Deslucida por la Muestra, sobrevive en cartelera Argo (ídem; E.U. 2012), una cinta de buena estofa producida por George Clooney y dirigida por Ben Affleck, actores directores que siguen los pasos de Clint Eastwood, quienes sin dejar de formar parte del régimen de Hollywood sostienen una mirada poco complaciente con el cine y la política de su país.
Basada en el reporte de Tony Mendez, un agente de la CIA que ayudó a seis diplomáticos estadunidenses a escapar de Irán durante la crisis de los rehenes en la embajada americana en 1979, Argo es un thriller político con material explosivo; en la cruzada anti-terrorista actual, cualquier historia donde los americanos aparezcan de víctimas y los islamistas como verdugos, es mera propaganda.
Pero la carga de dinamita no explota, ni como arma letal ni como fuego de artificio, debido a dos razones principales; una es la obsesiva atención al detalle tanto de la dirección como de la producción; la verosimilitud (que no la exactitud) histórica exige equilibrio y el guión lo logra mantener: ni tan buenos los americanos ni tan malos los guardianes de la Revolución Islámica. La otra razón, la sátira implícita en el rol que juega Hollywood en el rescate de los seis diplomáticos cuando Tony Mendez (Ben Affleck) arma el simulacro de ir a rodar una película de ciencia ficción (era la época de Star Wars) en valles y montañas de Irán, para lo cual reúne un equipo de filmación con los diplomáticos mismos que se habían refugiado en la embajada canadiense.
Junto con un par de veteranos, un director con pasadas glorias (Alan Arkin) y un hábil productor (John Goodman), el agente de la CIA planea una película fantasma que consigue todos los permisos de producción en Irán; Hollywood así se convierte en protagonista de una operación rescate, una ficción compuesta de ficciones que sobre la que se acumulan máscaras sobre máscaras; por ejemplo, un americano que se hace pasar por canadiense y que pretende ser director de cine. Difícilmente puede pasar desapercibido el laberinto de niveles de apariencias y disfraces que construyeron tal montaje político, un juego de niveles digno de la imaginación de Borges, pero se necesitaba un David Lynch para explorar ese abismo de sentidos; más que nada, a Ben Affleck y a George Clooney les preocupaba la coherencia en la reconstrucción de una maniobra política de hace décadas, artimaña que en la actualidad vale como metáfora para comprender un poco mejor la catástrofe política entre Estados Unidos e Irán.
Ben Affleck intenta matizar desde el principio el balance de fuerzas entre agresores y agredidos; la historia de Argo coloca naturalmente a los americanos como víctimas, pero con un prólogo muy bien elaborado con material documental el narrador menciona que los norteamericanos sostuvieron por décadas al gobierno corrupto y represor del Cha. Concentrado, sin embargo, en caracterizar y calcar a los personajes reales de la operación, el director no alcanza a dimensionar a los iraníes, pero hay que reconocer que por lo menos los presenta como gente hábil y pensante.








