Aristóteles Sandoval mostró desde su primer día de gobierno la frivolidad que caracterizó su campaña: vació de contenido su rendición de protesta en el Congreso y guardó el discurso –repetición de sus promesas de campaña– para la megapachanga en el Instituto Cultural Cabañas. Ahí sí se le vio cómodo, entre los suyos y bien provisto de vino tinto, canapés y tortas ahogadas.
Al llegar en su camioneta blanca escoltada por dos vehículos con policías municipales, Jorge Aristóteles Sandoval Díaz saludó a los camarógrafos, fotógrafos y reporteros, a los curiosos y a los políticos como si todos fueran sus fans, agitando el puño ¡izquierdo! en señal de triunfo.
Tras las vallas metálicas, en la Plaza Liberación un grupo de jovencitas coreó su nombre. Aristóteles bajó del vehículo con sus guardaespaldas para entrar aprisa en el recinto legislativo.
Ese 1 de marzo, el evento estaba previsto para las 8 de la mañana pero el gobernador electo llegó hasta las 9:45, cuando los líderes de los cinco grupos parlamentarios de la LX Legislatura ya habían fijado su posicionamiento. Algunos se quejaron de que el protagonista principal del acto no los escuchara. Entre el personal de logística se comentó que la ceremonia se demoró por esperar al representante del presidente Enrique Peña Nieto: el secretario de Desarrollo Agrario, Jorge Carlos Ramírez Marín.
La sede del Congreso local estaba repleta. Ya esperaban al gobernador entrante más de 200 invitados, entre presidentes municipales, diputados federales, regidores y empresarios, quienes retacaron las calles aledañas y los estacionamientos de camionetas lujosas, aunque algunos arribaron en dos autobuses de la línea Primera Plus.
El ahora mandatario constitucional mostró que gran parte de su discurso político radica en su imagen: se reveló que su traje negro fue diseñado por un jalisciense cuyo nombre no se mencionó; su corbata plateada contrastó con las rojas del resto de sus invitados –el emblema de la segunda oleada priista– y combinó naturalmente con sus mocasines negros y su característico cabello engominado, repelente al agua y a las críticas.
Adentro, el protocolo se rompió. El gobernador saliente, Emilio González Márquez, no le cedió la silla a su sucesor, por lo que el personal del Congreso tuvo que traer dos asientos más para sentar en la mesa principal a Aristóteles y al enviado de Peña Nieto.
El discurso inaugural quiso ser esperanzador. Duró 10 minutos. Después de todo, a Aristóteles lo esperaba una megafiesta en el Instituto Cultural Cabañas. No todos los presentes en el recinto legislativo fueron invitados. Al final de la toma de protesta, en una sala anexa al recinto, Emilio González se quedó solo, cabizbajo y con la mirada fija en su teléfono celular, que no sonaba.
Años atrás, el estudiante Jorge Aristóteles asistió ahí a clases de teatro. Esta vez regresó como primer actor y ofreció su primera actuación como gobernador constitucional del estado de Jalisco 2013-2018.
Su público no podía ser más amigable: 22 de sus colegas gobernadores y el jefe de gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera. Incluso el aclamado Vicente Fernández, El Charro de Huentitán, presenció el espectáculo entre el público y le aplaudió a Aristóteles hasta que dejó de hablar.
“Ha llegado la hora de un gobierno cercano a la gente”, entonó el góber. Lo escucharon incluso los escasos peatones que cruzaban en esos momentos la Plaza Liberación, en una pantalla gigante instalada detrás de las vallas.
Uno de esos transeúntes era José, virtuoso trompetista ciego que desconocía su espacio habitual de trabajo al toparse con obstáculos en todas direcciones, ya fueran las vallas o los guardias. Desconcertado, se enteró de que muy cerca de donde él pretendía ofrecer su música a la gente se encontraba su ídolo Vicente Fernández, pero inmerso en un show al que él nunca tendría acceso. Dijo a Proceso Jalisco que vive en la colonia Rancho Nuevo y que su gran sueño era acompañar a Fernández en alguna de las canciones que lo han hecho famoso. Pero el lugar estaba semidesierto y, eso sí, pulcro porque desde temprano se ocupó de ello el personal del ayuntamiento de Guadalajara.
Como la calle de ingreso a la Escuela de Artes Plásticas de la UdeG fue cerrada sin previo aviso, se suspendieron las clases.
El sobrevuelo de un helicóptero de la Secretaría de Seguridad Pública acentuaba la exhibición de músculo policiaco.
De alfombra
El edificio del Instituto Cultural Cabañas, obra de Manuel Tolsá y Patrimonio de la Humanidad, también estaba rodeado de vallas y agentes de seguridad. Los asistentes tuvieron que presentar su invitación personalizada en la mesa de registro y pasar por una inspección similar a la de los aeropuertos: todos cruzaban un arco detector de metales y algunos eran sometidos a revisiones aleatorias. Desde afuera, los votantes comunes de Aristóteles Sandoval presenciaban esta especie de alfombra roja.
Las jóvenes, esbeltas, altas, sonrientes edecanes también vestían de negro. Su mascada roja recordaba las corbatas de los legisladores del PRI. Ellas y algunos muchachos de traje sastre y copete relamido (éstos sin cargo público… todavía) guiaron a los presentes hasta el asiento asignado.
En un patio del recinto, un grupo con trajes folclóricos ejecutó la danza de la inmovilidad: solamente posó y le sonrió a los invitados especiales.
El equipo de GDL-Noticias (del Canal 4 de Televisa) armó el tinglado para la transmisión del mensaje de Aristóteles: cinco cámaras de estudio e igual numero de camarógrafos de piso, miles de metros de cable y una plataforma digital para el manejo de audio y video. El Sistema Jalisciense de Radio y Televisión quedó al margen de los preparativos, aunque sí recibió la señal para trasmitirla en directo.
La agencia contratada para organizar la megafiesta para mil 800 personas en el patio principal del Cabañas fue Eurística, propiedad de personas ligadas a la UdeG. Por alguna razón, decidió montar un set similar a los que se estilan en Nuestra Belleza Jalisco.
Por ahí pasaron la golfista Lorena Ochoa, el vocalista Fher Olvera del grupo Maná e integrantes de la familia Televisa como el comediante Teo González, el actor de telenovelas Roberto Palazuelos y su colega Ofelia Cano. El vocero de la Iglesia católica, Antonio Gutiérrez Montaño, acudió en representación del cardenal de Guadalajara, Francisco Robles, actualmente concentrado en el Vaticano para participar en el cónclave que designará al nuevo Papa.
La invitación señalaba como hora del festejo las 11 de la mañana, pero los invitados tuvieron que esperar más de una hora al recién estrenado gobernador, mientras la orquesta intentaba distraerlos con música de cámara. En tanto, tuvieron la oportunidad de saludarse. En la primera fila aparecieron los priistas más veteranos, algunos en sillas de ruedas. Desde los exgobernadores Guillermo Cosío Vidaurri –que apenas se puede mover– y Flavio Romero de Velasco, hasta el presidente nacional del partido César Camacho, el senador Emilio Gamboa y el diputado Manlio Fabio Beltrones, así como el embajador estadunidense, Anthony Wayne. Los pesos pesados se saludaron entre sí con apretón de manos y abrazos; los de las filas posteriores aprovecharon para presentarse y saludar a los de más adelante.
Decenas de arreglos florales cubrían el piso, aturdían tantas pantallas y bocinas gigantes, en una sala VIP se ofreció vino tinto, canapés y tortas ahogadas. Las damas bien podían tasar su atuendo de gala en mil dólares o más. A una de ellas la desbordó tanto su pasión por Aristóteles que imprimió a sus uñas los rostros del mandatario y del presidente Peña Nieto (ella los distinguiría) como parte de su outfit.
De pronto, al mediodía, los invitados se pusieron de pie para recibir al gobernador. Aristóteles se paseó, sonrió, saludó. Emocionado por la resurrección del clásico besamanos priista, al público le dio lo mismo aplaudirle a Miguel Ángel Mancera que al obispo emérito de Ecatepec, Onésimo Cepeda. Y al grito de “¡viva el señor gobernador!”, Aristóteles subió al templete.
Y entonces sí, se rindieron honores a la bandera, se balbuceó el himno de Jalisco –casi nadie atinaba con la letra pese a que se repartió en un folleto por anticipado– y se soltó con su primer discurso en forma, no como el del Congreso. Este duró 50 minutos, si bien la mitad consistió en agradecimientos, como si su antecesor fuera Cosío Vidaurri, que en su tercer y último informe de gobierno agradeció a todo el mundo. Aristóteles saludó a “gobernadores amigos” como Gabino Cué, de Oaxaca, y Arturo Núñez, de Tabasco. Por supuesto, destacó la presencia del representante de Peña Nieto.
En un lado del estrado, los integrantes del gabinete posaron para la foto. Sorprendió la presencia del encargado de la Planeación del Desarrollo y Programación del Presupuesto, David Gómez Álvarez, expresidente del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana del Estado de Jalisco y director ejecutivo del observatorio ciudadano Jalisco Cómo Vamos, quien no fue nombrado por Arturo Zamora el día anterior, en la presentación del equipo aristotélico.
“La espera terminó. Hoy iniciamos la transformación de nuestro estado, un cambio del que nacerá una era de bienestar que heredaremos a nuestros hijos y nietos. Una renovación que traerá orden y certeza para todos. Un cambio que tocará las puertas de tu casa y te devolverá la esperanza perdida…”, leyó el góber en el teleprómpter.
Continuó muy seguro de sí mismo, ya que fueron las mismas promesas de la campaña: la ampliación de la Línea 1 del Tren Ligero y la construcción de la 3, transporte público gratuito para los estudiantes, medicinas gratuitas para los más necesitados, vivienda segura para los policías, implantación de los juicios orales, conservación de Chapala como área estatal de protección hidrológica, seguridad alimentaria como parte de la Cruzada contra el Hambre que anunció Peña Nieto, y política de no discriminación y apertura hacia la equidad de género.
Al terminar el discurso, los asistentes se levantaron para buscar la foto del recuerdo. Un grupo de indígenas wixáricas recibió la orden de moverse para salir a cuadro, mientras Aristóteles fue alejándose de la multitud y después abandonó el recinto por la puerta trasera. Un helicóptero lo llevó a la zona huichola del norte del estado.
Desdén a los medios
El cambio de poderes en el Congreso del estado se programó a las 9 de la mañana, pero a los reporteros que dieron cobertura al evento se les citó con dos horas de anticipación, supuestamente para acomodarlos. Aristóteles Sandoval llegó casi a las 10, y a partir de esa hora no se permitió entrar a ningún periodista aunque tuviera acreditación.
Quienes lograron ingresar se sorprendieron de que se les impidiera presenciar la ceremonia en el patio central del edificio como se acostumbraba. Ahora la Dirección de Comunicación Social del Congreso los confinó en una pequeña sala donde ni siquiera pudieron enterarse que quiénes eran los invitados especiales. Algunos periodistas fueron colocados en el palco del salón de sesiones y no les permitieron moverse. A todos les instalaron pantallas planas y bocinas para que únicamente escucharan y grabaran los discursos.
Los desatinos se hicieron notar desde días antes, cuando el equipo de comunicación del gobernador le pidió a los reporteros copia de su credencial de elector para acreditarlos. La información, incluidos datos personales, se capturó sin que se informara para qué propósito.
En la presentación del gabinete, el 28 de febrero, se hizo esperar a la prensa dos horas. Una vez que se dio a conocer a los funcionarios, éstos salieron por la puerta trasera del hotel sin aceptar entrevistas.
Además, durante la primera gira del gobernador priista por Tuxpan de Bolaños y Huejuquilla El Alto, la camioneta que transportaba a los informadores se descompuso en la noche cerrada, cerca de El Teúl de González Ortega y en conocido territorio de Los Zetas. Ante el percance, la escolta de Aristóteles Sandoval activó un código de seguridad consistente en redoblar precauciones y apagar las luces.
Uno de los reporteros que hizo el trayecto menciona que, cada vez que se acercaba un auto, los policías sacaban sus armas. Uno de ellos le aconsejó que “si pasaba algo” se agacharan “y nosotros disparamos”. Una hora duró la pesadilla.








