No pero sí

De lejos y de manera imprecisa se sabe que Augusto Pinochet dejó el poder a raíz del plebiscito de 1988, y se da por hecho, lógicamente, que el pueblo chileno se hallaba harto de la sangrienta dictadura del temible general; pero pocos saben que el margen de maniobra para convencer a los votantes, bajo el ojo de ave de rapiña del dictador y su equipo, era demasiado estrecho. No (México-Chile-Estados Unidos; 2012) revela y dramatiza la carrera, al filo de la navaja, que ganó un equipo de publicistas para ayudar al público a salir de la trampa que representaba la supuesta estabilidad del régimen militar.

Esta cinta de Pablo Larraín (Chile, 1976) forma una trilogía (junto con Post Mortem y Pablo Manero) sobre la dictadura chilena, que en vez de centrase en sus horrores obvios explora el efecto de la represión en la sociedad y la economía de ese país. El guión, a cargo de Pedro Peraino, con cuatro años de investigación junto a la periodista Lorena Penjean, es una adaptación de la obra de teatro del chileno Antonio Skármeta; Larraín muestra un hábil manejo del arte de la reconstrucción histórica (ambiente, estilo y modas) sin necesidad de calcar la técnica documental, aunque la integra en su narrativa; el empleo del tipo de cámara y video (U-matic) que se usaban en los ochenta, transportan a la época a la vez permiten una distancia crítica.

En 1988 debía llevarse a cabo un referéndum de acuerdo con la Constitución de 1980; el gobierno concedió un espacio televisivo de media hora, 15 minutos a favor del sí y 15 a favor del no, lo más tarde posible, 11 de la noche. La izquierda, unida pese a sus diferentes tendencias, pugnaba por denunciar los crímenes y la violación de los derechos humanos; el publicista René Saavedra (Gael García Bernal, camaleónico con acento chileno en su mejor papel después de Los diarios de motocicleta) opta por un mensaje positivo, “La alegría ya viene”, para persuadir a los votantes, sobre todo a esos indecisos que no querían arriesgar la precaria estabilidad del momento, o a los escépticos que sólo podían ver la manipulación política del régimen.

El talento y la creatividad del publicista, junto con todos los artistas que logra convocar para la campaña positiva del no, la creación de números musicales, el uso de jingles, recurre a lo aprendido en la publicidad americana; pero la causa no se pierde de vista; sobre el optimismo, incluso el humor, de la estrategia publicitaria, pesa la sombra, espantosa, de los militares que comienzan a inquietarse ante la eficacia del mensaje. A diferencia de una típica película estadunidense que se hubiese inclinado por demostrar que el entusiasmo es la clave de la superación, No nunca abarata su contenido; la contradicción del régimen al querer disfrazarse de democracia propicia la oportunidad, el triunfo depende de aquel que lo comprenda. Castigo y venganza, aunque legítimos, quedan en segundo plano ante la necesidad de la gente de asegurarse el bienestar.