En los años noventa Gilberto González se cambiaba con sigilo de ropa en algún espacio de las oficinas de la Delegación Coyoacán. Esbelto, tímido y silencioso, de traje, sombrero y todo su atuendo en blanco, salía hacia la plaza pública y ahí se quedaba por varias horas de estatua viviente, en lo que él define como “contando historias sin hablar”.
Para muchos era un simple mimo más, de esos que abundan en todos los lugares turísticos. Pero la calle para él fue escuela, laboratorio y fuente de investigación para las puestas en escena que ha hecho y que le han significado ganar en dos ocasiones el Premio INBA-UAM, una como coreógrafo y otra como intérprete.
Y hoy Gilberto González forma parte de la reserva artística del connotado Cirque du Soleil de Montreal, además de haber sido personaje clave de su espectáculo Saltimbanco.
“No me considero coreógrafo –dice a Proceso–, soy un artista escénico. Ser coreógrafo es algo muy ambicioso y difícil. Si participé en los concursos de coreografía fue más por investigar en un foro mis ideas, quería ver mis cosas en un escenario con todos los elementos precisos. Y aunque no tenía pretensiones no niego que me gusta crear universos de ensoñación.”
Espigado, ahora en sus 40 años, González es poseedor de una formación ecléctica y poco común. Primero estudió literatura dramática en la UNAM, hasta que empezó a sentirse inconforme con lo que hacía. Y saltó a la danza:
“Me acerqué a la danza también en la UNAM y me di cuenta de que era arrítmico, disléxico, bueno, me ponían de último en las diagonales. Fui a escuelas privadas y me corrían de los estudios. Muchos maestros me regañaban y decían que jamás fuera a decir que había tomado clases con ellos.”
Tenaz, se iba hacia el conjunto Cultural Ollin Yoliztli, donde se encerraba en los salones de la escuela de danza y trabajaba sobre lo que quería crear. Lo que mejor bailó siempre fue break dance y, paradójicamente, lo único en lo que jamás incursionó fue en la pantomima.
Autor de más de una docena de montajes, tuvo su verdadero aprendizaje con la coreógrafa Leticia Alvarado, de la que, dice, “logró despertarme hacia el movimiento y la música”.
Pero lo fuerte de su trabajo nació de la investigación autodidacta impuesta en la calle misma.
Al aire libre
Durante años Gilberto González se dedicó a presentarse en la plaza principal de Coyoacán:
“Siempre me interesó la estética de calle. Un trabajo muy difícil y muy pleno. Me gustaba mucho saber que los cuidadores ya me identificaban, me permitían caracterizarme y dejar mis cosas en algún rinconcito. Me veían maquillarme, vestirme todo de blanco y jamás me hicieron un mal modo, al contrario.
“Para mí la calle era una forma de afianzarme, darme tablas y también de becarme. Llegar a Coyoacán a hacer una suerte de aparición de la nada, sorpresivamente, era algo que me gratificaba mucho, por lo que siempre busqué hacer un trabajo muy cuidado. Porque la respuesta a lo callejero es inmediata, en situación límite, pues se establece un contacto con el público en el que no hay mayor cortesía. Si gustas, la gente se queda, si no, se va inmediatamente. Nadie intenta quedar bien contigo, como sucede en el teatro donde muchos no se van por pena o por cuestiones de consideración.
“En la calle lo mismo te toca un borrachito al que hay que sortear, que personas que te dejan monedas, flores, cartas y hasta cervezas.”
Explica el artista, que utilizaba la modalidad de una estatua que iba contando historias con el cuerpo:
“Cada determinado tiempo yo improvisaba ciertas acciones, me movía de lugar y muchos de los que se quedaban deseaban saber más de la historia que había preparado o que sobre la marcha se desarrollaba a partir de las circunstancias.
“Esa fue la base de Onírico, compañía que creamos entre varios amigos, como Juan y Gregorio Trejo Luna, y con la que ganamos varias veces el Premio de Coreografía INBA-UAM y que ya ha concluido su proceso de vida.”
Ese hombre de blanco de la plaza ha sido llevado a un corto de video que González ha trabajado para que quede a manera de memoria del trabajo que hizo durante mucho tiempo con él. Así, con el paso del tiempo fue localizado por los directivos del Cirque du Soleil. Le pidieron audicionar y se quedó con el papel de Saltimbanco, con el que recorrió de arriba abajo Estados Unidos y Europa, conoció el mundo y daba dos funciones diarias siete días a la semana.
“Fue un trabajo extraordinario, mágico, llegaba a ciudades que nunca imaginé conocer. Trabajé muy duro y en ocasiones los días de descanso lo único que quería hacer era dormir, las giras duraban muchos meses sin parar. Me agoté mucho porque dábamos función, viajábamos, función. Viajar, esa fue mi vida durante varios años, hasta que les pedí que me dieran un tiempo de descanso para poder retomar mis propias propuestas coreográficas. Llegó el momento en el que supe que tenía que volver a México.”
Y aunque Gilberto era el hilo conductor del espectáculo y era solista frente a 5 mil o 6 mil personas, se declara tímido y muy serio:
“El desinhibido y que se atreve a todo es el personaje, lo hago yo cuando estoy en personaje, pero yo mismo, qué va. Me es imposible incluso hablar en público o hacer algo muy notorio, lo llego a hacer cuando es necesario, cuando no hay opción, pero lo hago mal, tartamudeo, me equivoco, tropiezo. Todo me sale mal y digo sandeces. Simplemente no puedo.”
Dedicado a montar sus propias obras, Gilberto se encuentra en la actualidad en la reposición de la más reciente, En Blanco, estrenada en 2012 en el Teatro de la Danza del INBA. También ha trabajado con los alumnos de la escuela de danza de Mazatlán, Sinaloa, y en cursos en Xalapa, Veracruz.
Soltero, viviendo con su novia a veces en su casa o en la de él, sin hijos –“mis hijos son mis obras”–, el artista se asume como un hombre cuarentón absolutamente solitario y amante del silencio. La tranquilidad es su sintonía.
Por ahora se dedica a preparar y acabar de diseñar una máquina especial con la que pretende volar por el escenario, no metafóricamente sino como un extraño vehículo para remontar por los aires. Encerrado en un pequeñísimo estudio en la Plaza de la Conchita, en Coyoacán, pasa día y noche trabajando y a veces siente un extraño gusanito y quisiera regresar, aunque sea por un lapso pequeño, a presentarse en la calle.








