El olor de la muerte

Junto a uno de los yacimientos de platino más ricos del mundo brota insultante la indigencia: Trabajadores de la mina de Marikana y sus familias viven hacinados en casuchas de lámina acanalada. No lejos de ahí se encuentran las Pequeñas Lomas, escenario de la matanza de 34 mineros el pasado 16 de agosto. La enviada de Proceso recorre Rustenburg, la región minera que tiene en vilo a Sudáfrica. Acompaña al obispo metodista Paul Verryn, quien asume la compleja tarea de facilitar el diálogo entre autoridades políticas, jefes tribales, ejecutivos de compañías mineras y los trabajadores. En un estadio éstos reciben la noticia: lograron un aumento salarial. Saben, sin embargo, que su lucha apenas comienza.

RUSTENBURG, SUDÁFRICA.- Enormes rocas rojizas amontonadas por algún accidente geológico y redondeadas por siglos de erosión surgen en medio del veld, una de esas praderas infinitas de yerbas amarillentas propias de Sudáfrica.

Este sitio en especial se conoce como Small Koppies (Pequeñas Lomas).

En el horizonte se divisan siluetas borrosas de montañas. No muy lejos se yerguen, descomunales, las estructuras de metal y concreto de la mina de Marikana; un poco más cerca se apiñan miserables casuchas de lámina.

Desde el inicio de su lucha para obtener incrementos salariales los mineros de Marikana solían reunirse en Small Koppies. Las misteriosas rocas tenían algo sobrenatural que les daba fuerza. Las Pequeñas Lomas eran su santuario.

El pasado 16 de agosto la policía irrumpió en ese lugar. Disparó contra los mineros. Mató a 34. Hirió a 78. Detuvo a 270. Las imágenes de la masacre dieron la vuelta al mundo: hombres –blancos y negros– uniformados, armas en mano caminando entre cadáveres de mineros –todos negros– tendidos en la yerba.

Un mes después de la matanza las Pequeñas Lomas están desiertas y siguen oliendo a muerte. Hay cruces blancas pintadas en las rocas. Un par de zapatos negros empapados por la lluvia, chamarras y camisas deslavadas yacen olvidadas en la falda de una loma.

Camionetas blindadas de la policía dan vueltas en el camino de tierra que lleva a Small Koppies. Visitar el lugar y tomarle fotos es muy mal visto por las autoridades. Organizar mítines en las Pequeñas Lomas está prohibido.

Irrisorias resultan estas medidas: desde el 16 de agosto Small Koppies se conocen como “Killing Koppies” (lomas que matan) y la matanza de Marikana –tan trágicamente parecida a las perpetradas durante el apartheid– ya ingresó a la historia del país como la represión más sangrienta de la nueva Sudáfrica.

Marikana dejó al desnudo todos los pasos en falso de los sucesores de Nelson Mandela y de la coalición tripartita que domina la vida política del país: el Congreso Nacional Africano (CNA), el Partido Comunista y el Congreso Sudafricano de Sindicatos (Cosatu, por su acrónimo en inglés). Exhibió el abismo que va creciendo entre la “Nación Arcoíris” tan idealizada y la cruenta realidad de un país gangrenado por la corrupción y apremiantes desigualdades sociales.

Metáfora cruel

 

“El pasado sábado 15 de septiembre vine a Small Koppies. Ya era de noche. Todas las instalaciones de la mina de Marikana estaban muy iluminadas. Ese derroche de luces contrastaba con la oscuridad en la que estaba hundido el tugurio donde viven los mineros más pobres, los ‘esclavos’ oriundos de Mozambique, Zimbabue o Lesotho o de la misma Sudáfrica.

“En ese instante pensé que Marikana era la metáfora cruel de nuestra sociedad: indigencia absoluta al lado de la tercera mina de platino más importante del mundo y entre estos dos extremos, los fantasmas de mineros asesinados en Small Koppies simplemente porque rehusaban la violencia obscena de la miseria.”

Paul Verryn habla mientras maneja su automóvil. Se expresa en un inglés británico. Su voz es suave y sus palabras tajantes.

“Me imaginé a Dios tomando una foto aérea de Marikana. Y lo oí decir, lastimado: ‘Esto no puede seguir así’.”

Verryn es un obispo metodista de origen británico, temido y afamado en Sudáfrica por su empeño en defender a los más desamparados. Empezó en tiempos del apartheid y sigue en la nueva Sudáfrica. Es un rebelde sumamente distinguido que nunca se doblega. Lleva décadas radicado en Soweto y ejerce su ministerio en la Iglesia Central Metodista de Johannesburgo, en el corazón popular de la ciudad. Desde hace cuatro años desafía al gobierno y a su propia jerarquía al acoger en su templo a centenares de indocumentados –mujeres, niños y hombres– de Zimbabue que las autoridades quisieran expulsar.

En esa soleada mañana del 18 de septiembre el obispo se dirige hacia Marikana por tercera vez en cuatro días.

La mina de Marikana pertenece a la corporación de Lonmin y se ubica a pocos kilómetros de la pequeña ciudad de Rustenburg, en la región del Bushveld que alberga la concentración de mineral de platino más importante del planeta. Entre 75% y 80% del platino producido en el mundo proviene de esta área que se extiende en el noreste de Sudáfrica hasta las fronteras con Suazilandia, Mozambique, Zimbabue y Botsuana.

Antes de llegar a la zona minera el paisaje es suntuoso: veld dorado hasta donde se pierde la vista, escasas aldeas y de cuando en cuando, bosques tupidos y jacarandas moradas.

Pero de repente todo cambia. Aparecen las minas, sus pozos, sus prominentes chimeneas, sus infraestructuras gigantescas y por doquier altísimos montes de piedras grises arrancadas a las entrañas de la tierra y luego pulverizadas.

“Hoy se ve limpio porque la mina está parada. Pero por lo general todo está hundido en gruesas capas de humo y polvo”, comenta el obispo.

Mientras más nos acercamos a Lonmin más se vuelve palpable la tensión. Desde la matanza de Marikana la zona de Rustenburg se ha vuelto explosiva. Además de centenares de policías, el gobierno desplegó al ejército en toda el área e impuso un estado de emergencia no declarado.

El 15 de septiembre Verryn convenció a los policías cada vez más agresivos de que no impidieran una marcha pacífica de los huelguistas. Fue difícil pero lo logró. Al día siguiente, sin embargo, los policías se desquitaron con los mineros.

“Sin motivo alguno se metieron en sus asentamientos y dispararon gases lacrimógenos y balas de goma por todas partes. Sembraron pánico y se fueron. Fue duro explicar a los mineros que no debían caer en su provocación”, refiere Verryn.

Hoy es un día muy particular. Se espera que las negociaciones entre los mineros y la dirección de Lonmin desemboquen en un aumento salarial.

“Urge ese acuerdo”, recalca. “Los mineros llevan semanas sin salario. Pero no van a ceder. No tienen nada que perder. Dicen que no les asusta la muerte y sé que no es retórica”.

 

Encuentros

 

La agenda de Verryn está sobrecargada. Primero recoge al reverendo Dan Twala, responsable de las comunidades metodistas de toda el área de Rustenburg. Es su contacto clave en la zona.

Los dos religiosos tienen cita con el jefe Mohali, quien encabeza una importante tribu dueña de las tierras que albergan varias minas, pero no la de Marikana.

Llegamos a un extraño barrio de Marikana en el que se codean anárquicamente todo tipo de viviendas. Hay casas grandes y cómodas que pertenecen al jefe Mohali y a sus parientes; otras más modestas; unas terceras, minúsculas, las llamadas “cajas de cerillos”, todas iguales, construidas por el Estado… y finalmente cuchitriles de lámina acanalada.

Es imposible dar con el jefe Mohali. Pero miembros de su tribu aceptan platicar con Twala y Verryn. Los esperan en un salón cómodo de una casa de clase media. Se arma una discusión densa de una hora en tswana, una de las 11 lenguas oficiales de Sudáfrica.

Al salir de la reunión Verryn y Twala se ven satisfechos. La familia se comprometió a organizar un encuentro formal con el jefe Mohali.

Desde que la violencia enlutó a Marikana los dos religiosos buscan facilitar el diálogo entre todas las partes en conflicto o las afectadas por éste: mineros, la dirección de la empresa, representantes de las comunidades instaladas en las zonas mineras, autoridades policiacas y autoridades tradicionales. Su meta es prevenir otro baño de sangre. Pero insisten en que no son negociadores. Sólo quieren crear nuevos canales de comunicación, basados en el respeto mutuo.

“La transición relativamente pacífica entre el régimen del apartheid y las elecciones que llevaron a Nelson Mandela al poder en 1994 se logró después de años de diálogo y negociaciones. Hoy mucha gente, empezando por los políticos y los dirigentes de las corporaciones mineras e industriales –que están donde están sólo porque se dio ese diálogo– parece haber olvidado ese capítulo de nuestra historia reciente”, insiste Verryn.

“El jefe Mohali es riquísimo –afirma Twala–. Cobra altísimas regalías de las compañías mineras. Su fortuna lo marea y no se preocupa por lo que pasa en sus tierras. Es grave. No cumple con la responsabilidad que heredó de sus antepasados.

“Todas las comunidades que viven en las tierras del jefe Mohali esperan que rinda cuentas sobre la violencia actual. Queremos conocer su posición y saber si mide la gravedad de la situación. Pero nos urge verlo también porque no podremos asumir nuestra misión de enlace entre las partes sin ser oficialmente avalados por él. Así lo dictamina la tradición tribal sudafricana que mantiene el gobierno posterior al apartheid.”

Precisa Verryn: “Quizás los mineros de Marikana logren un incremento de salario. Pero eso no acabará con la crisis social que empieza a sacudir a nuestro país. Desde la matanza de Marikana Sudáfrica entró en una peligrosa zona de turbulencia. Sin diálogo ni toma de conciencia de la situación real de la mayoría de los trabajadores del país y de millones de desempleados desatendidos por nuestros dirigentes vamos a caer de nuevo en una espiral de violencia, al lado de la cual Marikana nos parecerá un simple incidente”.

La segunda cita de Verryn y Twala es aún más compleja. Los dos religiosos obtuvieron una entrevista con el responsable de recursos humanos de la Corporación de Lonmin.

Entrar a la mina de Marikana es una hazaña. Sus instalaciones son una plaza fuerte inexpugnable: Vehículos blindados de la policía están estacionados en los alrededores, vigilantes privados y fuertemente armados montan guardia, hay cámaras de seguridad por doquier y todo está rodeado por altas rejas y alambres de púas. Pasamos varios controles antes de llegar a la sede de la administración de la mina.

La cita, a la que no pudo asistir la reportera, estaba prevista para durar media hora, pero duró hora y media. Verryn y Twala salen perplejos. Deben respetar cierta confidencialidad. Sin embargo explican que se presentaron como “hombres de fe” y no como voceros de los mineros. A pesar de las reticencias de sus interlocutores lograron llevar la discusión al terreno de la ética y de la moral cristiana.

“Los desestabilizamos y los desarmamos”, comentan los religiosos en tono neutro.

–¿Durará el cargo de conciencia del director de recursos humanos de Marikana y qué peso tendrá ante las exigencias de su dirección y de los accionistas internacionales de Lonmin? –se les pregunta.

–Se ven inquietos, muy inquietos –contesta Verryn–. Dicen que perdieron una fortuna desde que empezó la huelga. Sufren presiones múltiples. Les dimos a entender que perderán muchísimo más si la dirección de la mina se empeña en no respetar valores humanos esenciales. Están dispuestos a mantener el contacto con nosotros. Mientras platicábamos recibieron llamadas de los negociadores. Parece que se llegó a un acuerdo salarial con los mineros.

La tercera cita es justamente con los mineros de Marikana que convocaron a una asamblea general en el estadio de Wonderkop. “Estadio” es un eufemismo para describir un amplio campo deportivo a cielo abierto, cuya cancha es de yerba marchita, que no tiene gradas sino una sola gran tribuna rudimentaria.

Antes de llegar al estadio de Wonderkop (suburbio de Marikana) nos cruzamos con numerosos vehículos blindados. En los alrededores del estadio enormes rollos de alambre de púas estorban el paso.

Una decena de vehículos blindados con las torretas prendidas y los motores encendidos están estacionados en la entrada del campo deportivo totalmente rodeado con alambre de púas. Un helicóptero sobrevuela la zona.

Verryn y Twala entablan de inmediato una larga charla con un oficial de la policía. Mientras tanto los mineros van llegando. Parecen no fijarse en el enredo de alambre de púas que obstaculiza su camino. Sin mirar a los policías avanzan con pasos indolentes y rostros serios bajo un sol implacable. Entran al estadio y se sientan en la yerba frente a la tribuna. Hay muy pocas mujeres.

Pasan las horas. El tiempo africano tiene su propio curso. El sol quema despiadado. El estadio se llena. En la tribuna centenares de mineros cantan en tswana.

“Son cantos de lucha –explica Dan Twala–. Son duros. Dicen que odian a al NUMSA (el oficialista Sindicato Nacional de Mineros de Sudáfrica, estrechamente ligado al CNA en el poder y cada vez más cuestionado por la base obrera del país) y que lo van a sacar a patadas de Marikana.”

Varios mineros se ríen al escuchar la púdica traducción del religioso; su versión es más cruda.

Se espera la llegada de los negociadores. Repican celulares. Corre el rumor: “Se llegó a un acuerdo”. Unos autos entran al estadio.

La multitud se levanta. Se apagan los cantos. Jo Seoka sube a la tribuna junto con dos mineros. A lo largo de una hora los tres hombres cuentan por turno en tres idiomas distintos –xhosa, sotho y tswana– los pormenores de las negociaciones durante las cuales arrancaron a los directivos de Lonmin 22% de aumento de salario y el pago inmediato de un bono de 2 mil rands (unos 3 mil pesos), indispensable para poder comer después de tanto tiempo sin salario.

Anuncian también que saldrán colectivamente del NUMSA, al que acusan de complicidad con el gobierno y con los directivos de la mina.

Finalmente todos deciden que el trabajo se reiniciará el 20 de septiembre. El helicóptero sigue sobrevolando el estadio.

La multitud canta el himno nacional, luego centenares de mineros se ponen a bailar con un ritmo sincopado, lento y poderoso. Es obvio que esa coreografía es mucho más que una simple manifestación de alegría.

“En realidad es el alma de los mineros la que habla –confía a la reportera una colega sudafricana–. Esa danza ritual expresa sus sufrimientos, su frustración, el luto por los compañeros asesinados, su coraje, sus esperanzas, su ánimo de lucha… Es también una danza de guerra. Los mineros saben que aún les faltan muchas batallas por librar.”

 

Obispos incómodos

 

Jo Seoka dista de ser el líder de los huelguistas. Es nada menos que el obispo anglicano de Pretoria que los mineros escogieron como mediador en sus negociaciones con la dirección de Lonmin. Seoka dirige también el Consejo de Iglesias de Sudáfrica, que jugó un papel importante en la lucha contra el apartheid y que hoy cuestiona las políticas erráticas del CNA. Al igual que Verryn, pero con estilo muy distinto, Seoka molesta a los poderosos.

Intervino en Marikana el mismo día de la matanza, el 16 de agosto. El obispo evita contacto con la prensa. Prefiere contar por escrito su vivencia con los huelguistas de Lonmin y publicar sus textos en el portal de la Fundación Bench Marks, ONG que él encabeza.

En uno de ellos relata que viajó por primera vez a Marikana el 16 de agosto. Fue directamente a Small Koppies junto con Mautji Pataki, secretario general del Consejo de Iglesias de Sudáfrica. Ambos religiosos vestían su ropa clerical pero aun así les costó trabajo vencer la desconfianza de la multitud de mineros reunidos en el lugar. Finalmente hubo empatía. Los voceros de los mineros les explicaron que querían dialogar con Ian Farmer, director ejecutivo de Lonmin.

Seoka y Pataki fueron a las oficinas de Farmer pero no lo encontraron. Según sus colaboradores estaba en Londres debido a problemas de salud. Los interlocutores de Seoka calificaron a los huelguistas de criminales, pero el obispo acabó arrebatándoles una promesa de entrevista.

Los dos religiosos no pudieron regresar con los mineros para comunicarles esa noticia esperanzadora. Los directivos de Lonmin les avisaron que Small Koppies acababa de ser declarada zona de alto riesgo y que estaba bajo control policiaco. Seoka y Pataki subieron a su auto para regresarse a Pretoria. Quince minutos más tarde sonó el celular de Seoka:

“Una voz me dijo: ‘La policía nos está matando’. Oíamos alaridos y disparos. Nos sentimos totalmente impotentes. Al día siguiente vimos las fotografías de la matanza. Entre los muertos estaba uno de los líderes con el que más habíamos hablado.

“En ciertas fotos, aún vivo, aparecía envuelto en un sarape verde. Se llamaba Mgcineni Mambush Noki. Nunca en mi vida me había topado con una persona tan pacífica en medio de una situación tan explosiva. Hablaba con voz suave. Tenía la convicción y la madurez de un líder noble. No mató a nadie y sin embargo fue brutalmente asesinado por personas que hubieran debido protegerlo. Así es nuestro país, que  proclama  su  fe  en el diálogo al tiempo que se lanza a la guerra contra sí mismo”, escribió Seoka en su blog.

Fue a partir de esa noche del 16 de agosto cuando el obispo trabajó sin descanso para facilitar el diálogo entre los directivos Lonmin y los mineros. Era razonablemente optimista. Los contactos iban mejorando. Vislumbraba una salida. De repente se enteró por la prensa que el Ministerio del Trabajo, los sindicatos oficiales –rechazados por los mineros– y la dirección de Lonmin habían firmado un acuerdo de paz a espaldas suyas y, sobre todo, sin consultar a los huelguistas.

Indignado, el obispo denunció públicamente el hecho. Los mineros rehusaron firmar el acuerdo que buscaban imponerles los sindicatos y rompieron el diálogo.

Por si eso fuera poco la procuraduría sudafricana acusó a los 270 mineros detenidos el 16 de agosto en Small Koppies por el asesinato de sus compañeros, señalándolos como responsables del clima de terror e inseguridad que imperaba en Marikana.

El repudio nacional e internacional fue unánime. La procuraduría se retractó. Seoka retomó los hilos del diálogo. El 18 de septiembre se logró el acuerdo salarial tan esperado. Quedaron desacreditados los sindicatos oficiales y el gobierno.

El 5 de octubre una comisión de investigación de altísimo nivel, integrada por responsables religiosos, jueces y abogados, declaró oficialmente que todas las acusaciones de malversación de fondos lanzadas contra Seoka eran infundadas. Esa campaña de difamación llevaba meses y se había recrudecido a raíz de la intervención del religioso en la crisis de Marikana.

Fue otra victoria del “obispo incómodo” que rehusó comentar su “rehabilitación”. Seoka sabe que lo esperan otros golpes bajos.

Verryn, también “obispo incómodo”, lleva décadas enfrentando campañas de difamación de la misma índole. La más reciente ocurrió poco antes de la celebración del Mundial de Futbol en 2010. Corrió el rumor de que el religioso había abusado sexualmente de jóvenes de Zimbabue refugiados en su iglesia. Murió el rumor y Verryn sigue en pie de lucha.