“El barbero de Sevilla”

Gioacchino Rossini (1792-1868) nació en Pésaro, Italia, por lo que Heine le otorgó el famoso mote de El cisne de Pésaro. Rossini compuso a los 24 años, en febrero de 1816, para el Teatro di Torre Argentina de Roma, Almaviva; o sia L’ Inutile Precauzione que hoy se le conoce como El barbero de Sevilla. La hizo en un tiempo récord de tres semanas. No era inusual que los compositores del siglo XIX reutilizaran música propia, en especial si no había tenido éxito y no era reconocible. Por lo que en El barbero de Sevilla encontramos melodías rossinianas empleadas anteriormente:

La obertura fue compuesta para Aureliano in Palmira en 1813 y usada también en Elisabetta, regina d’Inghilterra en 1815, y finalmente en Il barbiere di Siviglia en 1816 (originalmente Rossini había escrito para su barbero una colorida obertura con temas estilo español, pero al perderse ésta, fue sustituida por la que subsiste aún).

El musicólogo Charles Osborne afirma que en Il barbiere di Siviglia aparecen ideas musicales de Franz Joseph Haydn y de Gaspare Spontini.

El domingo 14 se produjo el esperado estreno de una nueva producción en el Palacio de Bellas Artes con resultados muy irregulares. Juliana Faesler y un muy nutrido grupo de 15 ayudantes se encargaron de la parte escénica, con muy pobres resultados: iluminación indigente sin imaginación, falta de verdad escénica, vestuario horrible y disfuncional, una enorme y protagónica jaula en el escenario que más que la obviedad de su significado no hacía más que estorbar, el coro resultó una masa informe con aspecto aburrido, gente esperando que acabe la función, el Bártolo se veía muy joven, Almaviva no era para nada un conde, y un largo etcétera.

Cassandra Zoé debutó en el papel de una Rosina muy musical y afinada, voz pequeñita, agraciada figura, muy animosa pero tímida, le quedó grande el compromiso. Como decía Di Stefano: tiene un defecto que se le quitará con el tiempo, es demasiado joven. Toda una promesa.

Javier Camarena cantó el conde: bellísima voz, pero descuidado en los pequeños detalles indispensables en las grandes ligas del canto; tiene muchas áreas que mejorar.

José Adán Pérez fue sin duda quien se llevó la función, un Fígaro como hace mucho no veíamos, buen actor y mejor cantante, agradabilísima voz baritonal con un registro agudo seguro y firme: lástima del vestuario ridículo que le diseñaron en especial el del segundo acto.

Stefano de Peppo es un experimentado profesional del canto, bajo-barítono que interpretó el Bártolo, en general bastante bien pero actoralmente parco y su aspecto muy juvenil, pese a que en el libreto indica que es un viejo ridículo. ¿Por qué la directora de escena no sigue el libreto en vez de poner jaulas innecesarias?

Muy bien Carsten Wittmoser, el Basilio, su origen germánico le aportó una seriedad cómica a su personaje; estupenda voz de bajo, nos obsequió una “Calunnia” de antología.

La soprano Celia Gómez cantó muy bien la Berta (¿no se supone que es un papel para mezzo?) y la actuó de maravilla, pero hay que decir que el diseño escénico a que la sometió la resigeur es inapropiado, exagerado.

Se lució el barítono Amed Liévanos en los papeles de Fiorello y el del Sargento, canta de maravilla y tiene una gran bis cómica, ojalá pronto lo veamos en el papel de Fígaro.

El director orquestal fue Marco Balderi, en ocasiones tapó el sonido orquestal a los cantantes, a ratos muy rápido (el final del aria de Bártolo) lo que hacía casi imposible seguir esos tiempos. En general bien, pero no excelente: como en otras ocasiones, pensamos que varios de los directores nacionales lo pueden hacer mejor