El rey Lear es de las obras cumbres de Shakespeare. Y una de las más desoladoras: el protagonista sufre el despojo, la vejez y el engaño; como en la tragedia de Edipo rey, contemplamos su caminar errante…
Edipo rey sufre las consecuencias de haber tratado de eludir su destino y El rey Lear, las de haber decidido heredar en vida a sus hijas a cambio de escuchar las palabras más bellas sobre el amor que le tienen; pero ambos, como cualquier ser humano, se enfrentan al destino ineludible de la vejez.
Lear pierde el vigor, la claridad mental (aunque a la vez se vuelve más sabio) y transita necesitando de los otros. Como menciona Hugo Hiriart, el director: todos somos Lear.
Y vivimos o viviremos la falta de autonomía y, por lo tanto, de libertad.
Lear ya no es rey, ni joven y tampoco tiene el afecto filial que tanto necesitaba evaluar. Porque el error trágico de Lear es su acto de soberbia al poner a prueba a sus hijas; creer que las palabras, más que los actos y los verdaderos sentimientos, revelan realmente lo que se es.
Hugo Hiriart vuelve al teatro como director y adaptador de esta magna obra, la vuelve accesible para el público contemporáneo: de cuatro horas, la reduce a hora y media, y del lenguaje shakespeariano se vuelca al verso libre y uno que otro coloquialismo, para mostrarnos una realidad atemporal con estética en momentos kitch que pareciera hablarnos en presente.
Labor titánica sintetizar El rey Lear. Y Hugo Hiriart lo hace con maestría.
Se extrañan algunos largos y poéticos parlamentos, como el de la rueda de fuego en la que se siente estar Lear; o la inteligencia del bufón con la que alecciona y se burla de su amo.
En cambio, enriquece la tragedia –que inicia al filo de la comedia– al darle relieve a la subtrama de las hermanas Regania y Gonerila, interpretadas con presencia escénica y elegancia por Fabiana Perzabal y Sonia Franco, “personajes malignos”, como los nombra Harold Bloom en su libro Shakespeare. La invención de lo humano.
Disminuye la historia el espejo de Glocester (José Carlos Rodríguez) y sus hijos (Francisco Mena y Tomás Rojas), planteada por Shakespeare, e introduce con acierto a un narrador ciego (Roberto Ríos Raki) para hacer las elipsis y las transiciones necesarias.
Los más débiles del reparto son Frida Castañeda (la inexpresiva y, paradójicamente, poco verdadera hija menor) y Álvaro Guerrero, como el bufón, ya casi innecesario en esta adaptación, convertido en un “niño de la calle”, sin gracia.
Pero Lear es interpretado por el actor colombiano Germán Jaramillo de manera
extraordinaria.
Refleja a un hombre meditabundo que va del poder a la confusión, de la ira al dolor, del dolor a la locura y de la locura a la derrota.
Lleno de matices nos comparte su sufrimiento y transmite el proceso de despojo de un hombre, hasta llegar a su desnudez física y mental.
La puesta en escena de Hugo Hiriart refleja un trabajo cuidado tanto en lo actoral como en el movimiento escénico.
Sólo un trono ocupa el escenario y la ambientación se da con el videoarte de Alain Kerriou y Sebastián Hiriart; pero sobre todo, con el vestuario y los peinados de Gina Ogarrio, que con su sencillez y exotismo dan originalidad a la propuesta.
El rey Lear de Hugo Hiriart se presentó en corta temporada en el Foro sor Juana Inés de la Cruz de la UNAM, una propuesta que nos llevó a reflexionar en nuestro trágico destino y, con toda la crueldad del mundo, desnuda lo que cualquier ser humano puede llegar a ser.








