PARÍS, Francia.- La oferta de exposiciones temporales en el periodo otoño-invierno de esta ciudad es intensa. Este 2012: Rafael, Venezia, Hopper, el tiempo de la bohemia, el impresionismo y la moda, las vanguardias posimpresionistas, Van Gogh orientalista, el arte islámico… Y en el céntrico Musée du Jeu de Paume un viejo amigo de Francia: Manuel Álvarez Bravo: Un photographe aux aguets (1902-2002), algo así como “un fotógrafo a la expectativa o al asedio”.
A cargo de Laura González Flores y Gerardo Mosquera, se le dedica el área principal en la planta baja, siete espacios temáticos que conducen al espectador. La mayor parte son fotos de su gran periodo 1930-1950, con algunas excepciones posteriores y gratas primicias (hubiera sido oportuno señalar esta preferencia cronológica). Recorramos.
Construir. Manuel Álvarez Bravo (MAB), ojo y cámara creadores de geometrismo. Rectas y curvas extraídas de la construcción urbana y, ocasionalmente, de la naturaleza. Equilibrio entre paisajismo y constructivismo. Que lleva a la fotografía abstracta. Dos distancias contrastantes hacen surgir la geometría del mundo: o acercamientos o grandes planos. En la mayoría de las salas una pequeña pantalla exhibe alguna filmación del propio MAB; en ésta una primicia total: algunas tomas de su reportaje en 35 mm, hasta hoy no exhibido, Recursos hidráulicos (1948-1952).
Aparecer. Lo que revelan las superficies: fachadas y maniquíes femeninos como objetos en sí, capaces de sustentar la operación estética. Detengámonos en la mesa-vitrina: el número 36 de Contemporáneos (febrero de 1931) abierto en el artículo programático de S.M. Eisenstein “Principios de la obra fílmica”. Proviene del Archivo Manuel Álvarez Bravo, S.C., y muestra sus subrayados sobre el montaje y la edición como elementos dinámicos e inherentes a la obra visual. En esta sala, además, Los agachados (1934), aquellos hombres almorzando en una barra de fonda, con la cortina metálica a media altura. MAB hace ver, sin humillación y con sutileza, con humor, lo que es ser agachado en México.
Ver. Personas, personajes. El siempre grato encuentro con algunos clásicos de MAB, como El ensueño (1931) o La hija de los danzantes (1933). Podríamos decir: no obstante el evidente respeto del fotógrafo, manifestado en su media distancia, en su eliminación de folclorismo y sociologismo sobre los de abajo, la cámara triunfa y muestra sus personajes, se adentra con sugerencia psicológica, como en los grandes retratistas. Logros debidos, en su caso, al dominio del enfoque, del encuadre, la luz cálida, la nitidez o incluso la difusión de las siluetas. En esta sala, geometrismo constructivista y arte orgánico se encuentran produciendo la misma imagen.
Yacer. Buen título para honrar su Obrero en huelga, asesinado (1934). Vemos, por supuesto, un positivo impreso por el maestro y también las revistas de época en que apareció: 1946. Revista mensual hecha por pintores, grabadores, escritores, dibujantes, fotógrafos (México, enero de ese año); Minotaure, dentro del artículo de Breton “Souvenir du Mexique” (París, Albert Skira, mayo 1939, nos. 12-13); Aperture (New York, 1953, no. 4). Qué alta respuesta la de MAB cuando a la mitad del camino de su mirilla se atravesó un hombre desangrándose. Pero con la vista suspendida, para siempre, hacia el cielo.
El mismo MAB supo que ahí había encontrado algo, que esa imagen es uno de los momentos culminantes de su vida. Acompañan este espacio varias fotos fijas de su proyecto fílmico con guión de José Revueltas ¿Cuánta será la oscuridad? (1945). Tanto el obrero asesinado como los otros yacientes consuman la bella y tremenda plasticidad que un artista verdadero, profundo, pudo extraer de ese acto de opresión salvaje. Llamemos humanismo el aliento que sostiene la foto.
Exponerse. Mirar al otro, mirarlo cercanamente. Eso es lo que MAB consiguió. El artista como ese ser humano con la sensibilidad y facultades para acercarse respetando y exponiendo a la vez la identidad del otro que toma como personaje más que como modelo; como prójimo. No, señores curadores, estoy totalmente en desacuerdo sobre su idea de que MAB esté al asedio o expectativa (la etimología de aguets envía a ‘emboscada’). Su visor confraterniza. El lugar común de que un fotógrafo se embosca y caza (idea del safari) es particularmente desacertada sobre esta mirada fraterna, sobria, serena.
Lo que surge es la nobleza. Niño orinando (1928), La bella fama durmiendo (1938), por supuesto, y una de sus pocas imágenes aquí expuestas de los años setenta: Tentaciones en la casa de Antonio. De muy pocos artistas puede decirse: tiene una noción propia del desnudo; sus desnudos le pertenecen. Ha creado una manera del desnudo humano. En la historia del desnudo en las artes visuales, MAB tiene lugar de honor.
Caminar. Calles, fachadas, vitrinas de negocios: reflejos de lo visible inadvertido. El mundo visible como aliado del fotógrafo. Maestría. “Es así, miren lo que miro” –invitan estas fotos–. Se evidencia su preferencia por los matices y contrastes suaves; por la economía de elementos dentro del cuadro. Todo es nítido, estamos ante un artista de la depuración. Reencontramos una foto que dialoga por todo lo alto con la narrativa de Rulfo y que confirma cuán profundo y metafísico puede ser un artista de la cámara fija: esos obreros o campesinos –pequeños, dignos, frágiles– en la silenciosa hazaña de pedalear a través del exlago de Texcoco: Bicicletas de domingo (1963). Muchas de las obras maestras de MAB son un arte del silencio. Es la vida la que se suspende en ese instante, y ver lo que él ve es una contemplación, un reconocimiento.
Acaso esta área tiene su punto más alto en una imagen que funge como bisagra entre ésta y la final: Bicicleta al cielo (1931). El cableado público está por encima de ella, la acota; pero la bicicleta, fijada al muro trasero por una vigueta que va al sillín, se dirige hacia el horizonte que promete su apertura. ¿Es el hombre así? Algo mundano, con su peso terreno, pero habitado del hálito superior, y MAB se alía sin ninguna ostentación a la tensión prometeica de nuestra estirpe… “al aire de su vuelo” –como reza el verso de San Juan de la Cruz–. Puedes volar, dicen estos poetas. Pues imposible no acudir a palabras como lirismo y poesía. La poesía del hombre. En esto, otro equilibrio adquirido: un estilo que armoniza lirismo y narratividad.
Soñar. Pero soñar lo real. Cuánta poesía y cuánta altura espiritual en las cosas y personas que MAB fotografió en sus impecables blanco y negro. Aceptar la sugerencia de lo visible inmanente. Aquí, algunas imágenes inéditas hasta la fecha, como la impresión digital de Comal de lámina (1970). Qué hermoso y puro es el encuentro más que surrealista, elemental, primario, entre unas cuantas piedras volcánicas del altiplano con un pedazo cualquiera de lámina. La iluminación viene del fuego que nos da vida, el sol; luces y sombras nítidas y en equilibrio, lo mismo que la cercanía-distancia. El encuadre, simetría no rígida para enmarcar la materia en su presencia, en su ser de materia para el hombre. He aquí otro de los yacientes de MAB. Pues la bicicleta que apetece el aire de su vuelo y este comal de albañiles, esplenden y glorifican al hombre.
La operación visual de MAB reside en transmutar las apariencias, las superficies, los instantes cotidianos, incluso lo terrible humano –el obrero muerto que se cruzó ante su mirada– en imagen. Es la imagen que, a partir de las técnicas y recursos fotográficos, reencuentra la materia. Imagen: poesía de lo material humano.








