La visita de Obama a México fue un punto de transición en las relaciones México-Estados Unidos. Para aquél era importante mandar la señal de que en su segundo mandato daría más atención a su vecino del sur y en general a las relaciones con América Latina. Para el presidente Peña Nieto era necesario desmarcarse de su antecesor, dejar atrás la agenda centrada en la seguridad y fijar una más amplia, dirigida a mejorar la cooperación en materia económica.
El ambiente previo a la visita fue ambivalente. De una parte, el presidente Obama tuvo espacios en la prensa en los que hizo referencia al valor de la relación estratégica con México y alabó los propósitos del nuevo gobierno mexicano al buscar acuerdos políticos para impulsar reformas necesarias. De otra parte, el propósito del gobierno de Peña Nieto de dar nueva orientación a la política en materia de seguridad alentó a diversas voces de las agencias de seguridad estadunidense a filtrar su opinión sobre los peligros que conllevan esos cambios. Diarios importantes de los Estados Unidos, como The New York Times, dedicaron amplios artículos a discutir ese punto de vista.
Esto último no se reflejó en el tono y resultados de la reunión. El encuentro de trabajo entre los dos presidentes fue breve (no más de dos horas para pláticas sustantivas). Sin embargo, una buena labor preparatoria permitió poner sobre la mesa resultados concretos sobre nuevos temas. Haberlo logrado, dejando en la penumbra los temas más difíciles, como era precisar los nuevos términos de la cooperación en materia de seguridad, fue un acierto, sobre todo para la parte mexicana.
Para dar el tono a una agenda nueva, los presidentes anunciaron el establecimiento de mecanismos de trabajo binacional destinados a poner en pie proyectos de cooperación en materia económica y de educación, ciencia y tecnología. Cabe recordar que la ausencia de un andamiaje institucional que condujera las relaciones gubernamentales fue uno de los puntos más débiles de la relación entre los dos países durante los años del PAN.
El mecanismo de mayor peso que se ha establecido es el Grupo Binacional de alto nivel para dialogar y buscar acuerdos sobre cómo acompañar los esfuerzos del sector privado para lograr una mayor integración económica. La pertenencia a este grupo del vicepresidente Biden da una idea del nivel de compromiso que se le quiere dar. El grupo tendrá una primera reunión el próximo otoño.
Lo que distingue en estos momentos la vinculación económica entre México y Estados Unidos no es sólo la intensidad del comercio sino la integración productiva que se da en ciertos sectores como el automotriz, el de autopartes y el aeroespacial. Los productos exportados por México tienen un alto contenido de componentes estadunidenses y viceversa. Partiendo de esa situación, la meta sería incrementar la participación de México en las exportaciones a terceros países, sobre todo los asiáticos.
La existencia de un nuevo mecanismo no oculta, sin embargo, los problemas difíciles que se encontrarán en el camino. Uno de ellos son las negociaciones del Acuerdo Transpacífico, conocido por sus siglas en inglés el TPP. Obama se refirió a tales negociaciones con entusiasmo, dejando la impresión de que México, Estados Unidos y Canadá actúan allí coordinadamente.
No obstante las negociaciones presentan diversos problemas para México entre los que sobresalen la secrecía sobre su contenido y los asuntos polémicos, como la propiedad intelectual y la compra de empresas públicas. Por lo que toca a lo primero, es urgente que la sociedad mexicana se pronuncie urgiendo información sobre lo que se está negociando. Por lo que toca a lo segundo, es evidente que será difícil trabajar en armonía con Estados Unidos en asuntos en el que están presentes, de manera ineludible, intereses distintos.
El asunto de la energía, que para algunos sería el tema dominante, se trató superficialmente. Lo cierto es que todavía no se sabe qué pasará con la reforma energética en México. Lo que ya se sabe es que el panorama energético en Estados Unidos ha cambiado profundamente. El aumento de su capacidad tecnológica para el aprovechamiento de hidrocarburos no convencionales, su cercana autosuficiencia energética y probable transformación en exportador de petróleo coloca retos nuevos a México que, en su momento, se deberán enfrentar.
Son muchos los temas polémicos que no están resueltos. Es evidente que para las agencias estadunidenses de seguridad aún hay mucho por aclarar sobre el propósito de canalizar la cooperación por la “ventanilla” única de la Secretaría de Gobernación. Seguramente habrá todavía muchas pláticas al respecto.
Por lo que toca a la reforma migratoria, Peña Nieto reiteró que ésta es decisión interna de Estados Unidos, sin referencia alguna a los efectos que, de aprobarse, tendrá sobre México. En las páginas de este diario hemos comentado la indispensable colaboración del gobierno de México para que se puedan llevar a cabo, con éxito, las medidas contempladas en el proyecto que se ha circulado.
Centroamérica ni siquiera se mencionó, a pesar de la importancia evidente que tiene para los problemas de la frontera segura que buscan los estadunidenses. Dado que Obama continúa su viaje a Costa Rica era para muchos la ocasión de avanzar en la necesaria coordinación México, Estados Unidos, Centroamérica para enfrentar, entre otros, el problema de la violencia en esa región.
En resumen, la complejidad y dificultades de los problemas en la relación México-Estados Unidos siguen presentes. Sin embargo sería un error ignorar que dejar atrás la agenda monotemática de la seguridad, abrir las posibilidades de una agenda más amplia y construir instituciones que puedan conducirla y darle seguimiento son pasos en la buena dirección. Cuestiones de forma, es cierto, pero también de fondo.








