Reforma migratoria: contratiempos previsibles

La discusión sobre la reforma migratoria ha arrancado en Estados Unidos. Los tiempos políticos son cortos porque es deseable concluir el debate en el Congreso antes de 2014, cuando iniciará la batalla para las elecciones intermedias. Demócratas y republicanos se preocupan seriamente por el voto latino, tan decisivo en las últimas elecciones presidenciales. Aquéllos esperan mantenerlo, los otros anhelan incrementarlo.

La lucha es difícil y se hará más encarnizada a medida que se hagan sentir los fuertes intereses económicos y políticos detrás de una reforma migratoria. Los más poderosos tienen que ver con mantener la mano de obra barata representada por los indocumentados. Sin embargo, no es el argumento manejado abiertamente. Por lo pronto, se trata de identificar los puntos de acuerdo entre el proyecto presentado por un grupo bipartidista de ocho senadores y el jefe del Ejecutivo. El asunto también pasará a la Cámara de Representantes, en donde el cuadro es más complejo. Allí han quedado enterradas iniciativas anteriores que se creían cercanas a su aprobación. Así fue en 2007, cuando el principal punto de discordia fue hasta dónde llegaba la legalización de los indocumentados. En aquella época, los republicanos se oponían a otorgarles la ciudadanía; esta vez, el panorama ha cambiado.

Dentro de un ambiente político donde ganar la simpatía de los latinos es muy importante, los ánimos son más conciliatorios. Así, los puntos colocados sobre la mesa por los senadores y Barack Obama son bastante cercanos. La coincidencia más significativa es la voluntad de otorgar la ciudadanía a quienes, por un lapso de tiempo aún no determinado, se encuentran trabajando sin documentos en Estados Unidos. Los problemas vendrán al tratar de ponerse de acuerdo sobre los detalles: a quiénes se les otorga, cuál será el procedimiento, qué tan largo será, cuánto costará, qué hacer con quienes no resulten elegibles, cómo se fijarán las normas para extender beneficios a la familia. Un solo ejemplo nos da idea de la complejidad del debate: ¿Se otorgarán beneficios a los matrimonios de personas del mismo sexo? Para los republicanos más conservadores eso es inadmisible. Aunque no sea un punto medular puede, sin embargo, convertirse en pretexto para obstaculizar aspectos más significativos.

El segundo gran tema a discusión es la seguridad de la frontera. Los observadores señalan que Obama ya llegó muy lejos, pues ha invertido enormes sumas en fortalecer el muro que separa a México de Estados Unidos. Ya no son las vallas de antes, ahora son tecnologías muy sofisticadas capaces de registrar cualquier pisada, aviones no tripulados, numerosas garitas de control. Según algunos, el objetivo de sentirse protegidos de terroristas, delincuentes e indocumentados casi se alcanza. Pero otros señalan lo ilusorio de querer cerrar una frontera hacia donde se dirigen cientos de miles en búsqueda del sueño americano.

Es interesante preguntarse, entonces, cuáles son los proyectos respecto a los inmigrantes del futuro. Hay algunas diferencias entre los senadores y el jefe del Ejecutivo. Aquéllos contemplan en sus propuestas visas para trabajadores agrícolas, éste sólo tomó en cuenta el interés en atraer científicos, ingenieros, matemáticos; lo que desde el sur se resiente como una fuga de cerebros, Obama lo promueve como forma de contribuir al avance de la economía estadunidense.

Difícil prever los escenarios que se irán configurando a medida que avanza la discusión sobre la reforma migratoria. Seguramente el tema trascenderá al conjunto de la lucha tan polarizada que domina el panorama político de Estados Unidos. Se medirán cuidadosamente los puntos que se ganan y pierden, y al final puede surgir una reforma migratoria. De lograrse modificará notablemente el papel de las minorías en la sociedad, la economía y la política de Estados Unidos. Avanzar hacia la existencia de flujos migratorios seguros y ordenados estabilizando a largo plazo la inmigración a Estados Unidos es otra cosa.

México será el país más afectado por las decisiones que se tomen. El efecto de la legalización, cualesquiera que sean sus características, tendrá un impacto en el envío de remesas cuyas consecuencias negativas se sentirán de inmediato en las zonas expulsoras, en particular las más pobres que se encuentran en estados como Guerrero, Chiapas y Oaxaca.

La situación de los miles de centroamericanos que atraviesan el territorio nacional para llegar a Estados Unidos será un problema todavía más grave. Al igual que numerosos mexicanos, buscarán el ingreso por sitios más inhóspitos. Se conoce la cifra del número de deportados y detenidos, poco se habla del número de muertos en el desierto. La región fronteriza será un hervidero de deportados, de centroamericanos anhelantes de cruzar, y de mexicanos que no tendrán un espacio en las cuotas de trabajadores altamente calificados que ahora se desea atraer.

El gobierno mexicano ha decidido guardar un bajo perfil. Se teme que su intervención cierre la oportunidad de legalizar a millones de compatriotas. Deja pasar así la oportunidad de elevar el nivel del diálogo con sus vecinos del norte llamando la atención sobre el hecho de que el fenómeno de la migración no puede ser un asunto unilateral. Una voluminosa literatura académica viene señalando, desde hace años, el error de no tomar en cuenta que la migración es un fenómeno que involucra, indisolublemente, a países de origen y destino. Sin atender a la naturaleza de los mercados laborales de México y Estados Unidos, el tema de la migración, aunque se legalice a buen número de indocumentados, seguirá siendo uno de los temas más difíciles de la relación entre los dos países.