El privatizador de Telmex ofrece recetas para sanar a México

El exfuncionario salinista Jacques Rogozinski –el otrora vendedor más grande de empresas públicas en México– reaparece en escena con un nuevo libro que será puesto en circulación en los próximos días por Random House Mondadori: Mitos y mentadas de la economía mexicana. Por qué crece poco un país hecho a la medida del paladar norteamericano.  Funcionario del BID desde hace más de 10 años, radicado en Washington, el economista sostiene que los mexicanos nos autoflagelamos y que somos incapaces de defendernos. Y tras hacer un repaso de la historia económica mundial lleno de metáforas, lanza su receta: “La economía de México precisa su propia aspirina…”.

México ha perdido mucho tiempo y enormes posibilidades de tener un crecimiento económico que genere empleos suficientes y asegure el bienestar de la población.

La razón: el país “se ha comportado, históricamente, manteniéndose rehén de sí mismo, aplicando ideas casi con ansiedad automática, sin evaluar con detenimiento sus insumos, sus posibilidades y sus capacidades, sin adaptar los modelos económicos a su propia realidad y sin pintarle la raya a nadie”.

Así lo escribe Jacques Rogozinski Schtulman en su libro Mitos y mentadas de la economía mexicana. Por qué crece poco un país hecho a la medida del paladar norteamericano, que esta semana estará ya en librerías bajo el sello de Random House Mondadori, en su colección Debate.

El autor es, desde enero de 2000, director general de la Corporación Interamericana de Inversiones, un organismo del Banco Interamericano de Desarrollo que brinda apoyo financiero a pequeñas y medianas empresas de América Latina y el Caribe.

Dado su alejamiento geográfico, su nombre podría no decirle gran cosa a muchos, sobre todo a los más jóvenes, pero fue un funcionario mexicano –de origen francés– de notable relevancia y muy conocido.

En el gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) se desempeñó como titular de la Unidad de Desincorporación de Entidades Públicas, en la Secretaría de Hacienda, que era la encargada de vender, fusionar, transferir o liquidar las empresas paraestatales.

Cientos de procesos debió dirigir Rogozinski –el gobierno mexicano, al inicio de la gestión de Miguel de la Madrid (1982-1988) acumulaba más de mil 200 paraestatales–, pero destaca sin duda la polémica venta de Teléfonos de México a Carlos Slim, proceso que en el libro detalla y defiende su conclusión. Cualquiera que hubiera ganado Telmex habría sido señalado como “amigo” del presidente (Salinas); pero no hubo tal amiguismo, dice.

En columnas especializadas de la época era común que a Rogozinski le llamaran “Jacques el desincorporador” o “el Og Mandino mexicano”, por ser “el vendedor (de empresas públicas) más grande del mundo”. Su experiencia en la Unidad de Desincorporación quedó plasmada en su libro La privatización en México: razones e impactos (Trillas, 1997).

En Mitos y mentadas, Rogozinski sorprende porque pone el acento –es el eje del libro– en algo que parecería impensable que proviniera de un egresado del ITAM (licenciatura en administración), de la Universidad de Colorado (doctorado en economía), exintegrante de un gobierno emblemático del neoliberalismo… y que lleva más de 12 años viviendo en Estados Unidos.

“La demanda central –dice en el epílogo–, es ponernos a cubierto del facilismo de salir a tomar prestadas recetas que no fueron creadas por nosotros ni con el futuro de México en mente. Por alguna razón, la medicina está apostando a los medicamentos genéticamente orientados: cada organismo es distinto del otro, así todos seamos humanos.

“La economía de México precisa su propia aspirina. Debemos pensar qué necesitamos en función de lo que somos como nación, lo que poseemos y lo que queremos ser. Adaptar, como he dicho antes, la receta a las condiciones de nuestra cocina y su despensa.

“En el camino, seguiremos recibiendo tentadoras invitaciones de entregarnos al mágico pensamiento de los grandes cerebros internacionales, promocionados sin pudor por gobiernos, academia, intelectuales y medios.”

 

Una receta singular

 

De los tres grandes apartados en que divide el libro, Rogozinski desarrolla en el primero todo el tema que ocupa su principal preocupación. Con claridad recorre el camino de la historia económica del mundo, desde los economistas clásicos hasta los actuales, pasando por todas las corrientes de pensamiento económico, de las que –justamente– han derivado los recetarios que México compró y “que ni sus creadores siguen al pie de la letra”.

En la segunda parte, que sin duda será una de las más polémicas, aborda temas que más bien son parte de la historia, las costumbres, la cultura y la idiosincrasia mexicanas, pero que también son obstáculos para el crecimiento económico.

En el epígrafe de esa segunda parte, el autor adelanta el tono con que tratará los temas y las ideas que, a su juicio, tampoco han permitido que crezcamos económica y socialmente.

Dice:

“De cómo los intelectuales del desarrollo nos convencieron de que todos los países pueden tomar el mismo jarabe. De cómo la cultura local es trascendental para crear estrategias de desarrollo eficientes. De cómo hay países que demuestran que hay caminos alternativos. De cómo la familia tradicional, una educación demodé, nuestra resistencia a la lingua franca y al extranjero capaz dan lugar al aislacionismo y elevan las barreras para el desarrollo. Y de cómo México se equivoca al hacer de la corrupción –y no de la deshonestidad– su decisiva bestia negra.”

Ejemplo del trato que da Rogozinski a cada uno de esos temas, es lo que dice sobre el idioma inglés:

“México debería imitar a Finlandia. No debería ser motivo de discusión la incorporación de la enseñanza del inglés –o la lingua franca que sea– como condición sine qua non para graduarse de las escuelas primarias y secundarias de México. Ni se trata del avasallamiento de derechos esenciales –es política educativa– ni representa, para terminar con las últimas mentes trasnochadas, un renunciamiento a la soberanía o la aceptación de ninguna claudicación cultural inexistente.

“Incorporar una segunda o tercera lengua a la formación de los dirigentes, empresarios y trabajadores del futuro es una necesidad estratégica.

“Lo demás, un absurdo.”

Refiere que en China, inclusive, el inglés ya es, desde hace años, obligatorio en todas las escuelas de ese país.

 

Los argumentos

 

Cuando Rogozinski asegura que el país se equivoca al poner a la corrupción como el principal problema que impide el crecimiento económico –la bestia negra–, se refiere a que la experiencia empírica internacional demuestra que “en la práctica, corrupción y crecimiento pueden mantenerse si no se rompen ciertos principios básicos”.

Lo explica así: “Nadie discutirá que reducir la corrupción a su mínima expresión es benéfico desde el punto de vista moral, pues es absurdo querer vivir en sociedades laceradas. Pero como éste no es un libro de principios morales, lo que debemos preguntarnos es qué tan perjudicial resulta la corrupción para el crecimiento y desarrollo económicos.

“Analistas, académicos y numerosos estudios aseguran que es negativa para el desarrollo pues, entre otras cosas, no asigna en forma eficiente los recursos de la economía, reduce la competencia, y su costo y la incertidumbre que provoca desincentivan en apariencia la inversión.

“Sin embargo, no todos piensan igual. Ha-Joon Chang, en el provocador libro Bad Samaritans: The Myth of Free Trade and the Secret History of Capitalism, recuerda cómo naciones en extremo corruptas son también un desastre económico –Zaire y Haití, por ejemplo–, pero también cómo otras con serios problemas crecen con cierta “decencia” –Indonesia– y cómo un tercer grupo lo ha hecho a altas tasas, por largo tiempo y de manera sostenible –Italia, Japón, Corea, Taiwán, China– aun cuando el cáncer está arraigado a escala masiva.”

Más adelante: “Por lo tanto, para comprender el rol y las implicaciones de este cáncer, conviene preguntarse si la corrupción es una causa central de los males del desarrollo o una consecuencia de problemas mayores.

“Un estudio de la Agencia para el Desarrollo Internacional de Noruega –una de las naciones menos corruptas del planeta– actualiza ese debate. ‘Existe una fuerte correlación entre el PIB per cápita de un país y su posición en los índices de corrupción’, escriben sus autores. ‘Sin embargo, no puede inferirse (que exista) causalidad entre el PIB y la corrupción. ¿Es un país pobre por causa de la corrupción, o es corrupto por causa de la pobreza?’.”

En la tercera y última parte, el libro aborda temas igualmente polémicos, como la defensa que hace de las empresas dominantes, de capital nacional. En México se les critica, juzga y se les castiga, cuando debieran ser apoyadas e impulsadas para que conquisten mercados internacionales y así ayuden a jalar a la economía mexicana.

“Construir dominancia es central para tener un lugar importante en el mundo. Lo hacen países chicos y grandes”, dice. Y en conversación telefónica agrega Rogozinski: En el listado anual de las 500 empresas más importantes del mundo que publica la revista Fortune, México aparece sólo con dos –Pemex y América Móvil–, mientras que Suiza, un país chiquito, tiene 15; Brasil, ocho. Y en ambos países, como en la mayoría, los gobiernos apoyan a sus grandes empresas para tener más presencia internacional. En México no.

También pone sobre la mesa el tema de la extranjerización del sistema bancario mexicano, que “afecta el potencial para crecer y construir hegemonías”.

Afirma: “Carecemos de un sistema de crédito fluido y eficiente… y dependemos de la provisión irregular e inconstante de instituciones financieras poco interesadas en hacer crecer el negocio del crédito productivo. En México, los bancos son repartidores de gas que llegan tarde, no parecen necesitar modernizar su servicio y se bastan con su clientela actual”.

Finalmente, Rogozinski explica, por teléfono, desde su casa en Washington, una frase inicial del libro, la de que “México, rehén de sí mismo”.

Dice: “México es y ha sido rehén de sí mismo porque siempre se está autoflagelando, en lugar de estar viendo hacia adelante, de defenderse ante el mundo. Los mexicanos no se defienden, sólo se rasgan las vestiduras. Teniendo formas de pintar su raya, no lo hacen”.