La herencia de Mireya Cueto

El 26 de abril, a los 91 años de edad, Mireya Cueto murió en la Ciudad de México, para tristeza de humanos y títeres. Fue el mismo día en que Miguel Ángel Mancera anunció “el regreso del arte a las escuelas” mediante la instalación del Consejo de Fomento y Desarrollo Cultural por parte del Gobierno del Distrito Federal.

Mireya Cueto, de la estirpe más clásica de titiriteros mexicanos, educadora, artista infatigable, escribió en su texto Acerca de la educación artística de los niños:

“…Opino que no se enseña arte; se enseña libertad. Y enseñar libertad no es cosa fácil; no se trata de dejar en libertad, sino de estimularla: libertad igual a sinceridad…”

En los años treinta sus padres, recién desembarcados de París –de donde la familia: ella, su hermana Anita y Lola y Germán Cueto, venían huyendo del fantasma de la guerra–, iniciarán en su casa, en el centro de la ciudad, en Mixcalco 12, reuniones con intelectuales de la talla de, que darán pie a la fundación de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR). Fueron miembros de ésta quienes entre carteles antifascistas fabricaron los guiñoles que darían vida al Gigante Melchor, al Renacuajo Paseador y a muchos otros seres de trapo y cartón.

Aquellos combativos grupos de teatro guiñol ofrecieron las primeras funciones públicas en las escuelas urbanas y rurales de México, en los tiempos de Lázaro Cárdenas: El grupo Rin Rin de Lola Cueto y Roberto Lago, el Comino de Loló Alba, y El Periquito de Gachita Amador, deleitaban a los educandos de la Secretaría de Educación Pública mientras recibían la “cátedra” libertaria de los títeres. Ahí mismo, tras bambalinas, la Mireya adolescente hacía sus pininos en el arte de contar.

Sin Mireya entre nosotros, ya no podremos alcanzar a determinar con certeza la composición exacta de la fórmula alquímica de la herencia familiar conjugada con el don personal de escribir y contar historias. Desde aquella época de las funciones en los patios escolares, siempre brotaron de la mente y las manos de la maestra Cueto lo mismo títeres “de carne y hueso” que guiones radiofónicos, libros ilustrados, obras teatrales, adaptaciones de los clásicos: El Quijote, San Juan de la Cruz, mitos griegos y sumerios, leyendas prehispánicas; montajes de romances españoles, de cuentos sufís y mucho más…

Ese don le imprimió a la vida de Mireya Cueto un sentido especial que enriqueció la vida de miles de mexicanos –especialmente niños y niñas–, que supieron de su pasado, las más de las veces en boca de sus maravillosos títeres, a quienes insufló el aliento de la vida.

Los años que la familia Cueto pasó en París fueron para las niñas –la Nena y la Miyuca– una gran lección, alrededor de artistas como Brancusi, Juan Gris, Angelina Beloff, María Gutiérrez Blanchard (su tía) –gran pintora, apenas redescubierta por sus coterráneos españoles–, y mexicanos como Tata Nacho, Diego Rivera, Arqueles Vela y Germán List, entre otros.

El arte se cocinaba en casa con las esculturas de Germán Cueto, la gran mayoría abstractas (obra bautizada por la propia Mireya como “misticismo laico”) o sus retratos, inclinación artística que lo condujo a la elaboración de máscaras; de las cuales varias fueron usadas en teatro por otros artistas.

Por su parte, Lola fue de las primeras mujeres en ingresar a la Academia de San Carlos, en los albores del siglo XX. Muy pronto fue la única que, junto a pintores como Siqueiros, abandonó las aulas para lanzarse a pintar al campo, en la llamada Escuela Libre de Pintura Santa Anita. Más adelante, pintó su obra de caballete y maravilló a propios y extraños con sus tapices. En los años cuarenta formó parte de la compañía El Nahual, donde creó infinidad de títeres y con ellos dio innumerables funciones en la campaña de alfabetización promovida por el entonces secretario de Educación, Jaime Torres Bodet. Lola Cueto fue además una excelente grabadora, y una gran coleccionista y documentadora del juguete popular mexicano.

Del “feliz encuentro” entre esos dos artistas, como lo escribió ella misma, nació Mireya Cueto. Quien, a su vez, logró crear en el campo de los títeres y del arte en general una obra personal, propia, libertaria y gozosa. Acostumbraba decir, riendo: “Las tiranías no soportan dos cosas; la risa y el arte”.