Apenas se supo que el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2012 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara –que acaba de comenzar– había sido otorgado a Alfredo Bryce Echenique, empezó a impugnársele debido a los plagios que cometió. Tanto se le impugnó que se optó por entregarle el galardón en su domicilio, de manera privada, y evitar su presencia en la feria. Será la primera vez que un ganador de dicho premio no pronuncie su discurso. En el ojo del huracán, al escritor sin embargo no parece importarle, pues hace dos semanas declaró al diario español El País: “Que se jodan”. En un capítulo de sus Antimemorias, el autor de Un mundo para Julius retrata su personalísima relación con la realidad.
Permiso para vivir es un libro de 500 páginas que el narrador peruano Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) publicó en 1993 (editorial Anagrama), biografía anticipada cuyo subtítulo (Antimemorias) tomó de André Malraux, dándole crédito en la nota introductoria:
“Bueno, pero aunque todos conocemos a Malraux, ¿por qué antimemorias como Malraux? Pues precisamente por haber leído demasiado sobre memorias, autobiografías y diarios íntimos, antes de ponerle un subtítulo a esta sarta de capítulos escritos ‘por orden del azar’ y ‘a mi manera’ (…)
“Pero nunca se está tan mal que no se pueda estar peor: Malraux dixit que las memorias ya han muerto del todo, puesto que las confesiones del memorialista más audaz o las del chismoso más amarillo son pueriles si se las compara con los monstruos que exhibe la exploración psicoanalítica. Las únicas autobiografías que existen son las que uno se inventa (…).”
Para los editores, Permiso para vivir “es un libro que está contra la confidencia y a favor de la confesión. Sólo ésta le permite demoler pirámides hasta reducirlas a los miserables escombros que constituyen una vida humana. Su autor afirma que nosotros somos los Justines de Lawrence Durrell y de este mundo cuando nos parecemos ‘a esos seres consagrados a dar toda una serie de caricaturas y máscaras salvajes de sí mismos’. Esto es muy común entre la gente solitaria, entre esa gente que siente que su verdadera persona jamás hallará correspondencia alguna en otra persona”.
En el capítulo “Pude ser un escritor precoz” (pp. 77-81), Bryce cuenta una historia de su infancia, basándose en una diferenciación:
“Una cosa es mentir y otra es engañar.”
Y explica:
“Esto me lo enseñó hace mucho tiempo Oscar Wilde en un delicioso ensayo presentado en forma de diálogo entre dos personajes (Ciryl y Vivian), cuyo título es La decadencia de la mentira. Para Wilde, la mentira es un arte, una ciencia, y un gran placer social. Lo malo es que hay buenos y malos mentirosos. Los primeros se distinguen por su extraordinaria franqueza, por el coraje con que lanzan sus aseveraciones, por su absoluto sentido de la responsabilidad y, sobre todo, por el profundo desprecio que sienten por la chata realidad o por la necesidad de probar lo que están diciendo. Esto caracteriza a los malos mentirosos, pues la mejor mentira es aquella que contiene, que es ya su propia evidencia. Los malos mentirosos son seres tan carentes de imaginación que constantemente necesitan dar pruebas de lo que están contando. ¡Qué estupidez! Más les valdría, nos advierte Wilde, soltar la verdad de una vez por todas, pues lo que busca un buen mentiroso es simple y llanamente causar placer, deleitar, encantar. La gente, en cambio, juzga al ‘mentiroso nato’ con excesiva ligereza, mientras que, para Wilde, éste pertenece a una especie cuya decadencia hay que combatir, ya que constituye la base misma de la sociedad civilizada del arte y de la literatura.”
La historia empieza cuando en 1946, el niño Alfredo Bryce, de siete años contó, a sus amigos que su padre era Arnaldo Alvarado, un famoso automovilista peruano a quien el público llamaba por entonces el “Rey de las curvas”.
Y aunque el corredor de autos era un hombre bajo y moreno y su padre alto y de aspecto anglosajón, a él eso no le importaba. Y es que un día, cuando Alfredo y su padre iban en el auto por la avenida Salaverry de Lima, “de pronto, mi padre empezó a acelerar como Arnaldo Alvarado en una carrera. Me dijo, también de pronto, porque los tímidos y los introvertidos sólo hablan de pronto, que quería probar a fondo su carro y ver cuánto corría. ‘Como Arnaldo Alvarado’, pensé yo, por lógica asociación, y la verdad es que durante un momento no supe bien cuál de los dos ‘reyes de las curvas’ era el que quería ser mi amigo, porque una travesura tan audaz y maravillosa jamás se me hubiese ocurrido en mi padre, no, nunca, ni siquiera sin bigote y sin sombrero. Pero era él. Un solo detalle me bastó para saber que era él: la calidad y elegancia del zapato perfectamente bien lustrado que iba apretando el acelerador de una gran hazaña.
“Del acelerador pasé al marcador de velocidad. La máxima, ciento sesenta kilómetros por hora, y ya íbamos por sesenta. Sesenta y cinco, ahora”.
–¡Setenta, papá!
–¡Mira, setenta y cinco, hijo!
–¡Papá, ochenta! ¡Justo la mitad de ciento sesenta!
–¡Bueno, ya está bien… La mitad está bien… Más vale llegar a casa unos minutos más tarde que llegar al hospital dentro de una hora…
“O sea que el lunes entré al colegio y conté que el ‘Rey de las curvas’ era mi padre, porque yo quería y admiraba muchísimo a mi padre y porque Arnaldo Alvarado acababa de ganar una versión más del circuito de Actocongo, sobrepasando lejos los ciento sesenta por hora en algunos tramos. La sorpresa fue general entre mis compañeros, también la algarabía. Mi madre, por supuesto, ignoraba que mi padre era Arnaldo Alvarado y ese nombre no era más que un seudónimo que yo le había inventado para ayudarlo a escaparse de madrugada hacia el circuito de Atocongo.”
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Dos capítulos de Permiso para vivir están dedicados a narrar el viaje que Bryce hizo en 1987 con amigos y amigas a la Feria de Sevilla. Ya en “Pude haber sido un escritor precoz” rememora la feria para contar que, en sobremesa compartida con Freddy Cooper, los hermanos Miguel y Luis Echecopar y sus esposas, Freddy y Miguel fueron testigos de la historia del “Rey de las curvas”. Este último la repite con tal lujo de detalles “que yo mismo me quedo asombrado”:
–Alfredo –me pregunta–, ¿cómo lograste que nos creyéramos todo eso durante tanto tiempo?
–Es que era un relato redondo. O, mejor dicho, un cuento que, sin querer, me salió perfecto, gracias a dos personajes que jamás imaginé, y que al final, resultaron clave.
–Miguel me mira con asombro y continúo:
–Uno fue mi primo Alfredo Astengo. Todos ustedes sabían que éramos parientes y, sin embargo, él nunca me interrumpió.
“Todo lo contrario: su presencia y su silencio, cada vez que yo narraba una nueva carrera en que el ganador era mi padre, le fue dando día a día mayor verosimilitud a todo el relato…”
–Pero es que es increíble –insiste Miguel, volviendo a evocar algunos episodios.
–Es que resultó ser un relato perfecto, Miguel –le digo, recordándole la existencia de otro personaje tan inesperado como fundamental.
“Ese personaje fue mi madre. Vino a buscarme una tarde, a la salida del colegio, y mis compañeros se abalanzaron literalmente sobre su automóvil. ‘¡Señora! ¡señora! –exclamaban–. ¿Es verdad que usted está casada con Arnaldo Alvarado?’. Recuerdo intacta la mirada de mi madre, su sonrisa al mirarme parado detrás de todos, como un delincuente que espera su sentencia. Mi madre responde, por fin”:
–Si mi hijo lo dice, ya lo creo que es verdad.
–¡Claro! –exclama Miguel–. Ahora lo entiendo todo. Por eso es que te creímos durante tanto tiempo.
Después mira a Freddy y vuelve a recordarle el detalle más fantástico de la historia: “mi padre no sólo se escondía de mi madre para poder ser Arnaldo Alvarado, sino que además yo me metía en la maletera del automóvil de mi padre y ahí escondido me pasaba cada una de sus carreras, todo doblado y medio asfixiado. ¡Cuánto de cierto hay en eso! Sí, gracias a mi madre y a mi primo yo pude correr con mi padre a ciento sesenta kilómetros por hora y más todavía. Y ser el hijo del ‘Rey de las curvas’, porque lo quería y admiraba tanto y aquella mañana en la avenida Salaverry más valía llegar a casa unos minutos más tarde que llegar al hospital dentro de una hora…
“Ahora me hace mucha gracia contar historias y que la gente me diga que me las he inventado. Luego, cuando las escribo, me dicen que son autobiográficas. Definitivamente, la gente no se pone de acuerdo conmigo, con una excepción: los escritores. Ellos saben o intuyen, al menos, que en el arte la verdad está en el estilo, que desgraciadamente la mentira está en decadencia, que otra cosa es engañar y que, como decía Oscar Wilde en su delicioso ensayo, el siglo XIX es, en gran parte, un invento de Balzac.”
Así Bryce llega a una conclusión:
“Haber sabido todo esto en 1946, cuando tenía siete años de edad… Haberlo sabido desde entonces para sentirme autorizado a denigrar a todos aquellos seres que, durante años, me interrumpían en lo mejor de una historia, exigiéndome todo tipo de pruebas al canto. Cuánta pena sentía yo entonces, qué enorme vacío interior, qué falta de inteligencia y sensibilidad a mi alrededor. Sentía que, mediante un feroz empujón, me habían obligado a descender de un lugar privilegiado, a caer de narices en el inmenso territorio de la banalidad y el lugar común. A nadie podía mostrarle yo entonces que lo mío era un arte y una ciencia, magia y civilización, y que eran ellos, sí, ellos, los que carecían totalmente de la capacidad de gozar con una buena historia. Y que ignoraban, además, que así como la arquitectura corrige las incomodidades de la naturaleza, la literatura corrige las incomodidades de la realidad.”








