Los días 15 y 16 de octubre tuvo lugar un evento en la sede de la Cepal en México cuyo objetivo fue relanzar el Consejo de Relaciones Internacionales de América Latina (RIAL). Este consejo tuvo mucha trascendencia en los años ochenta, cuando la región vivía uno de los momentos más difíciles por la presencia de regímenes militares en casi todos sus países. El RIAL fue entonces un foro muy necesario para mantener el diálogo entre académicos latinoamericanos, algunos de los cuales no podían expresarse libremente en sus naciones o bien se encontraban en el exilio.
Desde el RIAL se gestó una visión latinoamericana de lo que acontecía en el mundo al acercarse el fin de la Guerra Fría, y se tomó conciencia de los procesos que conducirían al fin de las dictaduras militares en América Latina. Para comienzos de la siguiente década empezó el retorno a sus países de origen de quienes se encontraban en el exilio y, frecuentemente, su incorporación en puestos de alta responsabilidad en los nuevos gobiernos civiles. Esto, y el giro de la mirada del gobierno mexicano, más interesado para entonces en el libre comercio con América del Norte que en la relación con América Latina, cambiaron el panorama. El RIAL languideció y terminó por desaparecer, a pesar de la nostalgia de quienes pertenecimos a la primera época y exclamábamos al encontrar a colegas latinoamericanos: “¡Hay que revivir el RIAL!”.
El consejo ha reaparecido bajo el impulso de colegas del Cono Sur y el apoyo de instituciones académicas en México. Encuentra, desde luego, un panorama muy distinto al de hace 20 años. La situación internacional durante ese tiempo ha experimentado los cambios más profundos y acelerados de que se tenga memoria.
El paradigma bipolar existente durante los años de la Guerra Fría no fue sustituido, como algunos creyeron originalmente, por un sistema unipolar encabezado por Estados Unidos y aceptado, en mayor o menor grado, por el resto del mundo. Es cierto que ese país sigue siendo una gran potencia, la mayor que haya existido por su poderío militar, su capacidad de innovación tecnológica, su “poder suave” presente a lo largo del mundo, la indudable vitalidad y variedad de su población, y por muchos otros factores. Sin embargo, no ha podido ganar las guerras que ha emprendido y comparte con la Unión Europea la imposibilidad de resolver la crisis económica que explotó desde 2008 y cuyas consecuencias más negativas no se han podido solucionar.
Paralelamente, ha hecho irrupción un cambio deslumbrante en el terreno de la ciencia y la tecnología que ha modificado las formas de comunicación, ha transformado las actividades productivas y ha dado lugar a una cultura nueva que parece renovarse cada día y cuyas consecuencias son francamente impredecibles.
A esos cambios se suma el surgimiento de nuevos polos de poder económico, los cuales se localizan fundamentalmente en Asia, donde China se ha convertido en el centro más poderoso de las finanzas y el comercio internacionales, avanzando rápidamente a igualar la presencia económica de Estados Unidos.
Los países emergentes, que participan muy activamente en la economía internacional, que tienen un gran potencial demográfico, altos índices de crecimiento y voluntad de hacer sentir su presencia y de ejercer influencia en su entorno inmediato y a nivel internacional, se han constituido en un grupo ya institucionalizado, los llamados BRICS, cuya presencia no se puede soslayar en cualquier análisis sobre la situación internacional de nuestros días.
¿Cómo se posiciona en ese mundo del siglo XXI América Latina? ¿Qué posibilidades tiene de incidir en la transición hacia un orden internacional que por lo pronto sólo se encuentra en una etapa de gestación?
Las preguntas anteriores, que fueron vivamente debatidas en el evento del RIAL, no tienen una respuesta única pero obligan, por lo pronto, a diseñar una visión realista en la que se decanten tanto las limitaciones como las posibilidades de que América Latina esté presente en los momentos de transición, de manera que pueda salir de ella fortalecida en los ámbitos que se haya propuesto.
Dentro de las limitaciones se encuentra, desde luego, la enorme heterogeneidad que caracteriza a la región en términos de niveles de desarrollo, situación geopolítica, diferencias ideológicas, capacidades institucionales, intereses nacionales y otros aspectos.
Lo anterior no significa que sea imposible construir una agenda de encuentros e intereses comunes de los países de América Latina. Los elementos de dichas posibilidades residen, primeramente, en los acuerdos subregionales. La mejor manera para incidir en el mundo del futuro no es mediante la construcción de mecanismos incluyentes de toda América Latina y el Caribe; eso funcionará, quizá, para elegir candidatos en un organismo internacional. Más allá, lo que se requiere son mecanismos subregionales flexibles que puedan potenciar el peso de los países que formen parte de los mismos. La Alianza del Pacífico, el Mecanismo de Tuxtla, la Cooperación Sur-Sur, o instituciones más elaboradas, como Unasur o el Consejo de Defensa de los países del Cono Sur, aparecen como los ejemplos más evidentes de acuerdos subregionales con capacidad de incidencia.
Luego, es preciso identificar acciones que, encabezadas por potencias emergentes ya establecidas, como Brasil, puedan tener peso en las discusiones sobre una nueva arquitectura internacional. Aquí está por definir si México entrará plenamente a esa categoría de países.
Finalmente, no se debe descuidar la fuerza del pensamiento; las contribuciones de la Cepal, del PNUD, de pensadores como los creadores de la teoría de la dependencia, han contribuido a esclarecer las condiciones que determinan la inserción de América Latina en el mundo. A ello también puede contribuir el relanzamiento del RIAL.








