Cómo fue la primera remodelación de la Capilla Alfonsina

En la edición 1887 de Proceso, en entrevista, la maestra Alicia Reyes evaluó la remodelación de la Capilla Alfonsina que dirige. Se mencionó ahí que, en la década de los ochenta, Raquel Tibol “ordenó y catalogó por primera vez la colección del recinto”. En efecto, de julio a noviembre de 1981 la crítica de arte coordinó los trabajos para convertir la casa en museo que albergara todas las pertenencias del escritor regiomontano. Por ejemplo, a casi 300 llegaron las piezas catalogadas de pintura, dibujo, grabado y escultura. El artículo de Tibol se publicó el 7 de diciembre de ese año en estas páginas con el título Informe de una experiencia, único en la prensa que dio cuenta del rescate completo.

Cuando Juan José Bremer y Víctor Sandoval, director general y director de Promoción Nacional del INBA, me invitaron a coordinar los trabajos para convertir en museo visitable la casa de Alfonso Reyes pensé que nos enfrentábamos a un imposible, pues a la Capilla Alfonsina se le habían quitado todos los santos: los libros coleccionados, catalogados, leídos, vividos, consultados mil veces y compartidos otras tantas por Alfonso Reyes. La famosa biblioteca había sido bajada de los apretados anaqueles de Benjamín Hill 122 y trasladada a su tierra natal: la ciudad de Monterrey, de donde Alfonso Reyes saliera a los 11 años de edad.

Además de los libreros, en la capilla se conservaban todos los muebles usados por Reyes y su esposa Manuela Mota. En las paredes, varias pinturas y dibujos continuaban en el sitio ganado por sus dueños a la siempre creciente invasión de los libros. Allá, arriba de un librero, del segundo nivel se había colgado una cabeza de mujer pintada por Cándido Portinari. Arriba de la puerta, muy visible desde el escritorio, la Plaza de Toros de Madrid, notable cuadro cubista pintado por Diego Rivera en 1915. Junto a él, casi pegado al techo, el formidable retrato de Reyes pintado por Manuel Rodríguez Lozano en París o el realizado por Roberto Montenegro en 1945.

Modificada la entraña misma del recinto, para revivirlo había que darle a todo un nuevo orden. Antes de redistribuir fue necesario conocer cuanto había: se abrieron cajas, gavetas, cajones, carpetas, roperos, alacenas. No sin desconcierto, Alicia Reyes, directora de la capilla, observaba el minucioso proceso de esculcar, agrupar, enlistar. Porque aquello fue como abrir la caja de Pandora o voltear un cuerno de la abundancia. Por todas partes aparecían objetos con significación cultural, histórica o artística.

A casi 300 llegaron las piezas catalogadas por Carlos Blas (museógrafo residente) de pintura, dibujo, grabado, escultura. Entre los varios centenares de fotografías aparecieron algunas de alto valor artístico, como el retrato de Mallarmé de Nadar, o el de Victoria Ocampo de Man Ray. Documentos familiares, documentos públicos, diplomas, condecoraciones, vestidos, ornamentos ceremoniales, cosas que habían usado no sólo Alfonso Reyes sino su padre, el general Bernardo Reyes, y su madre, Aurelia Ochoa, como son los restos de una vajilla de porcelana inglesa con el nombre de la dama estampado en oro, o el precioso reloj de oro del general, con su monograma y una cabecita de Napoleón en el soporte, reloj que con el correr de los años muchas veces fue al empeño para salvar al escritor de apuros económicos.

Para desplegar museográficamente la vida de Alfonso Reyes nada había que buscar afuera, sólo debía distribuirse lo existente con ponderada y atractiva elocuencia. Se trataba de optimar los espacios sin modificar la estructura de la casa, consistente en el gran recinto de la biblioteca y seis habitaciones pequeñas: cuatro en la planta alta y dos en el primer nivel. La única alteración a la arquitectura fue la clausura del garaje abierto para convertirlo en sala de introducción. El recorrido cronológico debe hacerse de izquierda a derecha. En amplias vitrinas corridas adheridas a los muros se ha resumido, con testimonios originales de muy diversa índole, la familia, los estudios, la vida pública, con dos atractivos complementos que en la composición museográfica operan como contrapuntos: el de pequeños objetos muy diversos propiedad de Alfonso Reyes y una serie de dibujos hechos por el propio escritor. Entre los pequeños objetos se encontraron tres que le sirvieron de modelo. Sobre las vitrinas, a manera de pentagrama, se dispusieron horizontalmente dos niveles temáticos: el primero contiene las cronologías paralelas de Reyes y de México, y el segundo la colección de mapas y de litografías costumbristas mexicanas del siglo XIX (la mayoría de ellas de Casimiro Castro), a las que Reyes fue tan afecto. Antes de penetrar al recinto mayor el visitante se encuentra con una ofrenda de amistad: un pequeño ramillete de flores de elegancia barroca pintado para Manuela Mota de Reyes por Alfredo Ramos Martínez.

En el interior de la capilla se han ordenado las colecciones de libros que permitirán ofrecer diariamente un servicio público de biblioteca. Esos libros provienen de los donativos hechos al INBA por el poeta Elías Nandino y el crítico de teatro Armando de María y Campos, así como del Fondo de Cultura Económica y las ediciones del propio instituto. El acervo se irá incrementando para brindar un servicio especializado en literatura y arte.

En el gran balcón donde siempre estuvo el escritorio de Reyes y la cama donde se tendía a reposar y al fin expiró, quedaron tras cristales bajo llave, para ser consultados por los estudiosos, todos los originales de Reyes y su correspondencia. En los libreros contiguos, todas las ediciones de sus obras, todos los libros sobre su obra y las tesis correspondientes y aún no impresas. También se puede consultar el fichero de la biblioteca original (la que está ahora en la Universidad de Nuevo León) hecho por el propio Reyes.

Tanto en el gran recinto como en los cuartos se ha distribuido con criterio museológico la obra artística. Hay cuadros hasta en la cocina; entre otras prendas, se han colgado dos agradables naturalezas muertas pintadas por Manuelita Mota. Estas pinturas dialogan, de hecho, con tres magníficas naturalezas muertas de alto valor artístico debidas a Angelina Beloff, situadas en el pequeño comedor aledaño. De Angelina Beloff, quien fuera la primera esposa de Rivera, hay también una serie de notables grabados en madera y los buenos retratos de la mujer y el hijo del escritor.

La colocación se hizo respetando la sinuosidad de los nichos, de modo que el visitante tiene muchas piezas a la vista y otras que debe ir buscando en paredes interiores. Del brasileño Cándido Portinari hay tres dibujos y cuatro óleos, todos realizados entre 1932 y 1933, cuando todavía no definía el estilo que lo haría trascender, pero ya responden a un depurado sentido de oficio. El temprano aprecio de Reyes por Portinari en los años en que fue embajador en Brasil demuestran que supo ver a tiempo.

Entre las muchas piezas de gran interés están los dibujos de Fujita, los dibujos de Ruelas, el dibujo original de La Piedad que pintara Rodríguez Lozano en Lecumberri y que ahora se encuentra en el Palacio de Bellas Artes. Hay importantes dibujos de Agustín Lazo, Montenegro, varios muy riverianos de Rodríguez Lozano, uno de Ángel Zárraga, otro de Raúl Anguiano, varios de Elvira Gascón. Hay una bella pintura de Ignacio Aguirre, un buen retrato de Moreno Villa, un buen paisaje de Rodríguez Luna, dos preciosas composiciones de Benjamín Coria, condiscípulo de Rivera en las clases de Fabres. Diez son los muy buenos grabados en madera de Gabriel Fernández Ledesma, las dos litografías de José Guadalupe Zuno. El dibujo de Pedro Coronel es de su mejor época y está situado en el último capítulo del gratificante recorrido, donde se han concentrado los soldaditos de plomo, coleccionados con prolijidad histórica y pasión lúdica por ese gran gozador de la cultura que fue Alfonso Reyes. En su casa convertida hoy en museo, biblioteca, centro de investigación y de talleres literarios, el público puede encontrar muchos accesos fáciles, aunque ricos en significación, a diversas maneras del quehacer cultural. El equipo de instalación dirigido por Jorge Bribiesca, de probado profesionalismo, trabajó con generosidad y una entrega que, en cada martillazo, se alimenta de un respeto definitivo y prioritario a los potenciales visitantes.