmigo en el mundo en el que vivo y danzo.
“Esto es tanto para mí tanto como para el que me observa, así que mi danza también es psicológica y no sólo se basa en la belleza estética. La variación y deconstrucción de movimiento en ‘el fraseo” es mi fuerte y disfruto mucho de la improvisación estructural. Me gusta perderme en el tiempo y atraer al espectador al mundo de la kinesis, me gusta creer en la transformación y eso es lo que intento cada día en ensayo y sobre todo en función.
“Ante todas las cosas, disfruto de la vida y la cuestiono, soy fatalista y eso también se experimenta en mi movimiento, pero sobre todo creo que la danza es como la poesía y guarda el poder de la libertad, por eso me gusta pensar que cuando bailo vuelo, y eso, estoy seguro, se traduce en mi trabajo y me conecta con el espectador con placer. El placer y la sensualidad también me fascinan como creador de movimiento.
Bill T. Jones
Si algo caracteriza al coreógrafo Bill T. Jones es su aguda inteligencia. El afroamericano de más de 1.80metros de estatura es considerado como uno de los grandes intelectuales de los Estados Unidos, y su obra como de las beligerantes en lo político y elocuentes siempre en búsqueda de no ser ni contemplativo ni complaciente.
En una entrevista en 2013 comentó a esta reportera (Proceso ,1366):
“Yo bailo porque es mi manera de venerar, no a una deidad, sino a la conciencia, a lo que hacemos, a nuestra participación en un mundo de ideas. Hay una larga historia de personas hablando de sus ideas y haciendo cosas, diseñándolas, participando en la vida. Así que mi cuerpo de repente sintió el deseo de ser parte del mundo de las ideas.”
Por esa marcada transgresión que ha llevado a cabo en su obra y en su vida, Bill T. Jones percibió el talento de Erick Montes, y como suele hacerlo con toda su vida tomó el riesgo de tomarlo entre cuatricentas opciones, con la seguridad de que era lo mejor para su grupo.
Al poco tiempo Erick fue notificado de que se le otorgaría una visa de excelencia, que sólo se les da a connotados artistas o científicos.
T. Jones estaba conmovido por el ánimo del joven de 23 años que deseaba iniciar su trabajo “lo más pronto posible”.
La entrada a la compañía fue con el pie derecho para él, ya que lo hizo para el XX aniversario de la misma. Le dieron los roles estelares y su trabajo no le permitía estar fuera del escenario nunca.
–¿En qué momento de su carrera está?
–En uno muy importante de mi carrera. Para mí la danza me ha hecho como persona. Yo vengo de una familia trabajadora que aunque a veces las cosas no salían bien me apoyaron siempre. Mi mamá es licenciada en educación física, hizo todos los deportes, fue jurado en los Juegos Panamericanos. Es una de las Adelitas, está en ese movimiento, es una luchadora social. Es de esas mujeres que cuando alguien le dice por su edad “viejita”, les contesta “chinga a tu madre”.
–Usted ya era un profesional en México, ¿qué ha encontrado en los Estados Unidos?
–Como bailarín se vive más dignamente, la estructura de una compañía como en la que estoy te devuelve la integridad, te da la oportunidad de expresarte en otras estéticas. Te permite hacer una reflexión muy poderosa, te cuestionas todo. Como por ejemplo, para qué soy esto. En México los bailarines no somos tan bien apreciados socialmente. Aquí, cuando entras a este nivel eres muy significativo para la sociedad. Siento enorme alegría porque yo encontré cuál es mi verdadera voz, entiendo que es una voz fuerte y me siento feliz de haberla encontrado.








