Jorge Mario Bergoglio, ahora Papa Francisco I, tiene una lamentable historia de intolerancia y autoritarismo con la creación artística y la libertad de expresión. En diciembre de 2004, en el contexto de la retrospectiva del internacionalmente reconocido artista León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, Argentina, el entonces cardenal de la ciudad porteña emitió una carta pastoral que no sólo afirmaba que en el Centro Cultural se perpetraba una blasfemia con motivo de la exposición sino que, también, convocaba a un acto de reparación y petición de perdón.
Leída en todas las iglesias de la ciudad, la carta derivó en una jornada de penitencia, una misa de desagravio, actos vandálicos en la exposición y la solicitud, por parte de la Asociación Cristo Sacerdote –dependiente del Episcopado–, de retirar las piezas que consideraban ofensivas para la religión católica.
Clausurada a partir del 19 de diciembre por la jueza Libertori, la muestra fue reabierta el 4 de enero de 2005, después de un proceso de defensa y revisión judicial de la libertad de expresión. Al margen de la importancia que tuvo para la gestión cultural del gobierno argentino el deslinde del poder religioso, la actitud de Bergoglio manifiesta una peligrosa intolerancia ante el pensamiento crítico.
Nacido en 1920 en Buenos Aires, León Ferrari se ha caracterizado por un pensamiento artístico que incide en los vínculos entre los poderes político, militar y religioso. Interesado en los mecanismos de control que ejerce la religión católica a través de los imaginarios que ha creado a lo largo de su historia, Ferrari ha denunciado, a través del ensamblado de objetos e imágenes del arte financiado por la Iglesia, la legitimación occidental de la violencia y la tortura. Contundente y provocativo al afirmar que el cristianismo está a favor de la tortura, Ferrari sostiene que la existencia simbólica del infierno exalta el castigo a la diferencia a través de la aceptación de la tortura eterna del alma. Disimulado por la belleza artística, el infierno representado en el arte occidental ha introyectado la violencia y, por lo mismo, muchas de sus obras colocan en el calor ficticio de hornos y sartenes a los íconos religiosos.
Desde la perspectiva artística, la obra de Ferrari es compleja, reflexiva, crítica y profundamente humana. Considerarla como una blasfemia cuando sólo interviene íconos u objetos inermes, revela una lamentable incapacidad para aproximarse a territorios de conocimiento diferentes que, posiblemente, están buscando un camino a la divinidad a partir de la profanación del ídolo.








