El domingo 9 de noviembre de 2003, durante la clausura de la XXIII Feria Internacional del Libro en Santiago de Chile, se dio a conocer el libro México: Su apuesta por la cultura. El siglo XX. Testimonios desde el presente (coedición de Proceso, Grijalbo y la UNAM). El poeta Rafael Vargas, entonces agregado cultural de la embajada mexicana en ese país, moderó la mesa en la que participaron Armando Ponce, coordinador cultural de este semanario, y dos escritores chilenos: Herman Schwember, de quien el Fondo de Cultura Económica publicó Crónicas del ornitorrinco (1986), y José María Bulnes.
Me alegra, como chileno que he recibido tanto de México, estar aquí, con Herman Schwember, junto a Rafael Vargas y Armando Ponce, presentando, en esta XXIII Feria Internacional del Libro en Santiago, este maravilloso libro recién salido de la imprenta, iniciativa de la sección cultural de la prestigiosa revista mexicana Proceso, y coeditado por ella con Grijalbo y la Universidad Nacional Autónoma de México, titulado México: Su apuesta por la cultura, y con el subtítulo: El siglo XX. Testimonios desde el presente.
Yo no había visto, en su ambición y amplitud, un libro tan bien concebido y a tantas voces –más de 150 autores y colaboradores–, ofreciendo con claridad, dignidad y rigor una parte grande de las artes de un país latinoamericano a lo largo del siglo XX: Artes plásticas, Literatura, Música, Teatro, Danza, Arquitectura, Cine y Patrimonio, con sus respectivos coordinadores: Isabel Leñero, Rafael Vargas, Roberto Ponce, Armando Ponce, Rosario Manzanos, Xavier Guzmán Urbiola, Columba Vértiz y Judith Amador Tello, organizadas cada parte en siete secciones: Cronología, Testimonio, Artículos, Entrevistas, Mosaico, Atentado, Actualidad y Encuesta.
En sus palabras al lector, su coordinador general Armando Ponce nos dice: “No es un libro de tesis, sino de voces múltiples”, y él agrega: “Aspiramos a que su búsqueda colectiva pueda ser el vuelo de un pájaro sobre nuestra memoria, sin anclarse en la nostalgia: el periodismo es historia del presente”.
Esa ambición se cumple, y, entonces, los ejemplares de este libro de 760 apretadas páginas deberían volar también muy rápidamente, porque, con el vuelo de un pájaro sobre la memoria de los mexicanos sobre una parte importante de su espíritu, y por las dimensiones gigantes históricas, culturales y humanas de México, en cualquier país latinoamericano ello no puede dejar de tener una resonancia en sí y como ejemplo y desafío.
Pero quiero llamar la atención sobre un asunto que yo creo que queda planteado muy bien, aunque muy discretamente, en el título del libro: México: Su apuesta por la cultura, y que creo que corresponde exactamente a la intención y señalamiento que dio la dirección de todo el trabajo de más de tres años de su elaboración. Y yo no sé hasta qué punto se da cuenta Armando Ponce, precisamente por ser mexicano, de todo lo que ese título dice de algo y de una verdad que son clave, creo yo, de todo.
Porque ese título se puede leer entendiendo sólo que en México se apostó por la cultura, y entendiendo también el recuerdo y la presentación de los frutos de esa apuesta por la cultura que se dio en México. Pero con eso no repararíamos en el hecho de que, de verdad, no fue sólo que en México se dio esa apuesta, sino que México mismo pudo apostar y lo hizo –y esto es, claro, muy interesante y significativo, pero es una segunda cosa– por la cultura.
Quiero decir: una cosa es qué, cuánta, cómo, dónde y cuándo fue la apuesta, y qué cosas entraña el que la apuesta haya sido por la cultura, y qué fue lo que resultó o el resultado o lo que quedó registrado o se recuerda, y otra cosa distinta es que el apostar, y también esa apuesta, aunque haya sido de mucha gente en las distintas artes, y de unos gobiernos y partidos, fue, al fin, no sólo ni tanto de ellas y ellos, sino, en verdad, de un sujeto histórico y colectivo mayor que es México.
En el primer caso, el título del libro debiera ser “La apuesta por la cultura en México”; pero, creo, ese título no sería muy mexicano. Porque, para decirlo todo de una vez, México es sentido por los mexicanos como un ser real e indiscutible. Y así va hoy comprendiendo también a México gente de todo el mundo, y desde luego los latinoamericanos.
Visitando México en mis primeros viajes desde Puerto Rico y Chile, y viviendo en México, ya exiliado, tantos años, me he dicho yo, una y otra vez, lo que se me imponía como un hecho evidente, enorme, maravilloso y fascinante: y es que, aparte de su belleza, el caso es, que, para los mexicanos, México no es sólo patria amada y certidumbre y conciencia de sí, nombrada con orgullo y fervor, sino mundo espiritual que reclama su ser como un centro a la misma altura de otros centros del mundo, y mundo suficiente y propio cuyos términos se extienden milenariamente, en el tiempo, hacia atrás y hacia adelante, y que se sostiene y vive de su propia sangre y sustancia. Y es claro que ello también se impone por su fuerza al resto del mundo, que de un modo u otro ha llegado, durante el siglo XX, a ver eso mismo, mucho más allá de lo que sería respeto consabido a las fronteras y a cualquiera de los Estados que representan los distintos países del mundo en lo que se llama el concierto de las naciones.
Ello ha llegado a ser así, generalizadamente, sólo en el siglo XX. Pero, como no es un invento ni una superstición ni una superchería política ni un chauvinismo ni una fantasía, sólo se explica porque ya estaba, desde mucho antes, y, de hecho, si se rastrea, se descubre que sus raíces son efectivamente milenarias. Los poetas aztecas o nahuas lo dijeron claramente cantando a Tenochtitlán, y los españoles lo comentaron al ver desde la altura de los cerros la ciudad en medio del lago, como cosa de milagro y de los libros de los Amadises, frente a la cual las capitales de Europa les parecieron aldeas.
No por azar el poema de Balbuena tiene ese nombre: “Grandeza mexicana”, y el Virreinato no podía tener un nombre que no señalara su jerarquía, como fue ése que se le dio, de Nueva España.
Bolívar también después de su segunda derrota, cuando escribía en 1815 en Kingston su llamada Carta de Jamaica, y decía: Yo deseo más que otro alguno ver a la América convertida en la más grande nación del universo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria, y agregaba: Aunque aspiro e incluso anticipo la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo será regido como una sola y gran república. Como es imposible, no lo deseo (…); pero también señalaba: La metrópoli, por ejemplo, podría ser México, que es el único lugar propicio, dado su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli. Y, más adelante: Por la situación, riquezas, población y carácter de los mexicanos, imagino (…)
Seguro que ese sentir a México, como todo un mundo, vibró en el grito “¡Viva México!” de Hidalgo, Morelos y los insurgentes en su Independencia, y de los liberales y Juárez en la Reforma, y en la guerra contra los franceses y, a partir de 1910, en el de los nombres de Zapata, de Villa y de todos los caudillos, combatientes y campesinos de la Revolución Mexicana. Allí no era un grito patriotero ni nacionalista, sino aserción de una convicción, como esa de que “México ha sido, México es, México será”, que yo oí. Y que en ese sentido la apuesta de México por la cultura es efectivamente de México, porque es la apuesta de México y de los mexicanos por México o su cultura, que al fin es lo que es México, como se hizo perfectamente claro a todos en la Revolución Mexicana, y por eso es que de ahí nació la apuesta con tanta fuerza, nacida de esa claridad que sobre ello se había alcanzado. Y que no se debilitaba, sino se acrecentaba por la historia con España, con Estados Unidos, con los franceses, y con las relaciones habidas y la frontera inmensa que se tenía con Estados Unidos.
Por la razón, también, de ese viejo pensamiento latino de que Virescit vulnere veritas, de que “la verdad reverdece en la herida”, pero también, y principalmente, por la razón de la diferencia, de la propia identidad y de la historia y el propio pasado tan grande y antiguo, y también por la certeza colectiva de sí, puesta, al fin, sin nostalgia alguna, en la vida compartida común y cotidiana, pobre, pobrísima o espléndida, para el caso. En definitiva, el propio ser y la propia cultura, en todas sus formas reales y no sólo en el artificio que acompaña también, como dijo Boccaccio, todo arte. Y, por tanto, el verdadero y eterno laberinto no sólo de la soledad sino, como también ciertamente lo veía Octavio Paz, de la vida, en un mundo digno de ese nombre, que es siempre un centro, un ombligo, un cordón umbilical, unas vísceras, un corazón, unas venas, un cerebro, un espiral genético, una constelación, unas entrañas de la tierra y del cielo.
Por lo mismo, yo diría, y no creo que exagero, México con todas sus desigualdades, injusticias y llagas, pero México siempre, México seguro, México acogedor y México solidario, con los países hermanos latinoamericanos, centroamericanos, caribeños, y con España, y hasta, por todo ello, un México también imperio, ¿por qué no?; pero no imperial, por no tener interés alguno de dominación.
Sin embargo, si todo esto en un sentido hondo es cierto en gran medida, se hace preciso acercar ese marco a la apuesta de México por la cultura, y entonces se hace necesario levantar el arqueo también de la historia, de la arqueología, de la etnología, de la antropología, de las humanidades, de la filosofía, de las ciencias políticas y sociales, de la economía, de las ciencias jurídicas, del derecho internacional y de la política económica y social y educacional, y, con el mayor cuidado, de todo lo que ha sido el pensamiento generador y la historia de la política internacional de México desde 1920 hasta hoy, que cualquiera puede recordar leyendo a Daniel Cosío Villegas, en sus Extremos de América.
Destaca, desde luego, la ruptura de relaciones diplomáticas de México con España, bajo Franco, durante 40 años, y el haber sido México el único país latinoamericano que, enfrentando las imposiciones de Estados Unidos, mantuvo plenas, y a todo costo, sus relaciones diplomáticas con Cuba y su Revolución después de Punta del Este, y que solidariza con Panamá y con la República Dominicana invadida, así como el único país latinoamericano que, junto con Cuba, corta relaciones diplomáticas con Chile, el de Pinochet, y solidariza generosamente, también a todo costo, con la Revolución Sandinista en Nicaragua, y acoge Conferencias Internacionales por la Independencia de Puerto Rico.
Los lineamientos de Isidro Fabela y de Luis Padilla Nervo marcan la gesta de la política exterior de México. Siendo canciller, fueron palabras de Luis Padilla Nervo las siguientes: Nuestra América es un cuerpo solidario y nada de lo que ocurra en uno de sus miembros deja de afectar a los demás.
Toda la prensa que se respeta en México ha mantenido siempre esta línea, y la revista fundada y dirigida tantos años por ese gran amigo de Chile, Julio Scherer García, la revista Proceso, que cumplía 25 años al concluir el siglo XX, y de cuyos reporteros de su sección cultural fue iniciativa el libro que aquí se presenta, para “ofrecer al lector un trabajo inaugural para el nuevo milenio”, como nos dice en su Palabras al Lector. Armando Ponce aquí presente, ha estado inspirado siempre en esa convicción y su cumplimiento.
Y es lo que nos dice también en su prólogo Guillermo Tovar de Teresa, al decir que “el alma no sólo habita en el cuerpo sino también en el alma”, y que “la naturaleza no tiene leyes sino memoria”, y que “cuando una sociedad se propone recuperar su memoria, es porque desea habitar en su alma”. Nos dice también: “El reencuentro de México consigo mismo y frente a lo de fuera se inició a principios del siglo XX. Sucedió cuando el alma mexicana empezó a recuperar formas propias que expresaran su naturaleza. A quienes vivimos esa Edad de Oro y tuvimos el privilegio de conocer a muchos de sus protagonistas recientemente fallecidos, no nos queda otra que recordarla y renovarla, apoyados entre quienes así lo entienden, para mantener ese bien común que es habitar en un alma propia, universal y creadora: el alma mexicana”.
Esto se piensa y es realidad en México, y es lo que es y explica su apuesta por la cultura en el siglo XX vista desde el presente, como lo dicen el título y el subtítulo de este libro, que hay que tenerlo como ejemplo y desafío.
Aquí, en Chile, desde luego, para los chilenos. Que tuvimos en el siglo XIX, entre otros, a don Andrés Bello, venezolano, que fue profesor de Bolívar, y que un historiador chileno contó siempre haber sido de niño llevado un día por su padre, combatiente en las batallas de la Independencia y general en otras posteriores, y presidente de Chile, a la Catedral de Santiago, y alzado por él sobre un féretro para que lo viera, diciéndole que no se asustara, y haber visto así, por primera vez, un muerto, mientras su padre le decía: “Gonzalito, para que lo hayas visto y lo recuerdes: es don Andrés Bello, el hombre más grande que ha habido en Chile”.
Pero quiero decir o he querido señalar lo que en este libro, y en lo que en él dicen de un modo u otro tantos mexicanos, me hace pensar: y que es en ese marco histórico y cultural americano mayor, y que es para mí, y evidentemente, un marco indudablemente político y moral, que ha de comprenderse a México, su cultura y este mismo libro.
Entonces, también los hermanos mexicanos presentes, es claro que (sin hacerlos para nada cómplices de lo que diré) pueden oírme decir lo que siento:
Sí, los chilenos, que también hemos tenido en el siglo XX hombres y mujeres grandes, y grandes poetas y artistas que tuvieron también las cosas muy claras… Pero que, como país, vivimos también los crímenes de una dictadura soez muy larga, igualita a las peores sufridas por muchos países latinoamericanos hermanos que mirábamos con compasión o hacia abajo, tenemos para los años que vienen de este siglo XXI un desafío grande, vinculado con unas deudas que reconocer. Desde las adquiridas con países hermanos no sólo por su solidaridad enorme, como fue la de México, sino por la política exterior de Chile, tantos años de insolidaria y tan medradora del favor de las potencias en turno hasta la gran deuda no saldada con los pueblos indígenas de Chile, especialmente con el pueblo mapuche, de donde proviene, por el brutal despojo de hace un siglo y por los manejos dañinos de una política indigenista clásica, adoptada como gran cosa por el Estado chileno cuando ella ya había sido desahuciada por equivocada en todo el mundo. Esas deudas y otras, entonces. Parte también, al fin, de deudas interiores con nuestra propia alma.
Es un desafío, entonces, que no por nostalgias tampoco, y en ningún caso románticas, se plantea a los chilenos para ser asumido, después de haber retrocedido tanto.
Y nada que ver con “posmodernismos” imaginarios ni con la novedosa “globalización” que, por lo menos en lo de exportar no sólo lo necesario sino todo lo exportable posible y al máximo, ha sido en Chile como en tantos países hermanos, la regla de siempre, y en Chile la regla de oro, o de salitre o de cobre, de su economía, desde Pedro de Valdivia.
Entonces, también por este desafiante libro, y por ese artículo final de Carlos Monsiváis, tan duro para las escuelas y la televisión actuales, que como sayo también nos calza, muchas gracias a Armando Ponce, a Rafael Vargas y a usted, señor embajador de México, don Ricardo Valero.








