Coordinado por los comunicólogos Eduardo Cruz Vázquez, de la UAM; y Carlos A. Lara, del ITESO, está por aparecer el volumen 1988-2012: Cultura y transición (Universidad Autónoma de Nuevo León/Instituto de Cultura de Morelos), en el que participaron Judith Amador Tello, Luz Jaimes, Andrés Ordorica Espinosa, Karla Quiroz Díaz, Xavier Rodríguez Ledesma y César Villanueva Rivas. Compuesto por reportajes, entrevistas, encuestas y análisis, el libro –que se presentará el martes 11 en el auditorio de la Bolsa Mexicana de Valores– recoge, entre otras, las evaluaciones de los expresidentes de Conaculta Rafael Tovar, Sari Bermúdez, Sergio Vela y Consuelo Sáizar. El siguiente texto es el de esta última.
En 1988 era gerente general de Editorial Jus. Ya tenía una relación estrecha con Carlos Monsiváis, figura definitiva en mi vida. Estudiaba mi segunda carrera, Ciencias Políticas y Administración Pública. La efervescencia que vivía el país era evidente en las universidades: la pasión estudiantil que reclama un papel protagónico desde 1968 aparece 20 años después con inteligencia crítica.
Pertenezco a la generación que leyó con enorme atención Tiempo nublado de Octavio Paz y se sacudió con esa alegoría moral. Reconozco la herencia de las generaciones que me precedieron y pensaron a México con grandeza. La cultura de México exigía desde finales de los setenta un andamiaje institucional que garantizara una doble pista para la creación: estímulos y libertades.
Teníamos revistas de gran calado (Vuelta y Nexos, especialmente) y periódicos con secciones culturales de propuestas vitales (Uno más Uno, Novedades, La Jornada).
Cuando el presidente Salinas anuncia la creación del Conaculta, asumo que se trata de un proyecto bien pensado, estratégico para el desarrollo cultural. El primer titular, Víctor Flores Olea, fue una elección acertada. Lustros después, estando yo al frente del organismo, en una reunión en Argentina, constaté que el Conejo se convirtió desde su inicio en modelo de muchos países, sus políticas y programas se replicaron en diversas latitudes. El prestigio y el éxito de los creadores mexicanos a principios de este siglo, ratifica el propósito fundacional.
Desconozco las razones de la figura jurídica con que nació el Conaculta. La especulación no es una de mis fortalezas. Supongo que valoraron lo que era viable en el escenario político que privaba. No estuve involucrada ni en la reflexión ni en las decisiones sobre el diseño institucional. La figura inicial no me parece desafortunada. Pero hay un asunto que sí considero trascendente: la no inclusión de una reserva cultural en el TLCAN. Aun con una cultura poderosa y un legado milenario de cara a los procesos económicos de gran capacidad de gestión de los bienes y servicios culturales entre las tres naciones, habría valido la pena incluir capítulos específicos; el rubro cinematográfico, por ejemplo.
Los noventa son fundamentales para la consolidación del proyecto cultural, especialmente del Conaculta: el ejercicio internacional, la creación de infraestructura, la apropiación de algunas instituciones, el desarrollo de estímulos a creadores y el surgimiento de nuevos talentos y propósitos. En octubre del 1990, la exposición México, esplendores de 30 siglos muestra al mundo (y a los mexicanos) nuestra grandeza cultural. Título insuperable. En la inauguración en Nueva York se conoce el Premio Nobel de Literatura para Octavio Paz. Tenemos historia pero también una cultura viva, pienso. Entre 1990 y 1992 se realizan dos encuentros culturales (“La experiencia de la libertad” y “El coloquio de invierno”), que permiten el debate de ideas, analizar al mundo tras la caída del muro de Berlín, el papel de la izquierda a la luz de ese acontecimiento y del fin del siglo, y conocer a muchos e importantes pensadores internacionales. (Me llama la atención la participación casi inexistente de mujeres en ambos encuentros.) Esta vitalidad intelectual arroja un saldo: la salida de Víctor Flores Olea del Conaculta y el arribo del director del INBA, Rafael Tovar, a quien corresponde organizar la presencia de México en la feria del libro más importante del mundo, la de Frankfurt, en octubre de ese 1992.
Converso con él un par de ocasiones. Sé de su gestión por la prensa y por los análisis que informalmente realizamos un grupo de amigas y yo. En esos años no tengo ninguna relación con el Conaculta ni profesional ni personalmente. Como editora privada, preparo para el 2000 un Diccionario Enciclopédico que se propone ser el espejo del México del entresiglo. Trabajo al lado de Humberto Musacchio en el proyecto Milenios de México. Advierto y lamento la ausencia de proyectos de Estado sobre el fin de un siglo y el inicio de otro. A cambio, la iniciativa privada intenta compensarlos y lo logra en mayor o menor medida.
La elección del 2000 se vive con efervescencia en el mundo cultural. Proliferan los círculos de reflexión, las propuestas para los candidatos y sus equipos de colaboradores. El cambio de personalidad jurídica del Conaculta es tema de discusión. ¿Hacerlo Secretaría o conservar su figura actual? Yo continué mis empeños como editora independiente y como editora asociada de Editorial Grijalbo.
En mayo de 2000 asumí la dirección general del Fondo de Cultura Económica. Había conversado con Carlos Monsiváis en repetidas ocasiones de las hazañas culturales del siglo XX y una de ellas, me decía, fue, justamente, la creación del Fondo. Desde los 20 años había soñado con dirigirlo. Lo dije en mi toma de posesión: para todos los editores, dirigir el Fondo es el mayor de los sueños. No soy la excepción, afirmé entonces, lo excepcional es que podré hacerlo. Estuve al frente siete años.
El ex presidente Miguel de la Madrid había dado realce internacional a la institución y fortaleza a la división de librerías. El catálogo es el más prestigiado del idioma. Una institución única en el mundo y un proyecto ejemplar que había que adaptar a las nuevas reglas y requerimientos del siglo XXI.
En lo institucional, propusimos –y logramos– un cambio normativo sustancial: el establecimiento de periodos de gestión para la Dirección General, de cinco años, renovables (si así lo decide la Presidencia de la República) hasta por un periodo similar. Esto con la idea de garantizar la libertad de publicación del Fondo y evitar la repetición de un suceso amargo de su historia: el cese de Arnaldo Orfila por publicar Los hijos de Sánchez.
Libros, arquitectura y tecnología
Corresponde a los expertos valorar si hubo algún cambio en la gestión del Conaculta entre los gobiernos del PRI y del PAN. Estoy convencida de que la fortaleza de las instituciones mexicanas es garante de una gestión con mayores o menores niveles de aportación de quien las dirige pero que, dado el empuje y participación de creadores, artistas y sociedad civil, la gestión tiene garantizado un rumbo.
Me gustaría señalar aspectos relevantes en las gestiones de Sari Bermúdez y Sergio Vela. La señora Bermúdez, por un lado, la federalización, entendida como proceso de consolidación del quehacer del Consejo en los estados y municipios, con la apertura de centros de las artes en varias ciudades, y por otro, un primer impulso electrónico para las bibliotecas públicas, además de la edificación de la Biblioteca José Vasconcelos de Buenavista.
En la de Sergio Vela, la apertura de la Fonoteca Nacional, el Centro de las Artes de San Luis Potosí (proyectos iniciados en la administración anterior), el apoyo a la Compañía Nacional de Teatro y la apuesta por el sector cinematográfico.
En la gestión que presido, desde el 3 de marzo del 2009, me propuse diseñar el Proyecto Cultural del Siglo XXI mexicano, basado en tres premisas. La primera línea de trabajo: hacer de México la plataforma intelectual del español. Tenemos el mayor número de hispanohablantes en el orbe y, no obstante, a finales del siglo XX ignoramos asumir la responsabilidad de enseñar y certificar el idioma. La Academia Mexicana de la Lengua la constituyen hombres y mujeres de enorme prestigio, somos vecinos de un país con el que debemos contribuir a hacer del español un idioma de cultura. Se presidió el Cerlalc, se realizaron congresos en varias disciplinas, se creó la Cátedra Cultura de México, y los premios Carlos Fuentes, Rosario Castellanos y Tomás Segovia. Este esfuerzo pendiente tiene que ser realizado en el futuro bajo la coordinación del Fondo de Cultura Económica, el cual en este 2012 pasó a formar parte de los organismos coordinados por el Conaculta.
La segunda línea de trabajo: la vinculación con la sociedad. Hacer un proyecto al servicio de la comunidad y gestionado con todos los actores de la agenda cultural. En el sexenio 2006-2012, la iniciativa del presidente Calderón y el acuerdo de las fuerzas políticas en el Congreso, a través de la Comisión de Cultura, permitieron que esta relación se estrechara al asignarse fondos etiquetados a numerosos proyectos de la sociedad civil y ampliar los destinados de forma relevante a los municipios, tanto como a los organismos culturales de los estados. Habrá que sumar otros programas que afianzaron estos vínculos, como la ampliación y el fortalecimiento de las convocatorias del Fonca, los recursos concursables en distintas disciplinas artísticas, a las galerías para promover la exportación de obra, la adquisición de acervos bibliográficos de personalidades de nuestra literatura, la renovación de la infraestructura o la creación de nuevos equipamientos, donde destaco La Ciudad de los Libros en el edificio de la Ciudadela, la remodelación de la Cineteca Nacional y la creación de una red nacional y su Museo del Cine, la renovación de los Estudios Churubusco y el espacio con que contaremos a partir de 2013 en Venecia, éste también como eje fundamental de los esfuerzos en el ámbito internacional. Es preciso mencionar la creación de las Verbenas Culturales que se celebran simultáneamente en todo el país, los reality shows del Canal 22 de ópera, ballet, danza y bandas musicales, la creación de proyectos culturales para apoyos a albergues de zonas de desastre, el programa “Discutamos México“, dentro de los festejos del Centenario y el Bicentenario, la remodelación de los Teatros Centenarios.
La tercera línea: el uso de las nuevas tecnologías para adquirir, preservar, resguardar y difundir contenidos, bienes y servicios culturales. Para preservar la memoria y conectarla con el futuro creamos tres cerebros electrónicos (el de la palabra, el del sonido, el de la imagen), que tendrán un resguardo físico en bóvedas y bibliotecas, y estarán disponibles en línea cuando la ley de derecho de autor lo permita. Iniciamos la producción de aplicaciones electrónicas, las primeras en su tipo en el idioma, y que pueden ser descargadas sin costo alguno, armamos una oferta de productos digitales sin costo, de equipamiento en bibliotecas, de acceso a través de la web a museos emblemáticos, etcétera.
El proyecto cultural del siglo XXI se basa también en la premisa de que hay tareas del Estado que son irrenunciables y que si no las realiza el propio Estado, difícilmente lo hará. Al concluir la administración tenemos en conjunto resultados que responden a los compromisos de gobierno, al plan sectorial y a la dinámica social que favorece la acción del Estado en el campo cultural.
Cuando me hice cargo del Conaculta, un tema central era impulsar las reformas legales por tantos lustros postergadas. Con el apoyo de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados se promovió la discusión, la puesta al día para una iniciativa de Ley de Cultura, que no se realizó, pero, sin embargo, estoy segura de que su falta no ha sido un obstáculo para la vitalidad con la que realizamos nuestro trabajo.
Algo que tampoco perdí de vista en estos años es que presidí un Consejo y no la dirección de cada una de las dependencias que lo conforman. Fui respetuosa de la independencia de los grandes institutos, el INBA, el INAH y el Imcine.
El sexenio cerró con una cifra histórica en el aumento de su presupuesto. Se pasó de tener un poco más de seis mil millones de pesos en el 2006 a casi 16 mil millones en el 2012, habiéndose distinguido por dar un impulso enorme a la actividad cinematográfica. El sexenio de Felipe Calderón es el sexenio del cine, de la renovación de la infraestructura cultural y de la apuesta tecnológica.
Somos un país con una institucionalidad cultural en todos los órdenes (público, social y privado), y uno de los grandes aciertos del Conaculta en estos 24 años es la fortaleza institucional pese a la precariedad legal. Es evidente que ha habido, que hay una continuidad de los proyectos, en donde cada uno de los presidentes del organismo ha dejado la impronta de sus pasiones. En mi caso son clarísimas: los libros, la arquitectura y la tecnología.
Los saldos pendientes, entre lo que alcanzo a distinguir son: definir la figura jurídica adecuada para el Conaculta, diseñar el proyecto internacional del que ha carecido desde sus inicios, alinear la educación artística entre las instituciones que dependen de la SEP, el Conaculta y el INBA, trabajar de manera más cercana con los estados para definir su vocación cultural, continuar con el proyecto electrónico, que es una forma de garantizar la memoria para el futuro, y democratizar los contenidos, entre otros.
Estoy convencida de que el ejercicio cultural del siglo XX mexicano fue ejemplar para la cultura, y que en el siglo XXI deberá serlo, que también lo será. Tenemos un orden institucional que ha funcionado con eficacia. Termino subrayando mis convicciones: todo proyecto de nación atraviesa por un proyecto cultural y México es una potencia cultural mundial.








