Rafael F. Muñoz: De los negros que negrean

La palabra negro no sólo es el nombre del correspondiente color, el más oscuro de todos. Cuando el cielo se oscurece se dice que está negro. Cuando a uno le caen las desgracias se dice que tiene suerte negra. Las películas de terror son del género negro. El negro de humo es un producto industrial. Al canto religioso de las personas negras norteamericanas se les denomina negro espiritual. Hay muchas otras aplicaciones de la palabra, pero lo que ahora nos interesa es la que llama negro al individuo que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro.

Aunque son frecuentes en el periodismo, los negros prestan servicios a mandatarios, jueces, diputados, senadores, empresarios, jefes de esto y de aquello. Cuando, como en estos días en México, hay relevo de gobiernos federales, estatales, municipales… se produce un cambio muy dinámico de negros. Se entiende, por ejemplo, que los negros de Felipe Calderón no serán los mismos que viene prestando y seguirán prestando sus servicios a Enrique Peña Nieto. Éste ha dado numerosas muestras de una pobre elocuencia cuando debe referirse a proyectos y acciones como máxima autoridad de la Nación, y llega a extremos grotescos cuando de cultura se trata en cualquiera de los campos: literatura, música, artes visuales, arquitectura, etcétera, etcétera.

Hasta ahora no se ha hecho una investigación detallada de quiénes han practicado la negritud en los ámbitos oficiales e institucionales desde que México se constituyó como país independiente, y deben ser muchisísimos porque cada especialidad requiere el negro correspondiente que no deje en ridículo al lector del teleprompter.

Mas he aquí que en la reciente edición en Biblioteca Era de los Cuentos completos de Rafael F. Muñoz (Que me maten de una vez) aparece un ejemplo soberbio por la ironía, el sarcasmo con que está escrito, desde nudos de inútil retórica y descripciones impropias de un gran narrador como Rafael Felipe Muñoz Barrios, nacido en Chihuahua, Chihuahua, y muerto en la Ciudad de México (1899-1972). Era un adolescente cuando militó en la División del Norte (1915-1916). Su mala relación con Venustiano Carranza lo obligó a exiliarse en los Estados Unidos. Regresó en 1920. Colaboró como periodista en El Heraldo, El Universal, El Universal Gráfico, El Nacional. Fue jefe de prensa de Álvaro Obregón y de las secretarías de Relaciones Exteriores y de Educación Pública.

Con palabras limpias que llaman a su lectura, fue autor de Memorias de Pancho Villa (1923), El feroz cabecilla y otros cuentos de la revolución del Norte (1928), El hombre malo y otros relatos (1930), Vámonos con Pancho Villa (1931), Si me han de matar mañana (1934), Santa Anna, el dictador resplandeciente (1936, 1937, 1945), Se llevaron el cañón para Bachimba (1941), Pancho Villa, rayo y azote (1955). La primera recopilación de sus cuentos se editó en 1960, la segunda es de 1968.

El tema del negro, con el título Una biografía, se encuentra en el volumen Si me han de matar mañana. Se trata de un licenciado que solicita a un general que le relate su biografía para corregir calumnias y desprestigios de los que ha sido objeto. Al aceptar el general le advierte: “Ponga ahí lo que le voy diciendo, nomás, como usted es leído, lo dice bonito, para que la gente no crea que soy como me pintan (…) Ya sabe, amigo, que yo salga bien parado ái en su libro”.

El cuento es largo y sólo reproduciré algunos ejemplos.

General: la mera verdad, es que yo nunca supe quién fue mi padre.

Autor: El padre de nuestro biografiado fue un hombre bueno y honrado que, víctima de sus intensos esfuerzos para llevar el pan a su familia y labrar el porvenir de sus hijos, falleció cuando el mayor de éstos, ahora nuestro jefe, contaba apenas cinco años de edad.

General: Me fui a la sierra. ¡Qué vida tan infernal! Los cerros no dan nada que comer y tuve que salir a buscarme alimento. Un día divisé un ranchero que venía a caballo con dos quesos en las angarillas; le aventé una pedrada con tan buen tino que lo dejé tirado a mitad de la vereda; le quité la pistola, el caballo, los quesos y metí carrera…

Autor: Los montañeses desde luego lo amaron. Le llevaban comida, vestidos.

General: Los rancheros nos hacían resistencia y nos pegaban siempre que podían, y otras veces nosotros. Ansina me fui haciendo hombre de guerra.

Autor: Se hizo la resolución de luchar por los pobres de su patria, pero no pudo lograr que muchos de ellos comprendieran sus sanas intenciones.

General: Algunos gringos nos pagaban bien por el ganado robado y el dinero que sacábamos lo enterramos donde ahorita nada más yo sé…

Autor: Pudo hacerse de un poco de dinero vendiendo el ganado que crió con grandes esfuerzos y ese dinero lo empleaba en la compra de armas y municiones para preparar el gran movimiento armado.

General: Todo el que quería hacerme sombra me lo echaba al pico… Me hice el jefe supremo.

Autor: Los grandes caudillos, como Cromwell y Napoleón, debieron a sus aptitudes geniales su dominio sobre las tropas. Así pasó con este hombre excepcional de quien nos ocupamos. Trataba afectuosamente a sus compañeros y nunca quiso considerarse superior a ninguno.

General: Entonces fue cuando comenzó la bola, pero no me quisieron dar grado, porque quesque yo era purito bandido…

Autor: Iniciado el movimiento, dejó la jefatura en manos de otros a quienes consideró más aptos que él para el objeto, y modestamente se retiró a la vida privada…

General: Entonces yo hice una bola por mi cuenta…

Autor: Pero la insistencia de los demás lo obligó, materialmente lo forzó, a aceptar el grado de general.

 

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Aquí los negros inexpertos, que ya se están moviendo para alabar a sus jefes (muchas veces mediocres e ignorantes, preocupados sí por el aspecto que mostrarán ante las cámaras), tienen aquí un modelo muy afectivo, aunque hay tantos como se les puedan ocurrir sin faltar a las reglas del juego.