Sergio Pitol y el cuento polaco

Es difícil saber si ante los ojos de los lectores de literatura Polonia es más conocida por sus narradores o por sus poetas. Unos y otros se antojan igualmente extraordinarios. Del lado de los primeros viene de inmediato a la mente el nombre de Witold Gombrowicz, quizá uno de los nombres más invocados cuando se habla de la literatura polaca contemporánea. Del lado de los segundos es imposible no pensar en Zbigniew Herbert, el poeta –muchas veces se ha dicho– que merecía el Premio Nobel tanto como, o más que, Czeslaw Milosz y Wyslawa Szymborska. (También se ha dicho, por cierto, que Gombrowicz y Herbert eran candidatos en 1968.)

Pero hay decenas de poetas y narradores de alto nivel. Herbert y Gombrowicz no son sino figuras emblemáticas, figuras que a veces son contrapuestas por sus respectivos seguidores. El primero, dicho groseramente, sería un esteta; el segundo –visto con la misma grosería– un vitalista. Ninguno de los dos, por supuesto, habría aceptado en la realidad semejante reduccionismo.

Me permito mencionar esa contraposición sólo con el afán de ilustrar la riqueza y complejidad de la literatura polaca, una literatura tan vasta y tan cambiante como lo han sido las fronteras del territorio al que ha pertenecido a lo largo de la historia. Es una literatura fascinante, todo un universo acerca del cual el lector mexicano, sin embargo, sabe muy poco, porque son muy pocos los traductores del polaco al español.

Uno de los escritores que más esfuerzos ha hecho para difundir esa riqueza entre nosotros es Sergio Pitol. Naturalmente, como narrador, ha privilegiado la traducción de cuentos y novelas.

Desde enero de 1963, cuando Pitol se tomó diez días de vacaciones para salir de China, donde trabajaba como traductor, Varsovia se le presentó, pese al frío glacial (30 grados bajo cero), como la ciudad en la que deseaba vivir y crear. Sus impresiones de esos días están plasmadas en un extenso artículo publicado el 31 de marzo de 1963: “Polonia: el movimiento cultural”, en el que desbordaba entusiasmo por los avances del país y la fortaleza de sus artes.

En aquella primera visita, como él mismo lo ha recordado, fue a Lodz para encontrarse con el escritor mexicano Juan Manuel Torres, quien entonces se encontraba en esa ciudad estudiando cine en la Szkola Teatralna Filmowa, en la que recibía clases por parte de uno de los más grandes cineastas de Europa: Andrej Wajda, y tenía por compañero de cursos a Roman Polanski.

No cabe duda de que el eslavófilo Torres (“Hablaba de sus clásicos y sus románticos como en un trance místico”) influyó en el ánimo de Pitol para que éste se mudase a Polonia en septiembre de aquel año, pero también es indudable que el entusiasmo de Pitol por ese país rebasaría con mucho el de Torres –por lo menos en lo que a respuesta productiva se refiere–. Después de dos años de estudio intensivo del polaco empieza a traducir. En el lapso de una década traduce una decena de libros de autores de esa lengua. El primero de ellos, la excelente novela de Jerszy Andrejewski, Las puertas del paraíso (Joaquín Mortiz, 1965) y, enseguida, una amplia Antología del cuento polaco contemporáneo, que incluía dieciocho relatos de dieciséis autores.

Elena Poniatowska lo entrevista en Varsovia en 1965, cuando vivía en el Hotel Bristol como becario del gobierno polaco, justo en la época en que estaba enfrascado preparando esa selección. Un par de meses después el suplemento de Siempre! publica dos de los cuentos que formarían parte de la Antología: “Rachab, o la soledad”, de Leszek Kolakowski, y “Los pájaros”, de Bruno Schultz. El 10 de julio de 1967 el libro comienza a circular bajo el sello de Ediciones Era.

“¿Hay medios más apropiados para intentar explicarse la realidad de un país que el estudio de su historia y su literatura?”, se pregunta Pitol en el prólogo de esa obra, cuya respuesta es la antología misma: dieciocho cuentos, un mosaico que entrega una imagen de Polonia en toda su diversidad: desde los horrores de la ocupación nazi hasta las tribulaciones de un niño que decide romper el preciado florero de su madre. Pocos libros pueden brindarnos la oportunidad de atisbar la vida de Polonia como ese libro, primer antecedente del que se presenta ahora.

Elogio del cuento polaco es y no es una nueva versión de la Antología del cuento polaco contemporáneo, comenzando porque en esta obra Pitol cuenta con la colaboración de Rodolfo Mendoza, afilado lector y editor, que lo ha acompañado antes en otras empresas literarias, como la dirección de la revista La Nave. La participación de Mendoza ha significado una considerable ampliación y modificación de aquella Antología. Este nuevo libro comprende cuarentaicuatro cuentos, pero de aquellos dieciocho sólo conserva diez. No se ha descartado a ninguno de los dieciséis autores, pero sí se han sustituido los cuentos de seis de ellos. Por ejemplo, en vez de volver a incluir “Los pájaros”, de Bruno Schultz (un cuento que por momentos hace recordar a Kafka), ahora se le representa con un relato mucho más hermoso: “El libro”, en la espléndida traducción de Juan Manuel Torres. Y en lugar de reproducir “Un crimen premeditado”, de Gombrowicz, hoy se ofrece al lector su primer cuento, “El bailarín del abogado Kraykowski”, muestra perfecta de su temprana maestría.

En todos los casos las sustituciones son atinadas, si bien el lector codicioso habría preferido conservar también los cuentos reemplazados. Pero es más que buena compensación que Elogio… contenga veintiséis nuevos cuentos, entre ellos, joyas como “Memorias de un maestro de Poznan”, de Henryk Sienkiewicz, y “Cálamo aromático” de Jaroslaw Iwaszkiewicz, dos auténticos clásicos de las letras polacas, pruebas de que la enorme tradición poética de Polonia es el sustrato sobre el que se han desarrollado los grandes narradores polacos en el curso del último siglo.

Los vasos comunicantes entre poesía y prosa son claramente palpables en varias de las piezas cortas que forman parte del libro, no sólo porque algunas de ellas han sido escritas por narradores que también son poetas –o mejor: poetas metidos a narradores–, como Tadeusz Rósewicz (“El pecado”) o Andrzej Stasiuk (“Los cangrejos”), sino porque la poderosa poesía polaca parece permear al conjunto de la cultura de ese país, trátese de las letras, de la música, o de las artes visuales –desde la pintura hasta el cine.

Elogio del cuento polaco tiene todavía otro precedente: la antología que Aleksander Bugajski hizo bajo el sencillo título de El cuento polaco, publicada en 1974 por Ediciones Oasis, sello creado por Luis Mario Schneider.

Bugajski llegó a México en 1966, casi al mismo tiempo que Pitol se preparaba a concluir su primera residencia en Polonia. Y por lo menos durante un instante el destino de ambos converge por causa de terceros: en 1963 el primer ministro de Polonia, Józef Cyrankiewicz, viene a México, y poco después Adolfo López Mateos va a Polonia. A raíz de tales intercambios, como lo ha recordado Juan Villoro, Polonia y México firman un convenio. Gracias a él, Pitol se va a Varsovia a estudiar polaco. Bugajski, que ha servido como intérprete de López Mateos durante la visita de éste, recibe una invitación para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México. Llega en marzo de 1966 y se queda aquí por el resto de su vida.

Enamorado de México, Bugajski escribió muchas páginas relativas a nuestro país (escribió en numerosas ocasiones para Proceso) pero también se preocupó por difundir la literatura de su lengua materna. El cuento polaco, un tomo de 382 páginas, es quizá su contribución más importante en ese sentido. En él reunió veinte cuentos de los cuales sólo uno se encontraba contenido en la antigua Antología de Pitol. Ahora, Pitol y Mendoza le rinden una suerte de discreto homenaje al incluir en Elogio… doce de los cuentos que él seleccionara y tradujera –por lo menos, nueve de ellos–. Se funden, así, dos libros esenciales para quien desee leer a varios de los más importantes narradores del siglo xx. No obstante, Elogio del cuento polaco es mucho más que la suma de esos dos antecedentes, no sólo porque –como si fuera poco– incorpora veintidós cuentos más, sino porque nunca antes se había realizado una obra como esta en nuestro idioma, una verdadera vía de acceso a la vida de un país que por idioma y situación geográfica parece tan distante pero que en muchos aspectos históricos y culturales es semejante al nuestro.

Elogio del cuento polaco es un libro que debe agradecerse y celebrarse.