“La vida de Pi”

Con el original título de Una aventura extraordinaria (Life of Pi; Estados Unidos-Taiwán-Australia-Reino Unido-Canadá, 2012) se exhibe esta superproducción a cargo de Ang Lee; se refiere a la célebre novela del canadiense Yann Martel que se pensaba imposible de trasladar a la pantalla. El taiwanés Lee consolida aquí su prestigio como el realizador que posee una sólida formación académica, experiencia y visión para conjugar un espectáculo cinematográfico, naufragios y ballenas fosforescentes, con un toque filosófico.

Además de que sobran las aventuras extraordinarias en el cine de Hollywood, el problema con el título elegido por los exhibidores es que, de entrada, se pierden tres elementos: uno, el biográfico (la vida de un joven indio que sobrevive a un naufragio y permanece por meses en una lancha siempre a punto de ser devorado por un tigre de Bengala); segundo, el tema acuático (impreso en el nombre del personaje, Piscine Patel, bautizado así en honor de una piscina francesa); tercero, Pi, el apodo que elige el adolescente en la escuela (asociado al juego geométrico del relato y al aspecto meta narrativo, diferentes puntos de vista e intervención del narrador).

Dicho así suena complicado, pero tanto el director como el novelista insisten en el simbolismo de la vida de Pi; la intención es ilustrar el tema de la fe, uno con palabras y otro con imágenes. En obvia alusión a Ramakishna, convertido a las religiones principales desde pequeño, Pi explora la fe católica, musulmana e hinduista; prevenido por su padre del peligro de atribuir emociones humanas a los animales –aspecto que Ang Lee logra alejándose por completo de las técnicas de Disney–, Pi confronta la fe contra la praxis de la supervivencia. En esta historia de fe y tolerancia, muy ad hoc con el siglo, el zoológico del señor Patel es toda una alegoría de etnicidad y riqueza multicultural; claro, aquí el arca de Noé naufraga como tantas ilusiones propias de la época, no quedan más que la fe y la supervivencia.

Es difícil imaginar una mejor adaptación de la novela de Martel; el manejo de efectos especiales sorprende, no por la técnica, sin duda superada en un par de películas más, sino por la precisión dramática, la capacidad de absorber al espectador en esos reflejos de cielo y mar, de hacerlo navegar y flotar por paisajes alucinantes. Pueden o no gustar los movimientos de cámara, pero no puede negarse que Lee es un obsesivo y riguroso director que convierte cualquier efecto especial en lenguaje propio.

La vida de Pi, el libro, reformula el acento colonialista de un Rudyard Kipling con sus novelas de aventuras en la India, pero Yann Martel pierde mucho del misterio indio en la medida en que transcurre el relato y su personaje se presiente más y más cosmopolita. La ventaja en esta cinta es la mirada de un artista asiático; si Hollywood rememora al Ladrón de Bagdad y las franquicias que ofrece aprender un poco de Bollywood y de su inagotable fuente de recursos visuales y narrativos, Lee sabe que el secreto es contar bien una historia en imágenes, por imposible que parezcan. l