Creador del sonido sacro y erótico en el rock contracultural, el emblema orgánico del grupo de culto The Doors, Ray Manzarek (1939-2013), falleció el lunes 20 en Alemania.
Era un organista consumado y virtuoso que aportó un sonido psicodélico, místico y sensualista que generaba un sonido envolvente y una filigrana sonora de patrones rítmicos minimalistas y mutantes, sobre los cuales Jim Morrison improvisaba su poesía cantada bajo la influencia literaria de William Blake y de Aldous Huxley.
Es impensable el sonido característico de Las Puertas de la Percepción sin la atmósfera premonitoria que el órgano de Manzarek imprimía al grupo, manteniendo una comunicación psíquica musical con los otros tres ejecutantes, y adivinando el viaje anímico y sensorial que Morrison emprendía con cada concierto, llevando a los oyentes a territorios del desierto mítico donde reinaba la iguana de los sesenta, El Rey Lagarto, a quien Carlos Castaneda atribuye poderes espirituales.
Ray, nacido en Chicago, Illinois, era el soporte académico, la sapiencia armónica y experimental en los teclados para permitir que se explayaran los solos de guitarra de Robby Krieger, y cubría también el bajo con los pedales. Sincronizaba el fraseo con los patrones contrapuntísticos de la batería de John Densmore y organizaba las proféticas secuencias que desencadenarían el Armagedón en vivo, en concierto.
La transgresión de la música de The Doors estaba firmemente sostenida por la solvencia profesional de Manzarek, un músico de escuela, pero iluminado por la irreverencia y la búsqueda experimental.
Posteriormente al periodo luminoso de la banda, que dejó una extensa discografía, Ray se introdujo en las partituras de Carmina Burana para hacer su propia versión.
Sus obras maestras están contenidas principalmente en “The End” y “When the Music’s Over”, donde el órgano trasmuta en un animal sagrado al servicio de la diosa, una atmósfera lúdica y religiosa combinada con una pagana invocación a la liberación de los sentidos.
Esta música sedujo al cineasta Coppola para incluirla como un distintivo en Apocaypse Now, por su contenido destructivo y retador hacia las cadenas semióticas del sistema. El órgano de Manzarek sonaba como el de una iglesia medieval, pero aderezado con séptimas, novenas y complejas progresiones del rock psicodélico.
La permanencia de la música de The Doors es un misterio que radica en el poder alquímico y hechicero del grupo, emparentado en la semántica de sus letras y la cadencia agógica de sus frases, con la cultura de los indios de Nuevo México, donde Morrison hizo contacto desde niño por una casualidad trágica, descrita por el propio vocalista del grupo y llevada a la pantalla por Oliver Stone.
Jim Morrison y Ray Manzarek fueron semillas estratégicas del destino para producir la música de The Doors, esas puertas que están vigentes y no dejan de sorprender a los oyentes de por lo menos ya tres generaciones, desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días.
“Si las Puertas de la Percepción se abrieran, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito.”








