Dos confrontantes muestras de escultura en cerámica se presentan en el Antiguo Palacio del Arzobispado, en la Ciudad de México. Una pequeña individual de Ana Cristina Mejía que sobresale por la contundencia del proyecto, y una colectiva diseñada curatorialmente a partir de la reflexión sobre las nuevas creencias, la mitología maya y el fin del mundo.
Confusa en la narrativa curatorial, esta última presenta un panorama creativo disparejo de escultura en pequeño formato, la cual, si bien destaca por algunas propuestas, en general se caracteriza por el convencionalismo y falta de riesgo.
Comisariada por el director del recinto, Rafael Pérez, la colectiva denominada Nuevos dioses, nuevos tiempos, integra artistas mexicanos y latinoamericanos de distintas trayectorias y generaciones con obras realizadas entre 1998 y 2013. La presencia más reconocida a nivel internacional es Nadín Ospina (1960, Colombia), quien participa con un múltiple de siete realizado en 1998, en el cual hibrida poéticas prehispánicas con la iconografía de Mickey Mouse. Sin embargo, no es esta pieza lo más interesante de la muestra, si no, por el contrario, las creaciones más recientes que permiten ubicar el estado actual de la escultura en cerámica.
En el territorio figurativo, las propuestas son lamentables. Carentes de cuestionamientos o problematizaciones que expandan los límites de la representación humana o del propio material, las obras de Luis Carlos Barrios, Ulises Calderón, Rabí Montoya y Marco Vargas señalan la existencia de un género que se encuentra detenido. En el contexto de los lenguajes abstractos, sin ninguna propuesta sobresaliente, la pieza de Gabriel Guerrero es cuestionable ya que se basa en la reproducción de los volúmenes de Richard Serra y las texturas de Gustavo Pérez. En el ámbito de las búsquedas –lo único arriesgado del conjunto– se inscriben las propuestas de Paloma Torres y Rivelino. La primera, con una pequeña figura femenina que si bien remite a las estéticas hindúes, también señala el inicio de un cambio en sus característicos lenguajes abstractos. El segundo, con una sobria pieza monocromática de narrativa conceptual, en la cual, a través de formas relacionadas con el metate y los cohetes conocidos como palomas, establece referencias simbólicas con ritos y celebraciones populares.
Con una sutil y pequeña escultura geométrica que a la vez une y extiende a varias figuras en forma de cono, Miriam Medrez destaca con una propuesta que simboliza el infinito. También entre lo mejor del conjunto, Ana Cristina Mejía sorprende con sus interpretaciones de arquitecturas que oscilan entre el fragmento, la basura y el monumento. Además de su místico derrumbe de la crestería de un templo maya que presenta en la colectiva, Mejía participa con una pequeña muestra individual denominada Signos de Ausencia. Trabajadas en ferrocemento y cerámica e intervenidas con plata, grafito e incrustaciones de transistores, sus espléndidas piezas de textura brillante oscilan entre el romanticismo, el abandono y la ciencia ficción.








