A Churchill le tocó la difícil tarea de salvar al Imperio Británico. Hizo lo que pudo. Enfrascado en una guerra contra la Alemania nazi, en la que tenía pocas probabilidades de éxito, el primer ministro debió aliarse con dos potencias de las que recelaba –Estados Unidos (los “malditos yanquis”) y la Unión Soviética (a la que consideraba el verdadero enemigo a vencer)– y que acabaron por hacerlo a un lado. Los detallados pormenores de las batallas diplomáticas que el primer ministro libró para defender a la corona se revelan en The Last Lion. Winston Spencer Churchill. Defender of the Realm 1940-1965 (Little, Brown and Company, 2012), tercer volumen de la biografía iniciada por el fallecido William Manchester y concluida por el periodista Paul Reid.
Un día de principios de 1942 Franklin D. Roosevelt se desplazó en su silla de ruedas a través del vestíbulo de la Casa Blanca hacia la habitación de su huésped, Winston Churchill. El presidente estadunidense estaba satisfecho con el borrador de la declaración que emitirían las potencias aliadas –Estados Unidos, Gran Bretaña, Unión Soviética y China– pero no le gustaba la denominación. Tenía una mejor, “naciones unidas”, y quería conocer la opinión del primer ministro británico.
Cuando llegó, Churchill se preparaba para tomar un baño y deambulaba desnudo por sus aposentos. Sin reparar en su desnudez, Roosevelt le propuso el cambio de nombre. “Bien”, dijo el primer ministro. Más tarde le comentaría al rey Jorge VI que sin duda era el único primer ministro británico que había recibido desnudo a un jefe de Estado.
La desinhibición con que Churchill aparecía desnudo ante terceros se atribuye a su origen aristócrata, conforme al cual nunca realizó sus rutinas íntimas sin la ayuda de un sirviente. También a su etapa de soldado en las guerras de finales del siglo XIX y principios del XX, cuyas trincheras no daban espacio al pudor.
Pero en 1942 su desnudez ante Roosevelt fue como una premonición, porque a la postre el presidente estadunidense y su sucesor, Harry S. Truman –junto con el líder soviético Stalin– acabarían por despojar a Churchill de la conducción militar de la guerra, de la construcción política de la paz, de la independencia económica de Gran Bretaña y del poder y la gloria de un imperio al que defendió hasta el fin de sus días.
De eso trata The Last Lion.Winston Spencer Churchill. Defender of the Realm 1940-1965, el tercer volumen de la biografía de Churchill iniciado por el escritor e historiador estadunidense William Manchester y terminado por el periodista Paul Reid; un abultado tomo publicado en noviembre de 2012 por el sello editorial Little, Brown and Company.
Como ya se expuso en una reseña anterior (Proceso 1828) referente al segundo volumen –Alone 1932-1940 (el primero es Visions of Glory 1874-1932)–, el escritor, que murió en 2004, le pidió a Reid que culminara el tercer libro, correspondiente a la etapa que llevó a la cúspide al estadista británico: la Segunda Guerra Mundial.
Nueva investigación
Dado que Manchester dejó unas cinco mil páginas de investigación entre discursos, bitácoras de guerra, cartas y telegramas enviados y recibidos, registros de contemporáneos, documentos oficiales, recortes de periódicos, fuentes secundarias y entrevistas a familiares, colegas y amigos, y la redacción del texto llevaba unas 200 páginas, muchos pensaron que el tercer libro saldría pronto. Pero la continuación no fue fácil ni expedita.
Reid tuvo problemas para descifrar los apuntes de Manchester, compilados en legajos y con anotaciones crípticas que sólo él entendía, lo que lo obligó a verificar datos y fuentes. Muchos de ellos habían sido rebasados por el tiempo, ya que el historiador estadunidense empezó a reunir el material en 1988, cuando se publicó el segundo tomo y, por motivos nunca aclarados, no se sentó a escribir sino hasta un decenio después.
Para actualizar la información Reid hizo nuevas entrevistas, buscó textos más recientes y aprovechó la desclasificación de documentos no liberados en vida de Manchester. Pero hizo otra cosa: Extender el libro más allá de 1945 para contar la derrota electoral de Churchill, su periodo como líder de la oposición, su segundo mandato, su obsesión por frenar el avance del comunismo soviético y su lucha por la unidad de Europa, el desarme y la paz.
Richard M. Langford, historiador de Churchill, compilador de varias de sus obras y quien participó como lector de pruebas en los dos últimos volúmenes, cuenta que Manchester le comentó personalmente que no pensaba abordar esa etapa porque le parecía “superflua”; una simple coda a la épica churchilliana de la Segunda Guerra Mundial.
Las páginas destinadas a esa etapa son sólo unas 120 de las casi mil 200 del libro, pero ofrecen un cierre necesario a la vida de un hombre que si bien ya había pasado sus máximos momentos de gloria, nunca dejó de luchar por lo que creía y que seguía siendo consultado y admirado por quienes comprendieron su papel en la historia. Eso sí, resultó un texto largo, denso y sumamente detallado, como si Reid no hubiera querido dejar fuera nada de la investigación de Manchester ni de la suya propia.
La esencia del libro es cómo Churchill se enfrentó a la maquinaria bélica de Hitler y luchó por sumar aliados a su causa, concretamente Estados Unidos y la Unión Soviética, para acabar siendo devorado por ellos.
Su “estira y afloja” con Roosevelt aflora desde las primeras páginas, cuando envía un telegrama redactado en forma cordial a esos “malditos yanquis”. Los alemanes avanzaban sobre Francia y París había solicitado a Londres apoyo aéreo para detenerlos. Churchill no quería dejar desprotegida a Inglaterra por lo que pidió ayuda a Washington. La respuesta fue que no.
Constreñido por el Acta de Neutralidad de 1939, Roosevelt se negó a prestar destructores a Gran Bretaña y rechazó que el imperio enviara los suyos para recoger 300 aviones que ya había adquirido y que eran transferidos subrepticiamente por la frontera, para que los británicos pudieran recogerlos en un puerto de Canadá. “En dos o tres meses”, dijo.
Pero tiempo era lo que no tenían británicos ni franceses. Para impedir su destrucción París fue declarada “ciudad abierta”; lo que no se pudo evitar fue la debacle de Dunquerque, en la que los alemanes se cobraron cientos de miles de vidas y prisioneros de los dos aliados. El presidente estadunidense los alentó a seguir luchando por “los ideales de la democracia” y prometió hacer “todo lo posible para enviarles ayuda”.
Cinco meses después Estados Unidos accedió enviar 50 destructores desechados por su Marina. Y con condiciones: La Armada Real se desplazaría a las costas canadienses en caso de inminente peligro o derrota y las bases británicas en Canadá y el Caribe serían concesionadas a Washington. “Quieren la flota y la custodia del Imperio Británico, con excepción de Gran Bretaña”, se encolerizó Churchill. Pero tuvo que ceder.
Además de fluir a cuentagotas, los destructores eran tan obsoletos y estaban tan deteriorados que debieron ser rehabilitados en los astilleros británicos y algunos acabaron vendidos como chatarra. También tardaron en llegar los bombarderos, las torpederas, los rifles y las municiones que Londres había comprado. Churchill seguía furioso y tentado a decirle a Roosevelt que “si quieren vernos pelear por sus libertades, tienen que pagar por el espectáculo”. No lo hizo.
El Imperio Británico de hecho no tenía armas para pelear y se acercaba a la quiebra. Estados Unidos no quería participar, por motivos políticos y porque no estaba preparado. En 1941 el ejército estadunidense ocupaba el lugar 17 en el mundo, su conscripción era limitada y su producción nacional estaba orientada a los bienes de consumo más que a los militares.
“Lend-lease”
Roosevelt, quien sabía que tarde o temprano tendría que entrar a la guerra, quería ganar tiempo para rearmarse. Entretanto hacía un cálculo político y económico de la ayuda que le daba a Gran Bretaña. En ese marco surgió lend-lease, una iniciativa de préstamo para abastecer de material bélico “a las naciones que sufren una guerra de agresión”. Éstas, dijo Roosevelt, “no necesitan hombres, sino miles de millones de dólares en armamento de defensa”.
No porque no pudieran pagar en efectivo las armas que necesitaban en ese momento debían estar obligadas a rendirse, dijo el presidente al Congreso. “Digámosle a estas democracias que nosotros los estadunidenses estamos comprometidos con su defensa de la libertad y que les enviaremos en número creciente barcos, aviones, tanques y rifles”.
Churchill respiró aliviado y hasta se le fue el enojo por la propuesta de Roosevelt de que trasladara a Estados Unidos las últimas reservas en oro que le quedaban en Sudáfrica. Eso no lo haría. “No voy dejar en manos de Washington el destino de los pueblos del Imperio Británico y entregar esas reservas con las que podríamos comprar alimentos algunos meses”.
Pero lend-lease también era una inversión política. Al final de su discurso Roosevelt enunció las “cuatro libertades” que según él debían regir el mundo: la de expresión, la de credo, la de pobreza y la de miedo. “Libertad”, dijo, “significa la supremacía de los derechos humanos en todas partes. Y nuestro apoyo es para quienes luchan por adquirir o preservar estos derechos”. Según Reid, el presidente había expuesto su intención de rehacer el mundo a imagen de Estados Unidos, lo que tendría “profundas consecuencias para Churchill y el Imperio Británico”.
Hubo otra señal en agosto de 1941, cuando después de muchas solicitudes de Churchill, Roosevelt finalmente aceptó reunirse con él. La reunión fue en Terranova, en la Bahía de Placencia, uno de los territorios cedidos por Gran Bretaña a cambio de los destructores chatarra y que ahora albergaba una base militar estadunidense.
Apegado al protocolo, Churchill dio preferencia a Roosevelt como jefe de Estado, ya que él sólo era el primer ministro del rey. Respetuosamente escuchó la respuesta del presidente a sus muchas y desesperadas peticiones: Washington no pondría ninguna condición especial a la ayuda masiva solicitada por Londres; pero deseaba –sin haber entrado todavía en la guerra– que ambas partes emitieran una declaración conjunta sobre sus objetivos de posguerra.
Churchill, inseguro todavía de ganar, había evitado el tema, pero accedió “para negar todos esos cuentos sobre mi visión reaccionaria y anticuada del mundo que, dicen, le ha causado pesar al presidente”. Se sentó entonces a “delinear en mis propias palabras la sustancia y el espíritu de lo que sería conocido como la Carta Atlántica”.
Ésta contenía ocho puntos incluyendo el compromiso de Estados Unidos y Gran Bretaña de no hacer reclamos territoriales “después de la destrucción de la tiranía nazi”. Pero había tres que inquietaban a Churchill.
El cuatro, que disponía el libre comercio en “términos iguales para todos”, podía afectar el trato preferencial de la metrópoli londinense con sus dominios. Para matizar, Churchill logró que se incluyera la frase “con el debido respeto a sus obligaciones existentes”; pero quedó claro que Roosevelt aseguraba a futuro los intereses económicos estadunidenses.
El punto ocho hablaba de la paz después de la guerra, pero no de cómo preservarla. El británico quería una organización mundial liderada por los anglos, pero muchos estadunidenses se negaban después del fracaso de la Liga de las Naciones. Roosevelt apoyó sin embargo la idea de un sistema permanente de seguridad internacional, lo que satisfizo al primer ministro como “ un indicio de que, después de la guerra, Estados Unidos se sumará a nosotros para vigilar el mundo”.
Pero el más preocupante era el punto tres, que establecía “el derecho de todos los pueblos a escoger su propia forma de gobierno”, así como “la restauración de sus derechos soberanos y su autonomía a todos los que han sido privados de ellos por la fuerza”. Churchill temía que fuera interpretado por los árabes como una justificación para expulsar a los judíos de Palestina, y por los independentistas de las colonias británicas en África y Asia como un respaldo. De todos modos firmó.
Aunque no satisfecho, Churchill regresó a Londres con mayor claridad. Sabía ahora a qué atenerse. Los intereses de los dos países no eran los mismos y si bien Estados Unidos estaba dispuesto a armar a Gran Bretaña, no entraría a la guerra sino hasta que fuera directamente atacado.
El ataque llegó, pero en el Pacífico. Churchill había advertido a Roosevelt que lanzara un ultimátum a Japón ante sus crecientes movimientos militares en el Sureste Asiático, pero no lo hizo. El 7 de diciembre de 1941 los japoneses atacaron la base estadunidense de Pearl Harbor, lo que no dejó más opción a Washington que declararle la guerra a Tokio.
Gran Bretaña, que ya había visto afectados sus intereses en la zona pero no había querido abrir otro frente sin saber qué posición tomaría Estados Unidos, se sumó de inmediato a la declaración. En una carta muy atenta, Churchill le informó al embajador japonés en Londres que estaban en guerra. “Después de todo, si vas a matar a alguien, no te cuesta nada ser cortés”, ponderó.
Sin cortesía, Stalin hizo lo propio. Y días después Hitler y Mussolini le declararon la guerra a Roosevelt. Ahora todos estaban dentro y los frentes definidos: Alemania, Italia y Japón en uno; Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética en otro.
“Pactar con el diablo”
Pese a su desagrado por los bolcheviques y Stalin, desde que Alemania traicionó el pacto de no agresión con la Unión Soviética e invadió su territorio, Churchill buscó alinear a Moscú con Londres. “Si Hitler invade el infierno, hay que pactar con el diablo”, razonó, porque ante una parálisis de la URSS y sin Estados Unidos en la guerra, Gran Bretaña estaría en grave peligro.
Decidió entonces que los británicos debían hacer por los soviéticos lo que los estadunidenses hacían por ellos: abastecerlos de equipo bélico. Sacó de sus propias reservas el material que con dificultad llegaba de Estados Unidos por el bloqueo alemán del Atlántico y empezó a transferirlo a territorio ruso por barco vía el Ártico y por ferrocarril a través de Irán.
Pero desde el inicio Stalin se mostró insaciable. Conformada la alianza pidió a Churchill abrir ese mismo año otro frente en Francia o los Balcanes para distraer a las fuerzas nazis que lo asediaban. Demandó 400 aviones y 500 tanques por mes, junto con el envío de 30 mil toneladas de aluminio para fabricar 10 mil bombarderos; y desplazar a suelo ruso entre 25 y 30 divisiones británicas.
El soviético pretendía dejar a Gran Bretaña totalmente desprotegida pues quería el doble del equipo bélico con que contaba y todos los hombres en armas de que disponía. En tales condiciones Londres –que apenas podía responder a los bombardeos nazis– tampoco podría abrir un segundo frente. Churchill comentó que las peticiones de Stalin eran “increíbles” y evidenciaban “a un hombre totalmente fuera de la realidad”.
Aun con el ingreso de Estados Unidos en la guerra este forcejeo se extendió casi tres años más, ya que la fabricación de armamento era lo suficientemente rápida como para cubrir todos los frentes ni todo lo fabricado llegaba a su destino por el asedio alemán en el Atlántico ni había suficientes hombres preparados para el combate.
Entretanto Churchill ofreció a Stalin “atacar al cocodrilo en sus partes blandas”. Es decir golpear a los nazis en los frentes de Noráfrica y el Mediterráneo para debilitarlos y luego irlos rodeando gradualmente. El georgiano aceptó pero nunca disminuyó su presión sobre la apertura de un segundo frente en Europa occidental.
“No le tengan tanto miedo a los alemanes”, le espetó al primer ministro británico cuando éste lo visitó por primera vez en Moscú. Frío, Churchill respondió que pasaba por alto el comentario “en reconocimiento al valor de las tropas rusas”. Pero la esgrima verbal siguió. Irritado, el primer ministro británico le aclaró a Stalin que “ni Roosevelt ni yo somos cobardes, pero tampoco estúpidos” y que de nada serviría sacrificar hombres y equipo para sufrir una derrota en Francia.
Al tiempo que lidiaba con el soviético, el primer ministro británico iba descubriendo sus crecientes diferencias con el estadunidense. “Churchill, Roosevelt y Stalin estaban totalmente de acuerdo en el objetivo principal, la victoria sobre Hitler; pero cuando se trataba de emitir una declaración conjunta, el diablo se insinuaba en los detalles”, escribe Reid.
Y los “detalles” eran cada vez más. Roosevelt libraba en el Pacífico su guerra más importante y relegaba los frentes que Churchill quería reforzar en el Mediterráneo para defender sus propios intereses y para calmar a Stalin. Tampoco lo apoyaba en el Sureste Asiático, donde estaban cayendo frente a los japoneses los bastiones del colonialismo europeo en Indochina, Birmania, Ceylán, Hong Kong y Singapur.
Washington simpatizaba además con la posición independentista de Gandhi en la India, quien llamó a rendirse pacíficamente ante los japoneses y “no pelear por los británicos”. Ese tema provocó un gran desencuentro político entre Churchill y Roosevelt. El primero quería preservar a toda costa el Imperio Británico, lo que era un anatema para el segundo. El estadunidense argüía que el pueblo indio ya estaba “maduro” para autogobernarse; el británico, que necesitaba “protección”. Al final Churchill le pidió a Roosevelt que no se inmiscuyera en asuntos británicos, cosa que hizo, no así la prensa estadunidense.
Por su parte los gobiernos de Australia y Nueva Zelanda –empujados por EU– querían de regreso las tropas que habían prestado a la Corona ante los recurrentes ataques nipones. Aparte de derrotar a Hitler, el único otro punto en el que Churchill y Roosevelt coincidían era la defensa de los pozos petroleros de Irán e Irak, porque ambos necesitaban combustible para su maquinaria bélica, señala Reid.
Aceptado por Estados Unidos el refuerzo de los frentes del Mediterráneo y Noráfrica, los británicos empezaron a cosechar victorias con el general Bernard Montgomery, quien acabó derrotando en el desierto a Erwin Rommel. Londres también recuperó las aguas mediterráneas e impidió el reabastecimiento de las tropas alemanas.
Roosevelt empero impuso a Dwight D. Eisenhower (Ike) como jefe de operaciones militares en la zona. El presidente y su alto mando llegaron a Casablanca como si sólo ellos llevaran la conducción de la guerra. Los oficiales británicos estaban furiosos; sin embargo a cambio de la aceptación de Ike, Churchill logró el apoyo para continuar peleando en Italia y el Mediterráneo oriental.
Washington fue apropiándose del control militar y político de la guerra en Europa y en el Pacífico. En este frente Churchill ya había perdido la conducción a causa de su desconocimiento de la zona –“estaba muy lejos de nosotros”– y de su visión antigua de la estrategia naval. La única forma de impedir que toda la atención de Estados Unidos se volcara hacia el Sureste Asiático fue fijar la fecha del desembarco aliado en Europa y cederle el mando militar.
Al inicio el presidente y los altos mandos estadunidenses creyeron justo que los británicos dirigieran el desembarco en Francia. Eisenhower había encabezado los operativos en Noráfrica y el Mediterráneo y además el ejército imperial había sufrido el mayor número de bajas. Pero luego Roosevelt calculó que para la fecha en que se llevaría a cabo, las fuerzas de Washington superarían a las de Londres por cinco a uno. Por lo tanto, un estadunidense debía estar al mando: el mismo Ike.
Churchill, creyendo que se trataba de un operativo más, no vio de inmediato que quien ejerciera el mando de Overlord –como se llamó la operación– también lo tendría sobre todas las fuerzas anglo-americanas en Europa, con poder de veto para operaciones secundarias y autoridad para desplazar hombres y equipo a conveniencia.
El primer ajuste fue el desplazamiento del jefe de Estado Mayor Conjunto británico, Alan Brooke, por el de Estados Unidos, George Marshall. Luego vino un reacomodo en todos los rangos. Brooke se quejó de que “Winston cedió sin consultarme”; Anthony Eden, ministro británico de Exteriores, dijo que “si bien deseo buenas relaciones con Estados Unidos, no me gusta estar subordinado… da la impresión de que ellos asumen con naturalidad que todos los logros militares son suyos”.
Los desacuerdos entre los jefes militares británicos y estadunidenses por el desembarco en Francia llegaron casi hasta los golpes, mientras las presiones de Roosevelt y Stalin sobre Churchill crecían. Percatado del nuevo escenario, el primer ministro británico expresó que “sólo hay una cosa peor que combatir con aliados… y es combatir sin ellos”.
En la reunión de los “Tres Grandes” en Teherán, a finales de 1943, el premier británico ya tenía claro “cuán pequeños éramos”. Había solicitado a Roosevelt reunirse solos antes de deliberar con Stalin, pero el presidente optó por hacerlo con el soviético. Sin reparar en los intereses de Gran Bretaña, ambos delinearon lo que serían los escenarios de la posguerra en Europa, el Medio y el Lejano Oriente.
Cuando los tres juntos se sentaron a la mesa, muchos puntos que Churchill quería plantear ya no tuvieron cabida.
El británico fue avasallado en todas las sesiones y Stalin y Roosevelt hasta se dieron el lujo de bromear a su costa. “Ahí estaba, sentado con el gran oso ruso y el gran búfalo americano a ambos lados, y en medio yo, el pobre borrico inglés”, comentó Churchill.
Firmada la Declaración de Teherán, quedaron prefigurados la Organización de las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad, en el que entonces no se preveía que participara Francia. El tema de la inclusión francesa en la alianza militar fue otro de los grandes desacuerdos entre Churchill y Roosevelt.
El estadunidense consideraba que Francia debía ser marginada por el colaboracionismo del régimen de Vichy y porque los soldados franceses no habían combatido. No tomaba en cuenta la resistencia –interna y externa– y además detestaba al general Charles de Gaulle. Francia y Alemania, para él, debían ser neutralizadas y desarticuladas.
El británico, quien llevó a De Gaulle a Londres y mantuvo contacto con él cuando se trasladó a Argelia, quería recuperar a su antiguo aliado y también rehabilitar a Alemania. “Los alemanes existieron antes de los nazis y seguirán existiendo después”, postuló distinguiendo entre pueblo y gobierno. Pero sobre todo quería una Europa unida ante lo que él veía como la siguiente amenaza: El avance del comunismo soviético.
Desde que el Ejército Rojo tomó las repúblicas bálticas y avanzó sobre Polonia, Churchill advirtió a Roosevelt que una vez dentro, “no lo volveremos a sacar”. Stalin confirmó ese temor al declarar que “esta guerra no es como las de antes; quien ocupa un territorio también le impone su propio sistema social… y lo hace hasta donde llegue su ejército”.
Pese a esta advertencia y a que Churchill le subrayó a Roosevelt la “importancia simbólica” de tomar Berlín antes o por lo menos al mismo tiempo que los soviéticos, tras liberar Francia, Eisenhower decidió seguir el camino del Rin hacia el sur de Alemania, mientras el ejército ruso avanzaba como locomotora a través de Prusia.
El 30 de abril de 1945 los soviéticos llegaron a Berlín y los anglos a Munich. No fue sino hasta días después que ambos se encontraron en la capital del Tercer Reich, lo que no sólo implicó su derrota, sino a la postre su partición, la de Alemania y la de toda Europa.
El 8 de mayo Estados Unidos y Gran Bretaña anunciaron oficialmente su victoria sobre los nazis. Contra su habitual retórica Churchill rindió a través de la BBC un parco informe y sólo al final exclamó: “¡Ahora los malvados están postrados frente a nosotros!”. Ni el rey Jorge VI ni el presidente Truman –Roosevelt había muerto– mencionaron a Churchill en sus discursos.
El pueblo británico, en cambio, no tenía más reconocimiento que para él. Convocado por los gritos de “Winnie, Winnie” –como lo llamaban cariñosamente–, Churchill salió a uno de los balcones de su búnker de Whitehall y formando con los dedos una “V” dijo: “¡Esta victoria es de ustedes!”
La multitud gritó: “¡No! ¡Es tuya!”








