Para mi hermana sirena Laura Abitia, la bruja mayor (fallecida el pasado 28 de octubre)
La primera vez que vi a Laura Abitia fue en la tele, a fines de los ochenta.
Tenía un espectáculo que se llamaba La mujer se prendió, junto con Hebe Rosell y Nayeli Nesme, y lo estaban anunciando por Canal Once. Leyó algo de poesía y me asombró una frase suya que decía algo sobre los topos y el infierno, mi primer acercamiento con su trabajo. Yo apenas tenía algunas canciones mías y acababa de entrar a la Facultad de Ciencias Políticas en la UNAM.
Diez años más tarde me la topé en las reuniones para el Primer Encuentro de Roleros, organizado por Paco Barrios en 1997. Ahí también conocí a María Tort, Aura, con quien más adelante formé Mujeres en Fuga. A veces, las reuniones se hacían en casa de Laura en la colonia Roma.
Me gustaba su casa llena de plantas, sus imágenes de Remedios Varo y su gata siamés llamada Pérsima. En un armario viejito que había en la sala guardaba todos los chocolates, adornos y tacitas que le regalaban invariablemente cada año todos sus niños de la primaria “Amado Nervo”. Ahí daba clases de música, una chamba que le había endosado el compositor Armando Rosas. Tenía talento para enseñar, nos compartía que se disfrazaba de bruja para hacer reír a sus alumnos… Cuando trabajó en el estudio de Amparo Rubín, en los noventa, algunos de sus alumnos fueron Diego Luna, Gael García Bernal y Ludwika Paleta.
Laura se formó en las peñas en la década de los 70 y fue parte del Comité Mexicano de la Nueva Canción. Para mí era una vieja loba de mar, una sirena ancestral, una bruja sabia. Había tomado varios cursos de poesía, y le atraía lo esotérico. Las letras banales le provocaban urticaria. Una de sus más grandes enseñanzas para mí es que la letra de una canción tiene que releerse y reescribirse cuantas veces sea necesario, jamás quedarse con la primera intención. Ella nos convocó para un ciclo de compositoras en el Multiforo Alicia a Aura, Ana Pizarro, Adla Cano y a mí en julio de 1998. Decidimos llamarle a este encuentro Mujeres en Fuga: cinco compositoras en aquelarre musical. Nos gustó tanto la experiencia que decidimos tocar juntas; al principio, cada quien con sus rolas y después ya armamos el ensamble. Todas cantábamos y tocábamos varios instrumentos: guitarras, mandolina, bajo, percusiones, flauta, clarinete, piano…
Los ensayos funcionaban como una especie de catarsis. Cada quien podía contar los secretos de su corazón: sueños, fracasos, desencuentros, pasiones. La música sanaba nuestras almas. Después de varios intentos, por fin apareció nuestro único disco en 2004 producido en Abuela Records, Cyan Producción y Ediciones Pentagrama; se llamó Brujas por un tema que Laura escribió cuando nos presentamos la primera vez en el Alicia. En este disco había suyo, “Una más en Juárez”, que cuando nos lo mostró se nos erizó la piel. Siempre estuvo comprometida con los temas sociales.
Le encantaba la parte del diseño del vestuario, nos íbamos a las tiendas a escoger telas. También adornábamos el escenario con velas e incienso. Eran un ritual aquellos conciertos. Nos separamos en junio de 2005. Nuestro último concierto fue en La Planta de Luz y Laura se fue a vivir a Zihuatanejo, donde pasaría los últimos años de su vida. Lástima que como solista únicamente dejó un cassette que grabó en el estudio de Jorge García Montemayor, y el CD Desde el Caracol que produjo en 2003 con su entonces pareja Sergio Arellano y su hijo Fernando Navarro. Estas dos producciones son una joya. Me encantan “De tarde…amor”, “Cuarto de azotea” y “La cana”, rolas muy poéticas y redondas musicalmente hablando. Es de mis compositoras consentidas.
Escogí uno de sus temas, “El último deseo”, para mi disco Compositoras de México (Proceso 1870). La busqué en el verano de este año para preguntarle en cuál editora tenía su canción y supe que estaba enferma del hígado, llevaba algunas semanas en México recibiendo tratamiento médico. Por la promoción de mi disco, el músico y periodista Jorge Velasco me pidió que convocara a algunas compositoras para una nota en Canal Once, invité a Laura y aceptó gustosa. Mi esposo Darío Federico y yo fuimos por ella en el auto, le entusiasmó mucho la entrevista, la vi contenta y la fuimos a dejar a su casa, la abracé y le dije que se cuidara mucho.
Me dio las gracias y fue la última vez que escuché su voz.
El concierto de Compositoras de México ocurrió a los pocos días. Laura Abitia llegó caminando con mucha dificultad al Lunario, acompañada de su hijo. Me encantó presentarla, pedirle que se levantara para que la gente le aplaudiera. “Quiero que amen sus canciones como las amo yo”, dije al público. Fue la última vez que la vi y con ese recuerdo me quiero quedar: Laura sonriendo y el público ovacionándola.
Sin saberlo, fue su último homenaje en vida.








