Desde hace cinco años se sabe que el vicepresidente Xi Jinping será el nuevo mandatario de China. El Congreso del Partido Comunista –que iniciará sus sesiones este jueves 8– formalizará su ascenso al poder. Hijo de un héroe revolucionario caído posteriormente en desgracia, Xi fue enviado en su adolescencia a un centro de trabajo donde dormía en una cueva. Ingeniero químico que gusta del basquetbol de la NBA y de películas bélicas de Hollywood, se ha destacado como hábil administrador y gestor económico. Su elección parece reflejar que el Partido Comunista prefiere avanzar en las reformas económicas en lugar de las políticas.
BEIJING.- El 21 de octubre de 2007, durante la clausura del XVII Congreso del Partido Comunista Chino (PCCH), la atención mediática se centró en una puerta cerrada del salón Oriental del Gran Palacio del Pueblo. La razón: se decidía quién sería a partir de 2012 el presidente de China.
Según la férrea liturgia el elegido sería el primero de la nueva camada de dirigentes que vendrá detrás de los veteranos.
Se abrió la puerta y en séptimo lugar apareció un tipo hierático de andar marcial. Sólo su imponente altura rompía el molde partidista: “¿Xi quién?”, preguntaron ese día muchos chinos. “Xi Jinping, el marido de Peng Liyuan”, respondieron algunos. Peng es una célebre cantante de ópera y de música popular habitual de las galas de Año Nuevo chino, el espectáculo televisivo más seguido en el país.
Cinco años después el PCCH se dispone a formalizar el nombramiento de Xi Jinping como presidente de China. Lo hará durante su XVIII Congreso Nacional, que empieza el jueves 8.
Pese a ello, Xi –actual vicepresidente– sigue siendo un misterio. Ni siquiera se sabe por qué desapareció de la esfera pública durante dos semanas en septiembre, lo que disparó los rumores sobre su mala salud o el descarrilamiento de su candidatura en la última curva.
“Podría estar comiendo a mi lado y no lo reconocería”, afirma Zhang Yueyuan, una universitaria de Beijing.
El próximo presidente ha completado su largo entrenamiento a la sombra y con la fórmula prevista: evitar los problemas, mantener un perfil bajo y disimular sus posturas. El secretismo impuesto a la prensa sobre los líderes ha hecho el resto. Realizar una semblanza de Xi obliga a coser retazos biográficos –oficiales, muchas veces– y a pronosticar su comportamiento futuro basándose en difusos indicios.
Dualidad
Xi Jinping nació en 1953 en la provincia de Shaanxi. Su linaje es revolucionario. Su padre, Xi Zhongxun, fue un héroe de la larga marcha y exviceprimer ministro. Xi Jinping disfrutó en su niñez de colegios exclusivos y autos con chofer cuando más allá de los ladrillos rojos de Zhongnanhai –el complejo de viviendas destinado a los líderes– sólo había pobreza.
Pero durante la Revolución Cultural su padre cayó de la gracia de Mao y fue encarcelado. Xi tenía 15 años cuando fue enviado a la provincia de Shaanxi para aprender las virtudes del campesinado. Pasó seis años cavando acequias y durmiendo sobre ladrillos en una cueva excavada en la roca. Intentó huir. Fue castigado: Lo enviaron seis meses a un “campo de rehabilitación por trabajo”.
Xi ha explicado que aquellos años fueron cruciales en su formación, describiendo su trabajo duro, las pulgas y la soledad. “Los cuchillos se afilan contra la piedra. La gente se refina con el trabajo duro. Siempre que me encuentro con un problema sólo tengo que recordar lo duro que ha sido llegar hasta aquí y nada parece complicado”, explicó en 2001, en una de las escasas entrevistas que ha concedido.
Esa dualidad –miembro de la aristocracia comunista con refinada educación y a la vez trabajador hecho a sí mismo que conoce las miserias de la China rural– le ha ayudado a aunar voluntades.
Su ingreso al PCCH fue rechazado nueve veces debido a su apellido. Una vez rehabilitado su nombre, Xi regresó a Beijing y utilizó la influencia familiar para ingresar a la elitista Universidad de Tsinghua, donde estudió ingeniería química y teoría marxista. Trabajó en el Ministerio de Defensa a las órdenes de Geng Biao, un antiguo camarada de su padre. Después renunció a sus conexiones para empezar su carrera política. Desdeñó un cómodo y prometedor destino en la capital por un pueblo de Hebei, donde fue enviado como jefe del partido. Ahí evitó que se mencionara su genealogía.
Sus colaboradores hablan de un hombre sensato y decidido, con los pies en el suelo, que comía en pequeños locales y redujo los pantagruélicos banquetes habituales de los dirigentes. De ahí pasó a ser jefe del PCCH en Zhejiang, la rica provincia costera donde acometió pequeñas reformas, mostró una rara preocupación por las víctimas de las expropiaciones de tierras –un problema recurrente en la China actual–, atrajo inversión extranjera y declaró que “el gobierno debería limitar su tamaño”.
En sus intervenciones públicas Xi ha subrayado la urgencia crucial de atajar la corrupción, y un cable de la embajada estadunidense fechado en 2009 reveló que mostraba repulsión por los funcionarios corruptos.
Su reputación se mantiene limpia incluso después de que la agencia de noticias Bloomberg difundió en junio pasado que su familia había acumulado bienes valuados en 388 millones de dólares. Pero el reportaje reconocía que en esos bienes no había rastro ni de Xi ni de su mujer o de su hija. Tampoco había indicios de que la familia cometiera ilegalidad alguna ni de que la influencia de Xi hubiera aceitado los negocios señalados en el reportaje. Actualmente esa agencia está censurada en China.
En 2007 Xi fue designado dirigente del partido en Shanghai. Sustituyó a Chen Liangyu, destituido por corrupción. Llevaba ahí apenas seis meses cuando el partido lo regresó a la capital para supervisar la organización de los Juegos Olímpicos.
Muchos calificaron esa medida como un regalo envenenado: a la dificultad intrínseca del evento se sumaba una prensa global hostil y las amenazas de atentados por parte de extremistas de la etnia de los uigures. Los Juegos Olímpicos salieron a pedir de boca. Su éxito lo catapultó al Comité Permanente –el máximo órgano del partido–, el último peldaño hacia la Presidencia.
Consenso
Xi ha tenido un contacto más estrecho con Occidente que Hu Jintao (actual presidente), quien pisó por primera Estados Unidos en 2002. Xi ya estuvo en un pueblo de Iowa en 1985 –cuando era funcionario de Hebei– para aprender técnicas de cría de cerdos. Le gusta el basquetbol de la NBA y películas bélicas como Salvando al soldado Ryan. Su hija estudia en la Universidad de Harvard con un nombre falso.
Xi está volcado en su trabajo. En su segunda cita amorosa con Peng le advirtió que dispondrían de poco tiempo para estar juntos. Debido a que encabezó las labores de rescate y protección tras el tifón que en 1992 azotó la provincia Fujian, no pudo asistir al nacimiento de su hija.
Con los años ha cultivado la sonrisa y los diplomáticos lo describen como afable y cariñoso, aunque también con una gran personalidad. Hank Paulson, antiguo secretario del Tesoro estadunidense, dijo que era “la clase de tipo que sabe cómo conseguir las cosas en la línea de gol”.
En 2009, durante una visita a México, dijo: “Hay algunos extranjeros con el estómago lleno sin nada mejor que hacer que hablar de nuestros asuntos. China no exporta revoluciones. Tampoco pobreza o hambre. Y no les causa problemas. ¿Debo añadir algo más?”. A Hu no se le recuerdan frases parecidas.
La biografía de Xi revela que ha defendido a la empresa privada y realizado reformas administrativas, pero sin poner en peligro el monopolio del poder del partido. Los progresistas confían en que persevere en la línea de su padre, quien criticó la respuesta armada a las protestas de Tiananmen en 1989. El sufrimiento padecido durante la Revolución Cultural lo vacunó contra el dogmatismo.
Henry Kissinger, exsecretario de Estado estadunidense, y Kevin Rudd, exprimer ministro australiano, lo calificaron de pragmático tras reunirse con él. Ambos igualmente vaticinaron que impulsará las reformas económicas y políticas.
“China necesita reformas democráticas ya, pero Xi tendrá que asumir el poder y consolidarlo primero. No creo que esas reformas se lleven a cabo en los primeros cinco años. Dependerá también de la influencia que mantengan los ultraconservadores”, opina por correo electrónico Chen-Shen J. Yen, director del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Chengchi (en Taiwán).
Xi goza de consenso entre las diferentes y a menudo enfrentadas familias políticas. Esa es la razón por la que cinco años atrás desfiló por delante de Li Keqiang, favorito en las quinielas para ser presidente, pero demasiado próximo al actual mandatario.
Su periplo en el Ministerio de Defensa también le asegura el apoyo del estamento militar. El consenso es indispensable porque los días de los líderes plenipotenciarios han quedado atrás y cada uno de los cuatro presidentes chinos ha tenido menos poder que el anterior. Xi será sólo “el primero entre iguales”. Las decisiones se votan en el Comité Permanente, lo que explica las arduas negociaciones para definir a sus miembros.
Rumorología
En el Comité Permanente faltará Bo Xilai, exjefe del PCCH en la municipalidad de Chongqing y líder de los llamados neomaoístas. Aspiraba a ocupar un lugar en el comité, hasta que fue cesado fulminantemente en marzo por corrupción y abuso de poder.
Hoy espera un juicio en su contra después de que la semana pasada se le retiró la inmunidad parlamentaria. Será el último capítulo del mayor escándalo en la política china en décadas. Su esposa, Gu Kailai, fue condenada “a muerte con dos años de suspensión” (un eufemismo legal para nombrar la cadena perpetua) por asesinar al empresario inglés Neil Heywood. Wang Lijun, colaborador de Bo y exjefe de la policía en Chongqing, fue condenado a 15 años de cárcel por deserción, abuso de poder y corrupción.
Este caso dinamitó la pretendida transición de poder tranquila y reveló fragorosas luchas internas.
Otro hecho enrareció más el ambiente: Ling Jihua, titular de la Oficina General del Comité Central del PCCH y firme aliado de Hu, fue destituido después de que su hijo, Ling Gu, de 23 años, murió en un accidente de tránsito: chocó su Ferrari en el que iba acompañado de dos chicas, una de las cuales murió después. El accidente provocó un escándalo debido a los lujos y desenfrenos de los hijos de los dirigentes del PCCH que en sus discursos abogan por la austeridad y luchan contra la corrupción.
Éste será el primer congreso que se celebrará con el uso generalizado de internet. Ello puso fin al monopolio oficial de la información, lo que hacía posible barrer los escándalos bajo la alfombra.
“El caso de Bo no afectará al congreso. Sus crímenes han sido anunciados en público y su destino ya está sellado. Creo que sus seguidores intentarán un contrataque, pero la situación general no cambiará”, sostiene Wong Yiu-Chung, jefe del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Lingnan (Hong Kong), en entrevista vía correo electrónico.
Orientarse entre los arcanos de la política china exige atención al detalle. Una simple omisión permite aventurar que los tecnócratas van ganando. Ocurrió la semana pasada: La eterna referencia al “pensamiento de Mao” había desaparecido de dos documentos preparatorios del XVIII Congreso del PCCH.
El detalle es capital porque la liturgia administrativa colocaba al maoísmo entre los pilares ideológicos rectores. También han desaparecido las menciones al pensamiento marxista-leninista. Se mantienen en los documentos “la teoría” de Deng Xiaoping, los “tres principios” de Jiang Zemin y el “desarrollo científico” de Hu Jintao. Es decir, las aportaciones del arquitecto de las reformas y de sus continuadores.
La supresión del pensamiento del fundador del país supone una revolución: Hace sólo nueve años, en el 110 aniversario de su nacimiento, Hu Jintao aseguró que “la bandera del pensamiento de Mao siempre se mantendrá alta, en cualquier momento y circunstancia”. El final del mantra maoísta sugiere que Beijing no permitirá que la mohosa ideología limite sus actuaciones.
“Es un buen progreso ideológico, pero aún soy escéptico. Necesitamos ver mucho más antes de declarar que un nuevo día ha llegado. Las posibilidades de cambios políticos sustanciales con Xi Jinping son muy bajas”, opina en entrevista por correo electrónico Scott Kennedy, director del Centro de Investigación de Negocios y Políticas Chinas.
La rumorología se ha intensificado en las últimas semanas. Las encarnizadas guerras de meses entre facciones para elegir la composición del Comité Permanente habrían empujado a un pacto final entre los tres pesos pesados: Hu, Xi y Jiang Zemin, el actual, el futuro y anterior presidente, respectivamente. Así lo aseguró el pasado 19 de octubre un cable de la agencia Reuters, citando a tres fuentes sin identificar.
De acuerdo con esa versión, al Comité Permanente ingresarían el exalcalde de Beijing y viceprimer ministro, Wang Qishan, especialista en atraer inversiones extranjeras; y Liu Yunshan, el férreo ministro de Propaganda. Se quedaría fuera el jefe del PCCH en Guangdong, Wang Yang, quien abogaba por ampliar la libertad de expresión y los derechos civiles.
La lista sugiere un Comité Permanente más sensible a las reformas económicas que a las políticas.








