Capistrán, gestor de empresas culturales en Veracruz

Miguel Capistrán fue uno de esos personajes que cuentan con una extraordinaria capacidad para alentar, siempre con entusiasmo, una gran diversidad de empresas culturales –paralelas a su obra como investigador y crítico literario– en el ámbito del rescate y conservación del patrimonio cultural, principalmente el de su estado y su ciudad natal: Córdoba, Veracruz.

Como todo promotor que trabaja en múltiples proyectos, su labor provocó no

pocas filias y fobias, pero nadie podrá negar su permanente e infatigable vocación por el redescubrimiento y difusión no sólo de la literatura y el arte mexicanos de la primera mitad del siglo XX, sino también de los artistas viajeros que pasaron por Veracruz a lo largo del siglo XIX. En cuanto al acervo histórico y artístico veracruzano, Capistrán destacó de forma discreta, pero decisiva, en la asesoría, salvaguardia y puesta en valor de los siguientes bienes muebles e inmuebles en su estado natal: el portal de la Gloria en Córdoba (1970-71, desde hace más de 20 años Casa de Cultura); los tranvías y la antigua droguería del puerto de Veracruz (1983), labor que por cierto lo confrontó (sin él saberlo) con intereses de políticos y narcotraficantes; la creación de la Pinacoteca Veracruzana (empresa iniciada por Fernando Gamboa), mediante la adquisición en subastas y colecciones privadas de obras pictóricas de finales del siglo XVIII, hasta buena parte de la colección veracruzana de Diego Rivera, además de espléndidos cuadros de José María Velasco (1983-86); la consolidación de los proyectos del Museo de Antropología (de nuevo junto a Gamboa) y de El Lencero (1983-1986); el rescate del antiguo edificio del Casino Español en Córdoba (1985); en Xalapa, la apertura de la Galería del Estado (1990-1991, hoy de Arte Contemporáneo) y la Pinacoteca Diego Rivera (1998, con el apoyo de Rafael Arias y de Guadalupe Rivera Marín); además de la adquisición (2000, durante mi gestión) del magistral Retrato de Manuel Maples Arce, dibujado por Jean Charlot y que entregamos como parte del acervo artístico de la pinacoteca xalapeña.
Tampoco se debe olvidar que Miguel dirigió el Museo de la Ciudad en Veracruz (1983-1986, cuyo director fundador fue Juan Vicente Melo), y que durante su titularidad un amplio número de escritores y artistas visuales participó en talleres, conferencias y exposiciones, como lo recordó –hace tiempo– Huberto Batis. Fabricante de quimeras y una que otra pesadilla, Capistrán concertó voluntades políticas (siempre las “coyunturas”) para la realización de empresas culturales que dejaron huella, insertándolo desde hace tiempo en la tradición de los mejores gestores culturales de la segunda mitad del siglo XX. Por ello su trabajo merece una revisión más amplia y detallada.

Sus puntos de vista en cuanto a la curaduría e investigación de las artes visuales decimonónicas, modernas y contemporáneas, privilegiados por el trato directo con creadores, no fueron por supuesto inapelables, pero cuentan como una de las contribuciones más sólidas hechas por un crítico literario. De ahí que le debamos a Capistrán, también, la realización de diversas exposiciones: desde la apertura de la Galería Argos (cuya primera muestra incluyó trabajos de Guillermo Barclay y Francisco Beverido, padre) y la posterior Tesoros Artísticos de Córdoba, en Capistrán, gestor de empresas culturales en Veracruz el Casino Español, las dos en su tierra natal (1960); hasta la titulada La mirada contemporánea:
Arte Mexicano en el siglo XX que, como celebración nacional por el centenario del natalicio de Xavier Villaurrutia, se presentó en el Museo de Arte Moderno, pasando por la de pintores en el Homenaje Nacional a Contemporáneos
(1982), que llevó a cabo el INBA en el palacio de Bellas Artes; y el reconocimiento (último en vida) a Rufino Tamayo,
con la exhibición de sus mixografías en la galería del Estado en Xalapa (1991); además de
la muestra de Retratos y Paisajes de Veracruz (1992), que recorrió Xalapa, Córdoba y Orizaba.
Y no olvidemos, tampoco, su generosa asesoría en las dedicadas a Julio Castellanos y Antonieta Rivas Mercado. Una virtud que siempre agradecí a Miguel es su generosa conversación sobre temas y tópicos diversos. Durante varios años mantuvimos un frecuente diálogo informal y cálido, que la distancia y la vida diaria hicieron cada vez más pausado.
Me queda claro que Miguel Capistrán, con su dilatado trabajo, contribuyó de manera decisiva al estudio y la fortuna   ítica de las letras mexicanas. Ejerció la crítica literaria, al igual que la gestión cultural, con una vocación alejada de caprichos, arbitrariedades y desmesuras. Por ello celebré, como muchos otros amigos suyos –entre ellos Gabriel Zaid–, la distinción que le brindó la Academia Mexicana de la Lengua. Fue un hombre de grandes soledades, pero de diálogo ininterrumpido lo mismo con Villaurrutia, Cuesta, Novo, Owen, Gorostiza, Maples Arce, Borges, Rivas Mercado y Rodríguez Lozano, que con sus contemporáneos, como Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Luis Mario Schneider, Alí Chumacero y Michael K. Schuessler.
Será un acto de justicia recuperar su dilatada obra de investigación literaria y reconocer sus empresas culturales y patrimoniales.

*Historiador, crítico de arte, subdirector del Patrimonio Mundial del INAH.