Continuamente amenazado por guerras internas y externas, pugnas políticas y sectarias, aplastado por la popularidad de la industria del cine egipcio, Líbano tiene una cinematografía propia que incluso conoció su época de oro por ahí de la década de los sesenta. El territorio libanés también ha visto germinar lo mejor del cine palestino. Cada nueva cinta libanesa lleva algo de acontecimiento, así ocurre ahora con la comedia dirigida por la actriz Nadine Labaki, ¿Y ahora a dónde vamos? (Et maintenant on va où?; Líbano-Francia-Egipto, 2012).
En algún lugar del Líbano, una comunidad de cristianos convive pacíficamente con la otra parte del pueblo formada por musulmanes hasta que la guerra estalla cerca de ahí; entonces comienzan las hostilidades entre unos y otros; la mujeres se unen y conciben una buena treta para calmar el ánimo de sus hombres.
Se trata, por supuesto, de una versión de Lisístrata que, pese al recato que nunca pierde (si se compara con Aristófanes, quien no se andaba por las ramas cuando de materia sexual se trataba), precisamente para no herir la susceptibilidad de musulmanes y cristianos, sí logra una tensión erótica en situaciones chuscas y en juegos interpersonales, como ocurre con el flirteo entre Hamal, la dueña del café local (interpretada por la misma Nadine Labaki) y Rabih (Julian Farhat), una cristiana y un musulmán que esperan vivir juntos algún día.
Nadine Labaki, que nació con la guerra del Líbano y creció con ella hasta los 15 años, sabe que la mejor manera de expresarse, como otros artistas y realizadores libaneses, es autocensurarse para decir mejor las cosas, que nadie se dé por aludido pero que todos entiendan. La idea del guión le vino con el estallido sectario de 2008 en su país; en la escritura colaboró Thomas Bidegain, el coguionista de Jacques Audiard; cineasta inteligente y cultivada, autora ya de un exitoso largometraje (Caramel, 2007), Labaki no pretende hacerle creer a nadie la bobada de que si las mujeres tuviesen el control se evitarían la guerras, como pretenden algunos comentarios; se propuso simplemente mostrar lo absurdo de la guerra, sobre todo entre aquellos que forman parte de la misma familia o nación, que conviven cada día.
Según declara, la realizadora quiso observar el fratricidio de la guerra desde una mirada infantil, de ahí la falta de realismo y el tono de fábula que puede confundirse con falta de dirección; quizá demasiados personajes que se toman tiempo en darse a conocer, pero el manejo de actores se impone y el recurso coreográfico, procesiones de mujeres en negro, escenas musicales, cimentan bien la película. Tampoco es que Labaki haya pretendido hacer un comedia musical; en el cine egipcio, como en el indio, es inconcebible no ofrecerle al público números musicales; el manejo de comunidades opuestas, musulmanes y cristianos, hombres y mujeres, amigos y enemigos se presta a los coros y a los duetos; había que aprovechar la influencia egipcia. La música original para la película la compuso el marido de la directora, Khaled Mouzanar.
¿Y ahora a dónde vamos? se inscribe en una tendencia que se impone cada vez más, la de un cine que flota en la frontera de lo comercial, donde abundan las concesiones a beneplácito del gran público, pero un cine que tampoco renuncia a su vocación autoral. Un tanto de diversión con una buena dosis de reflexión seria; como deja entrever el comentario de Hamal, a final de cuentas son las mujeres las que tienen que llevar el duelo de tantos muertos.








