“Inanna”

Sumeria ha sido considerada como la cuna de la civilización y poco se sabe de ella en la cultura occidental. Por eso resulta interesante acercarse a esta mitología a través de los relatos y poemas escritos en honor de la diosa Inanna, que Lorena Maza lleva al escenario en el teatro El Galeón con la Compañía Nacional de Teatro, dentro del Ciclo Nuevas Teatralidades.

Inanna, venerada hace más de 4 mil 500 años, fue considerada la diosa de la fertilidad, la guerra y el sexo, y jugó un papel fundamental en la leyenda del origen de la vida. El libro en el que se basó la directora, Inanna. Reina del cielo y de la tierra. Cantos e himnos de Sumeria, de Samuel Noah Kramer y Diane Wolkstein, traducido del inglés por Elsa Cross, contiene el Ciclo de Inanna en himnos y poemas plasmados en tablillas con el sistema de escritura cuneiforme encontradas en diversos templos. Lorena Maza, que también hace la versión dramática, introduce como hilos conductores a dos personajes: uno contemporáneo y una poeta de la época. El arqueólogo cuneiformista, Samuel Kramer, nos ubica en la actualidad y nos invita ir del presente –del templo en ruinas, de los descubrimientos de las tablillas– al pasado, cuando sucedió la historia. Alterna la narración con Enheduana, sacerdotisa del templo de Inanna en Uruk, que, según se cree, pudo ser la autora de las odas a Inanna. La grandeza de los poemas, lo primitivo y sabio de los himnos, en una estructura dramática narrativa donde un personaje cuenta la historia y los otros la actúan, es difícil de mantener dramáticamente. La tensión se debilita a pesar de intercalar cantos y diálogos, y la propuesta se sostiene más por el trazo y el juego escénico de gran belleza.

El rasgo estilístico predominante del Ciclo de Inanna, como señala Diane Wolkstein en la introducción del libro, es la repetición: “Se repiten las palabras, se repite la estructura de la oración; y a través de esta lenta, estudiada, casi hipnótica repetición somos transportados a otra región –la región intemporal de los dioses, el alma y los orígenes de la vida”.

Crear este estado hipnótico que provocan los relatos conectados a un fundamento religioso ancestral es un reto por desarrollar en el teatro, que también tiene como fundamento el fenómeno ritual, pero en este caso se necesita una atmósfera, una contención y un misterio que nos inviten a dejarnos ir para adentrarnos en ese yo interno que habita en el subconsciente. La estética exquisita planteada por Lorena Maza en la dirección, las danzas y los cantos, el movimiento corporal preciso y sugerente, no es suficiente para transportarnos de esa manera. Lo dificultan la iluminación tan abierta y la poca focalización o difuminación de la imagen.

El   espacio   escénico   planteado por Alejandro Luna contiene un atractivo paso de agua al proscenio, donde suceden los trayectos por el río –Sumeria se encontraba en los valles aluviales de los ríos Tigris y Éufrates, en la mitad sureña del Irak moderno–. Al centro, una plataforma cuadrada como el escenario principal, flanqueada por dos largas estructuras de madera natural donde los personajes permanecen sentados, testigos de cada himno o poema. La acertada idea de iniciar con todos los personajes cubiertos    con   una   gasa   terrosa, que emulan esculturas del templo, es acompañada por la presencia del arqueólogo que, al descubrir algunas tablillas en el subsuelo del teatro (seguido por  una  cámara  de circuito cerrado), las vuelve a la vida.

Quedamos sorprendidos también por la originalidad del vestuario diseñado por Eloise Kazan, y finalmente salimos con un agradable sabor percibido con todos nuestros sentidos por haber sido testigos del viaje de una diosa maravillosa que se enfrenta a un sinfín de obstáculos, que ejerce su libertad y que permanece hasta el final de los tiempos.