La propuesta existencialista de Camus se ve expuesta con claridad en El malentendido, su primera obra de teatro escrita en 1943. En ella recurre a la tragedia para resignificar las implicaciones del destino del hombre, y si bien los griegos suponían que éste se determinaba por los dioses, en Camus la ausencia de Dios lo lleva al vacío: solos, desesperanzados y sin posibilidad de dirigir sus vidas. De allí la tragedia. Una tragedia moderna.
Los personajes de Camus se acercan al Gran guiñol; no son de carne y hueso sino seres de complicada simbología insertos en otra moral, tal vez superior a la de Nietzsche, que condena y liberta al hombre de su propia capacidad de decisión.
En El malentendido, que ahora se reestrena en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque con la Compañía Nacional de Teatro, la reflexión gira en torno a los sinsentidos de la vida y de las consecuencias a las que lleva la carencia de lenguaje y comunicación. Se acerca al absurdo desde esta perspectiva, pero se aleja al mismo tiempo de ella al hacer que sus personajes filosofen exhaustivamente y las situaciones se alarguen por esa necesitad.
Inspirada en un suceso verdadero, al que Camus ya había hecho alusión en El extranjero, la historia arranca con la esperanza de un hijo pródigo, Jan (Roberto Vázquez), que regresa a su patria natal junto a su esposa María (Erika de la Llave), veinte años después de haber salido en busca de una vida mejor. Bajo el deber asumido de querer compartir la fortuna amasada con su familia, Jan decide hospedarse en la vieja pensión regentada por su madre (Ana Ofelia Murguía) y su hija Marta, interpretada por Emma Dib. Sus dificultades de comunicación lo llevan a no revelar su identidad y seguir con ese juego generando así el eje de la tragedia: el malentendido. El optimismo de Jan choca con la frialdad desapegada que reina en la casa, donde el crimen ha adquirido, desde años atrás, el sombrío rango de la indiferencia. La mujer de Jan representa el extremo opuesto de la filosofía del propio Camus donde el amor y el dolor construyen –y destruyen– al personaje.
La dirección escénica de Martha Verduzco y la calidad de las interpretaciones hacen que las ideas que expresan los personajes estén cargadas de emoción. La limpieza en el trazo y la profundidad en el trabajo actoral nos transmiten esa desolación y ausencia de sentidos propias del existencialismo, lo cual se refuerza con el criado, personaje/sólo presencia interpretado por Farnesio de Bernal, el cual, de manera evidente, representa a un “Dios” que nunca acude al llamado de la campanilla del individuo. Resalta la fuerza de interpretación de Emma Dib, que refleja a un personaje complejo que gradualmente pierde cualquier esperanza y expresa los argumentos del autor.
La escenografía e iluminación de Gabriel Pascal refuerzan esta sensación: es un espacio blanco, aséptico, sin posibilidad de encontrar algún recuerdo, algún afecto o aunque fuera un guiño de calidez.
El malentendido de Camus, que forma parte del Segundo Ciclo Patrimonio Universal de Teatro de la CNT, apela al individuo para que sólo profundice en la crisis de conciencia de miseria y finitud que lo aflige y acepte su destino sin compromisos ni ilusiones. Camus quiere transmitirnos sus ideas y plantear los principios que para él rigen al ser humano donde la moraleja fundamental es la imposibilidad del entendimiento entre los humanos y la soledad metafísica que les acompaña.








