Canto ceremonial para Antonio Cisneros

La mañana del sábado 6 murió en su Lima natal, a los 69 años, Antonio Cisneros, una de las grandes voces de la poesía de América Latina. Era ampliamente conocido en nuestro país, al que vino en múltiples ocasiones. En México se imprimieron algunos de sus libros y se le otorgaron distinciones importantes. Desde su perspectiva izquierdista, escribió crónicas políticas para Proceso.

Hace apenas dos meses Antonio Cisneros presentó en la Feria Internacional del Libro de Lima la edición conmemorativa de Canto ceremonial contra un oso hormiguero, el libro de poemas que le valió el premio Casa de las Américas en 1968 y dio a conocer su nombre en todo el mundo de habla hispana. Su muerte resulta doblemente dolorosa por inesperada y prematura. Nadie sabía que le carcomía el pulmón izquierdo un tumor canceroso de nueve centímetros, mal que empeoraba una fibrosis.

Por ello fue tan afortunado como oportuno que el sello peruano PEISA decidiera rendirle ese homenaje a los 44 años de la aparición de esa obra, con una nueva edición que incluye dos textos introductorios: uno del poeta cubano Fayad Jamís, miembro del jurado que le otorgó el premio a Cisneros, y otro de Mario Vargas Llosa, escrito también en 1968, para el semanario limeño Caretas, en el que el novelista demuestra ser un estupendo lector de poesía.

Vargas Llosa y Cisneros se conocían desde antes de que este último ganara el premio. No habían sido amigos en Perú, aunque se habían conocido a través del inmenso poeta Emilio Adolfo Westphalen (fallecido el año pasado). Inglaterra los acercó. Vargas Llosa fue a recibir a Cisneros a la Victoria Station cuando éste llegó a Londres en 1967, gracias a una beca Javier Prado para seguir estudios de posgrado, lo suficientemente buena como para que un joven viviera un año en Europa (una de esas becas le permitió a Vargas Llosa instalarse en España). Escribe Vargas Llosa:

“Dos reacciones extremas amenazan a los jóvenes sudamericanos que llegan a Europa: una feroz melancolía provinciana que los catapulta en la soledad y en la neurosis más paralizantes, o una euforia ecuménica de bárbaros hechizados por los prestigios más artificiales y llamativos de la vida bohemia, que lleva a perderse, a disolverse en un cosmopolitismo invertebrado e irreal. Cisneros ha sorteado felizmente estas dos trampas, y aunque corta, su experiencia europea le ha sido sumamente provechosa: ha ensanchado su visión del mundo, ha disciplinado su vocación, ha fortalecido espiritual y emocionalmente su personalidad de creador. La trayectoria de este enriquecimiento puede advertirse con nitidez en las tres partes que componen Canto ceremonial contra un oso hormiguero.”

En ese Londres Vargas Llosa le presentó a Guillermo Cabrera Infante. Cisneros coincidió en esa ciudad con José Carlos Becerra, con Hugo Gutiérrez Vega, con José Emilio Pacheco. (De paso: es interesante estudiar las afinidades entre el Canto ceremonial… y  No me preguntes cómo pasa el tiempo, de Pacheco, más allá de la coincidencia temporal en la redacción de ambos y de la inusitada longitud de sus títulos).

 

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Habituados a leer poesía en la que suele primar un “yo” lírico emotivo que narra su confrontación con el mundo en términos románticos, los lectores de habla hispana se vieron sorprendidos al internarse en las páginas del Canto ceremonial… y descubrir una voz que privilegia el escepticismo y la ironía con una hondura de la que sólo es capaz una conciencia que discierne que todo drama personal se rompe los dientes en las interminables escalinatas de la historia colectiva.

Su dueño era un hombre de 26 años que desde mucho tiempo antes gustaba de leer libros de historia, de viajes, de enciclopedias; que conocía bastante bien su país, que se interesaba por las ciencias sociales –desde mediados de los años cincuenta para acá la fragilidad de América Latina ha hecho que la mayoría de sus escritores sean economistas y politólogos aficionados–, y que además de entonar su oído con la poesía clásica española había leído con atención la obra de Bertolt Brecht, la obra de Nicanor Parra, la obra de Ezra Pound, de T. S. Eliot, de Robert Lowell. (De la importancia que la poesía de lengua inglesa tiene para Cisneros es testimonio, asimismo, la extensa antología de Poesía inglesa contemporánea, que empezó mientras vivía en Londres y Barral publicó en Barcelona en 1975.)

En México su obra tardó en difundirse y en llegar a un número amplio de lectores. Del Canto ceremonial… prácticamente no llegaron a librerías ejemplares de la edición de Casa de las Américas y sólo hasta 1972, con la aparición de la edición española en la célebre colección Ocnos y con Poesía hispanoamericana 1960-1970. Una antología a través de un certamen continental (1972), hecha por Saúl Yurkievich para Siglo XXI Editores, empezó a conocerse de manera un poco más extensa.

Muchos lo habrán visto citado por primera vez en uno de los poemas de Pacheco, “Birds in the night”, de la sección final de Irás y no volverás, publicado en 1973, mismo año en que apareció la primera nota mexicana sobre un libro de Cisneros, escrita por David Huerta a propósito de Como higuera en un campo de golf (sexto libro de Cisneros).

Alcanzó a los lectores más jóvenes en la segunda parte de los años setenta, como lo muestran las extensas notas de Jorge Boccanera y de Guillermo Sheridan, y la edición de una pequeña revista de poesía hecha por Mario Alberto Mejía, Isabel Quiñónez y Eduardo Langagne titulada El oso hormiguero, cuyo primer número, dedicado íntegramente a Cisneros, apareció en diciembre de 1977

En 1981, la editorial Premiá, dirigida por el también peruano Fernando Tola de Habisch, publica Crónica del Niño Jesús de Chilca, el primer libro de Cisneros impreso en México (aparece en nuestro país antes que en Perú), y a lo largo de esa década poemas suyos aparecen con cierta frecuencia en suplementos y revistas. En 1983 empieza a visitar México como participante de festivales internacionales de poesía (vino por primera vez en 1978, pero de manera privada) y su contacto con nuestro país se vuelve cada vez más estrecho. Así lo prueba la edición, en 1989, de Por la noche los gatos. Poesía 1961-1986, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, con prólogo de David Huerta y epílogo de Julio Ortega.

El vínculo mexicano se consolidará en los siguientes años a través de Marco Antonio Campos, autor de una de las últimas y mejores entrevistas con Cisneros (disponible en el enlace https://circulodepoesia.com/nueva/2012/10/marco-antonio-campos-entrevista-a-antonio-cisneros/) y gestor de la edición de la antología Propios como ajenos, que la Coordinación de Humanidades de la UNAM publicó recientemente en la colección Poemas y Ensayos.

A petición de este semanario, Cisneros escribió crónicas políticas sobre la realidad sudamericana: En octubre de 1988 “Un retrato de Chile”, en vísperas del plebiscito sobre si Pinochet debería dejar el poder o no, y en julio de 1990, “Vivir (es un decir) en el Perú”, sobre la crisis más difícil de su historia.

 

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Cisneros solía recordar que al terminársele la beca Javier Prado ya había conseguido un trabajo en la Universidad de Southampton como Lector en el Departamento de Español (detestaba a los poetas que no sabían ganarse la vida), pero el sueldo era magro y para redondear los ingresos consiguió un trabajo como lavaplatos en un Wimpy Bar (parte de una de las primeras cadenas estadunidenses establecidas en Inglaterra), en Shirley High Street. De día se convertía “en el mejor lavaplatos del barrio” y por la tarde daba clases. No tenía empacho en confesar que nunca había sido un profesor apasionado, aunque la vida académica habría de ser parte importante de su sostén tanto en aquel Londres, como en Perú, en Hungría y en los Estados Unidos.

Lo que sí le apasionaba era el periodismo. Para ser más exactos, el periodismo cultural. Tuvo un magnífico maestro  en Westphalen, con quien colaboró como secretario de redacción en los comienzos de la extraordinaria revista Amaru. Con base en esa experiencia, consolidada en los años setenta al frente de semanarios como Marka, y Monos y Monadas, entre 1980 y 1984 dirigió un suplemento cultural semanal que hasta hoy es considerado como uno de los mejores que haya tenido la muy calificada prensa peruana: El Caballo Rojo, parte de la edición dominical de El Diario. A la manera de México en la Cultura, el gran suplemento de Fernando Benítez, El Caballo Rojo era una especie de biblioteca para la gente que no tenía el hábito o el dinero para comprar libros. Igualmente notable era el suplemento ¡No!, que dirigió en la segunda mitad de esa época para el semanario Sí, de César Hildebrandt, aunque en él se veía obligado a manejarse en un espacio mucho más reducido.

Y se solazaba escribiendo columnas y crónicas. Parte de ellas ha sido reunida en libros como El arte de envolver pescado (1990) y El libro del buen salvaje. Crónicas de viaje / Crónicas de viejo (1994). Su prosa es tan notable como sus versos y hace gala de idénticas cualidades: inteligencia, humor, incisividad. Aunque fueron escritas de cara a los lectores peruanos, trascienden por mucho el ámbito estrictamente local y merecen verse reunidas en un solo volumen que circule entre quienes son admiradores de su poesía.

En los últimos años su quehacer periodístico se trasladó de la página impresa a las pantallas televisivas, con el programa Esta noche con Antonio Cisneros (2001-2002), y como columnista, hasta el año pasado, de Cable TV, y a la señal radiofónica, con La crónica del oso hormiguero. Hacia el final de su vida, sobra decirlo, Cisneros se había convertido en uno de los poetas más populares y queridos del Perú.

Nacido el 27 de diciembre de 1942 (enemigo de celebrar su cumpleaños), Antonio Cisneros Campoy fue siempre un muchacho, “un viejo muchacho de barrio”, como él mismo se definió alguna vez. Sencillo, afable, divertido, informadísimo siempre, con una inteligencia veloz, amante de la conversación, de la música, de la comida, de la larga sobremesa, del “mar marrón de Lima”, que veía todos los días desde el ventanal de su sala, era un hombre de familia, adorador de Nora Luna, su mujer (La Negra, una hermosa cajamarquina), de sus bellas hijas, Soledad y Alejandra, ambas artistas plásticas, y de Diego, su primogénito, a quien los dioses –como quería su padre– le han sido propicios.

Y era también un capitán entre sus amigos. Todos reconocían que había en él un narcisista, pero disimulado de tan cariñoso que era, incapaz de incomodar a nadie –se prodigaba en la amistad, que supo convertir en una de sus artes.

Fumador irredento, la enfermedad lo tomó por sorpresa, al igual que a todos los que estaban cerca de él. Hasta sus últimos días se veía siempre fuerte, si bien dependía de la suministración permanente de oxígeno.

Supo, desde que le dieron el diagnóstico de sus males, que la muerte estaba próxima, y la esperó con entereza. No se hacía ilusiones.

Por desgracia, el tiempo nunca es suficiente. La vida nunca es suficiente. No lo fue para él, ni para quienes esperaban disfrutar más de su presencia.

Antonio Cisneros murió en casa de su madre, quien lo sobrevive, en la calle de Chiclayo, en la misma recámara que habitó durante su infancia. Le expresó su asombro por este hecho al narrador y ensayista Guillermo Niño de Guzmán, uno de los más cercanos amigos de Cisneros, el único orador en la ceremonia fúnebre que tuvo lugar el 7 de octubre en un cementerio de La Molina.

Desde 2005 Cisneros se desempeñaba como director del Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores de Perú.

Sobra decir que con él han perdido a uno de sus mejores embajadores.