“El Mesías” convertido en danza

Organizado por su libretista Charles Jennens, más como una ópera que como un oratorio, el famosísimo y bellísimo El Mesías de George Friedrich Haendel es considerado y preferentemente presentado como una obra de Navidad, es decir, de la época de celebración del nacimiento de Jesús, el niño-Dios de la tradición cristiana.

Dividido por Jennens en tres partes (actos sería en ópera, que a su vez se dividen en escenas), el oratorio, dada su estructura, puede perfectamente presentarse en escena como un espectáculo, aunque en contraposición a las obras creadas específicamente para ser escenificadas con un desarrollo discursivo que va desentrañando la trama, El Mesías no tiene ese entramado, sino que consta de pasajes tomados de aquí y de allá de las escrituras bíblicas, principalmente del Viejo Testamento, que, musicalizadas por el genio de Haendel, nos cuentan momentos de la vida de Jesucristo y otros momentos de la religión cristiana, como el de “La trompeta sonará” –que abre precisamente el paso grandioso en que todo lo podrido se derrumbe y se abra la vida luminosa y eterna.

Compuesto en tan sólo 21 días (hay que tomar en cuenta su monumentalidad para dimensionar lo que esta hazaña significa), las partes del oratorio son: Las profecías y El nacimiento, Pasión y muerte, y El futuro o Las consecuencias.

La obra empieza con una obertura que da pie a las profecías, cantadas por los solistas, de la próxima llegada del Mesías, y el anuncio de su nacimiento cantado por el coro. Aquí se da también un hermoso y bucólico paisaje en el que los pastores ven aparecer un ángel que les avisa de la llegada del Salvador.

La segunda parte, dedicada a la pasión, muerte y resurrección de Jesús, contiene el pasaje más conocido no sólo de este oratorio, sino de cuantos oratorios en el mundo han sido, el impactante y excitante “Aleluya” que, entonado por el coro, todos hemos coreado alguna vez.

La última parte se dedica al futuro luminoso que vendrá, tocado y cantado con toda la fuerza de la fe y con la seguridad absoluta de que “Yo sé que mi redentor vive” y el “Amén” interpretado por todos.

Como puede verse, una obra musical grandiosa, monumental realmente, que sin estar destinada a la representación escénica propiamente dicha puede, sin embargo, traerse a escena sin ningún demérito, siempre y cuando su montaje sea digno de la música.

Afortunadamente esto fue lo que sucedió, un montaje digno de la música, en el espectáculo dancístico creado por el coreógrafo argentino Mauricio Wainrot para el Royal Ballet of Flanders en 1996 y que el domingo 18 estrenó en Bellas Artes nuestra Compañía Nacional de Danza, que supo estar a la altura de las circunstancias.

En la parte vocal se contó con la participación solista de la soprano Conchita Julián, que tenía años de no aparecer en Bellas Artes; la mezzosoprano Encarnación Vázquez, quien dejó una grata impresión; el tenor Alan Pingarrón, a quien la gente aplaude, independientemente de sus buenas o malas participaciones, por el hecho de ser ciego, y el barítono Guillermo Ruiz, poseedor de un vozarrón que aquí no supo administrar del todo.

Naturalmente, la orquesta y coro invitados fueron los de la Ópera de Bellas Artes, que contaron con la dirección concertadora, en calidad de huésped, del maestro Juan Carlos Lomónaco, actual titular de la Sinfónica de Yucatán, y como director del coro actuó Xavier Ribes, cuyo trabajo hemos elogiado en más de una ocasión.

Así, un estreno digno de festejo que viene a enriquecer el de por sí ya rico repertorio de nuestra Compañía Nacional
de Danza.