El domingo pasado murió en Sevilla, España, a causa de un infarto, el gran poeta brasileño Lêdo Ivo, nacido el 18 de febrero de 1924 en el estado nordestino de Algoas. Estuvo estrechamente ligado a México desde hace tres décadas.
“Viví sin aprender que todo es pérdida y pasaje”, escribió en la última estrofa de Réquiem, el hermoso poema testamentario que escribió hace cuatro años, al cumplir 84, perfectamente consciente de que su jornada en el “bellísimo universo”, como le gustaba llamarlo, se acercaba a su fin, pero renuente a detenerse en el camino.
Por eso la muerte no lo encontró en un lecho y ni siquiera en su querida Maceió natal, sino en mitad de un viaje, en un país muy apartado de Brasil, después de disfrutar el recorrido por la catedral de Sevilla y la magia de los alimentos.
Un malestar lo hizo volver a su hotel. Era el anticipo de un infarto que segó su vida la madrugada del domingo. Había ido a España con su hijo, Gonzalo, y su nuera, Denyse, para visitar amigos y conocer la tierra de Antonio Machado. Con ellos vino también hace algunos años a México, en una de las muchas visitas que hizo a nuestro país a partir de 1980, cuando Premiá Editora publicó La imaginaria ventana abierta, en versión de Carlos Montemayor, uno de los primeros traductores de Lêdo Ivo a nuestra lengua.
“Soy una invención de Carlos Montemayor –declaró alguna vez, agradecido de la atención que éste le había brindado a su obra–. Soy una invención mexicana, y México es mi segunda patria.”
En efecto, a raíz de esa traducción de Montemayor, México se convirtió en una importante caja de resonancia para la obra poética de Ivo. Aquí se han publicado por lo menos seis libros suyos. (En octubre de 2008, Proceso, en su número 1669, publicó una nota en la que se abunda al respecto, y que está a disposición del lector en su página electrónica.)
Pero es mucho todavía lo que falta por conocer de su obra, compuesta por más de 50 títulos. Tan sólo su Poesía Completa, publicada en 2004 en Río de Janeiro, tiene mil 100 páginas, y sus ensayos, artículos periodísticos, narraciones, memorias y correspondencia suman fácilmente otro tanto.
La muerte de Lêdo Ivo remite a las hermosas páginas de Réquiem1 –traducido de manera impecable por Jorge Lobillo– y a admirar la lucidez, curiosidad y estoicismo con que el poeta contempla la inminencia de su partida y se despide de sí mismo en vísperas de cruzar el umbral hacia la nada.
Intenté abrir la puerta que está
siempre cerrada.
Atravesé los puentes de las grandes ciudades.
Y respiré el amor, y bebí el universo.
Y volví a ver el amor, sustancial
como el vino y el pan.
Vi las luces de Europa encenderse
En el lento anochecer.
Fui un hombre entre los hombres,
una mirada entre miradas,
Y ahora estoy a solas.
Fui siempre amor en el lecho memorable,
Y hoy mi mano errante encuentra
sólo la tiniebla.
Es paradójico que quien se despide así del mundo y se dispone a disolverse en la nada permanezca entre nosotros a través de sus palabras y que éstas se conviertan en el espejo de nuestra propia mortalidad. Pero eso es precisamente lo que hace la poesía. Quizá porque lo sabía muy bien este poeta viajero, prolífico, múltiple, insaciable, solía decir al despedirse, como bien lo ha recordado uno de sus muchos amigos, el colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, con un “incluso estando muerto insisto en ser Lêdo Ivo”.
1 La Cabra Ediciones, colección Alforja; México, 2008, 78 pp








