El sábado 13 de abril, después de 10 años de trabajos de remodelación y a un costo aproximado de 375 millones de euros, abrió sus puertas nuevamente el prestigiado Rijksmuseum (Museo del Estado o Museo del Reino), o, como se le denominará en lo sucesivo, el Museo de los Países Bajos. Localizado al sur de Ámsterdam, comparte este barrio cultural con el Museo Van Gogh, el Museo de arte contemporáneo Stedelikjk y la sala de conciertos Concertgebouw, sede de una de las más renombradas orquestas internacionales. Es sin duda uno de los grandes museos por lo que significa en la cultura universal y por sus colecciones, de las cuales ahora exhibe solamente 8 mil piezas, de las más de 1 millón que obran en sus archivos. Los arquitectos sevillanos Antonio Cruz Villalón y Antonio Ortiz García fueron los autores del proyecto de remodelación, que resultó mucho más profunda de lo que se pensaba, pues de forma paralela se restauraron todas las pinturas que ahora exhibe. Un proyecto museístico sin precedente.
Su formación
Con la Revolución Francesa, las colecciones reales de los Borbones se convirtieron de manera súbita en propiedad del pueblo. La Asamblea Nacional creó un nuevo museo con acceso al pueblo –lo que en tiempos de la monarquía había sido negado– y se les dio preferencia a los artistas para su estudio, pues se consideraba que la exposición de las obras se realizaba primariamente en su beneficio. La invasión napoleónica en Europa tuvo entre otros efectos la expansión de estas ideas. Los Países Bajos no fueron la excepción.
A sugerencia de Isaac Gogel y conforme al modelo francés, la reciente República de Batavia, nombre con el cual los romanos conocían a los Países Bajos, impulsó la idea de un museo nacional. En esa forma se creó la Nationale Kunstgalerij (Galería Nacional de Arte), inaugurada en mayo de 1800 en La Haya para posteriormente trasladarse a Ámsterdam, la nueva capital, y hospedarse en el Palacio Real en 1808.
Desde los inicios figuró en la colección la pintura El Cisne, de Jan Asselijn, obra emblemática del museo que fue adquirida en 100 florines. Así se inicia el periplo de una de las colecciones de arte más importantes en el ámbito universal. El proyecto del rey de Holanda, Luis Bonaparte, hermano de Napoleón, era congregar en un museo la pintura holandesa y con ello estimular el arte. En 1815 el Rey Guillermo I trasladó las pinturas y la colección nacional de grabados al Trippenhuis, también conocido como Kloveniersburgwal, que con el tiempo devendría Academia Real de Artes y Ciencias de los Países Bajos. Finalmente en un edificio de estilo gótico y renacentista, diseñado por Pierre Cuypers, uno de los arquitectos holandeses más prestigiados de la época, el Rijksmuseum o Museo del Estado o del Reino fue reinaugurado en 1885.
El proyecto
La actual renovación se realizó bajo el lema “Verder met Cuypers” (Continuando con Cuypers) y respetó los fundamentos de la estructura original. Ahora el Museo de los Países Bajos se encuentra presidido por un inmenso atrio de 3 mil metros cuadrados y por dos chandeliers, dos estructuras metálicas de donde emana la luz. Sin embargo la distribución museística obedece ahora a un nuevo circuito cronológico que da cuenta de la pintura holandesa y de la historia. Esta concepción obedece en gran medida al gran historiador de arte holandés Johan Huizinga (1872-1945), quien sostenía que debía crearse un lenguaje entre la exposición de imágenes, objetos y textos que le diera inteligibilidad al museo.
Las colecciones del Rijksmuseum reciben ahora un tratamiento diferente, pues se hallan insertas en dinámicas de intercambio, e incluso de confrontación. Toda institución museística tiene sus aspiraciones, ya sea que se trate de renovar un museo, como lo es el de los Países Bajos, de crear un museo clásico o bien de identificar o inventar un nuevo modelo de museo. El Museo de los Países Bajos formula nuevas propuestas, y aun rupturas en algunos casos; hereda igualmente su tradición, sus definiciones y sus interrogaciones.
A través de la lectura y de la interpretación de sus salas se creará un proceso social de memorización colectiva inmóvil en diferentes lenguas por parte de ciudadanos universales móviles. Una de las características de esta memoria patrimonial consiste en que es una memoria por transmisión: en lo sucesivo los asistentes serán los que construirán en el Museo de los Países Bajos un sitio patrimonial; al visitarlo lo validarán, lo legitimarán como tal y contribuirán a su reconocimiento. Empero, no se trata de un acceso físico. El acceso a la memoria patrimonial es un proceso cognoscitivo y la difusión de este conocimiento es una manera de promover su frecuentación (Lazzaroti). Su calidad no es solamente intrínseca, sino una forma de leer este patrimonio; así, los contenidos de este patrimonio se harán plurales, se multiplicarán y se diversificarán.
Un patrimonio cívico
Difícilmente se puede dar cuenta de la riqueza de este museo, que tiene un común denominador. La pintura holandesa fue marcadamente cívica (Schama), a diferencia de otras tendencias pictóricas europeas que se significaron por ser dinásticas. En ella pudieron reconocerse personajes diversos, actitudes y paisajes propios de la sociedad de la época. En este sentido es un patrimonio popular y ciudadano de un alto valor político e histórico.
Por su concepción museística se espera que los visitantes no sean espectadores pasivos, sino actores constitutivos. El Rijksmuseum aspira a cambiar a sus visitantes; es la razón de ser de la transmisión que adquiere una doble vertiente: la experiencia emocional y el aprendizaje. Se trata de crear una memoria patrimonial con un alcance pedagógico. Este proyecto museístico no pretende fomentar una simple visita, sino un reencuentro. Su nueva historia será la acrecencia de momentos memoriales, de tiempos en donde florezcan las memorias y de las diversas formas de su metamorfosis.
El nuevo Museo de los Países Bajos tiene desde ahora una doble dimensión: la física, en el recinto restaurado que alberga colecciones de arte e historia, y la intelectual, que expresa el propósito de preservar y complementar al paso del tiempo los objetos que constituyen parte de la memoria colectiva universal. Este museo cumple con una función pública, ya que en lo sucesivo articula, a través de sus exposiciones, actividades educativas y culturales. En su nueva concepción, contribuye a la interpretación del pasado y a explorar el futuro; al preservar y fomentar la investigación, hace accesible la información cultural en ambientes físicos, pero también virtuales. Este gran proyecto, que tardó en ejecutarse cerca de 10 años, satisface un interés público y se constituye como un activo valioso para la comunidad internacional.
La ruptura y el desafío
El mundo museístico, como todo medio intelectual, es un encuentro de intercambio de ideas y de influencias, de discusión sobre estrategias culturales y éticas. Los albores del siglo XXI parecen marcar una nueva fase en la evolución de los museos: por los gestos arquitectónicos, por una nueva perspectiva en la exhibición de las colecciones y por una nueva y más amplia visión museística. Esta actualización obliga a revisar su naturaleza y sus definiciones para escudriñar e identificar los elementos de su nueva concepción.
El Museo de los Países Bajos agrega la educación a su vocación política y social, como uno de sus elementos centrales por la importancia que les confiere a sus principales actores, a su diversificación y a su satisfacción. El proyecto de remodelación lo convirtió en un sitio pluridisciplinario destinado a los ciudadanos del mundo. Ahora, más allá de las definiciones clásicas, abre un espacio con numerosas posibilidades y se inserta en el proceso permanente de renovación.
El Museo de los Países Bajos transita de ser un centro de acumulación y de presentación, a un centro multiforme, complejo y multifuncional; se convierte en un espacio social de controversia y de representación que obliga al visitante a una interpretación. Su nuevo proyecto museográfico constituye una ruptura, y como tal conlleva retos y riesgos. Este proyecto contemporáneo desafía al modelo preestablecido y privilegia la correlación del recinto; con ello define un nuevo lenguaje y coloca al visitante en el epicentro.
Ahora enfrenta riesgos múltiples: desarrolla un sistema de comunicación operacional que debe demostrar su capacidad para sensibilizar e instruir a un público diverso y multicultural a través del acceso y apropiación de los códigos de percepción museísticos; debe probar igualmente que puede irrigar con eficiencia el conjunto de actividades del museo. Estas controversias no deben sorprendernos; el museo pertenece a la res publica (Gob y Drouet) y debe ser discutido, debatido y defendido en la plaza pública.
*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon Assas.








