Autodefensa y política

El sentido fundamental de la existencia de un Estado radica en su capacidad para darles seguridad y justicia a sus ciudadanos. Desde hace años esa capacidad no existe ya en México. Uno que lleva en sus hombros el peso de 100 mil asesinados, de 95% de impunidad y, como lo reveló el reciente informe de la subsecretaria de Asuntos Jurídicos, Lía Limón, de 27 mil 829 desaparecidos –asesinatos y desapariciones que siguen aumentando–, es un Estado débil y casi inexistente.

Esta realidad plantea una crisis no sólo de las instituciones y de la autoridad sino de nuestro destino común. La idea moderna del Estado y de las democracias representativas ha dejado –como sucedió con otras formas del Estado en épocas anteriores– de funcionar. Frente a ello han surgido las autodefensas. Éstas, al igual que la impunidad, la injusticia y el estado de indefensión que revelan las cifras de muertos y desaparecidos, son un síntoma de esa crisis pero también un síntoma de salud. Nadie se pone en autodefensa porque sí. Se necesita demasiado dolor, demasiado desprecio y hartazgo para que grandes sectores de la sociedad decidan hacerlo.

Su gesto es al mismo tiempo una negativa y una afirmación. Dice, primero: “Hemos esperado y aguantado demasiado una seguridad y una justicia que no llegan. Ustedes como Estado han dejado de funcionar. Abandonaron nuestros hogares, nuestros amigos, nuestros hijos e incluso a desconocidos que no tienen más vínculo con nosotros que el de ser nuestros compatriotas, a la muerte y la desesperanza. No estamos dispuestos a tolerarlo más”. Pero al mismo tiempo que rechaza a un Estado que abandonó su causa y a los criminales, el gesto de la autodefensa es una adhesión a lo humano que la inseguridad, la injusticia y el crimen niegan. Hasta ese momento, como lo señaló Albert Camus al analizar la rebelión, los seres humanos guardaban silencio abandonados a una desesperanza aceptada. “Callarse es dejar creer que no se juzga y no se desea nada”. Pero “desde el momento en que [se dice] ‘no’, se desea, se juzga” y se conquista la esperanza.

La autodefensa –que puede ser armada o no violenta, como la del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), que decidió recorrer las calles, las carreteras, los pueblos y las ciudades para desafiar al crimen y reclamarle al Estado su inoperancia– es, al igual que la rebelión, un “dar la cara”. Se vivía en la indefensión, el miedo y la espera absurda. Ahora se enfrenta el desastre para detenerlo. Contrapone a un estado de cosas intolerable un “valor”, el de la dignidad.

La autodefensa no es, por lo mismo, una lucha política en el sentido en el que lo entiende el Estado moderno: Una carrera a través de los partidos para gobernar y proteger la vida y la dignidad de los ciudadanos, una carrera donde se triunfa o se fracasa gracias a vastas redes de influencia que se han corrompido. Lo es, sin embargo, porque al hacer un llamado a fuerzas profundas que el Estado había querido administrar y ya no puede, pone de nuevo en el centro de la política a las personas y sus relaciones comunitarias. A partir de la autodefensa, una tradición propiamente humana comienza a recuperar la vida política de la que el Estado se había adueñado. En ella, cada persona pone lo mejor de sí misma para preservar su existencia y la de la comunidad humana.

Podría decirse que ante la complicidad de los políticos que han dejado de proteger nuestras vidas en función de intereses, y ante al horror del crimen que esa complicidad permite, asistimos al nacimiento de un nuevo orden político. Ese orden, que se remonta a las formas tradicionales de la vida de las comunidades, y que el zapatismo, la Policía Comunitaria de Guerrero y el MPJD no han dejado de mostrar en sus respectivas maneras, no está exento de peligros: En medio del nihilismo de esta crisis habrá grupos que se enmascaren en la autodefensa para continuar humillándonos.

Sin embargo es un orden que debemos cuidar porque en él el rostro de lo humano triunfa sobre la ruindad. Allí la política ya no está disociada de las personas. Vuelve a ser la relación directa del hombre con sus semejantes. Se trata –para evitar el término “autonomía”, manoseado y desposeído de sus significaciones profundas– de lo que el filósofo Spinoza llamó el conatus: La capacidad, traduce Jean Robert, “de subsistir por nuestros propios medios, de ser fieles a nosotros mismos y a nuestro pedazo de tierra en el cosmos”, de defender lo que amamos. Esa capacidad hunde sus raíces en lo que Spinoza llamó también la potentia. Contra el poder, que es una fuerza exterior que destruye la intimidad del común, la vida y las relaciones humanas, la potentia, que es una fuerza interior, permite tejer de manera profunda y solidaria las relaciones que incrementan el conatus que debe habitar en toda verdadera vida política.

Si la autodefensa debe ser algo distinto a un puro momento de dignidad de nuestra historia es porque en medio de la crisis civilizatoria que se manifiesta en la erosión del Estado moderno, habrá logrado colocar de nuevo a los ciudadanos en una relación humana, personal y, al mismo tiempo, comunitaria.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.