De Jesús González Schmal

Señor director:

He seguido con interés el intercambio habido en Palabra de Lector entre el Sindicato Nacional de Mineros (SNM) y los autores del reportaje Mineras que se nutren de muerte (Proceso 1868), Juan Alberto Cedillo y Arturo Rodríguez García. En verdad me causa indignación la pobre defensa que los personeros del sindicato hacen de su gremio, al que ya hace casi medio siglo dirige la familia Gómez Sada-Urrutia (CTM). Es cierto que han sido objeto de arteros ataques de Fox y Calderón, beneficiarios de los Larrea Mota Velasco y de los Ancira y Salinas, pero también… hay que decirlo: “No cantan ustedes mal las rancheras”.

Resulta que en Pasta de Conchos el famoso Sindicato Nacional de Mineros brillaba por su ausencia. Pese a que la Comisión de Higiene y Seguridad de la mina, que por ley es de integración tripartita (patrón, gobierno y sindicato) reportaba el inminente riesgo de la tragedia que ocurrió, simple y llanamente el sindicato y el patrón Grupo Minera México no movieron un solo dedo para la prevención de los accidentes. Esas eran las condiciones, y, todavía más, ni siquiera el sindicato respetó su propio contrato colectivo porque los trabajadores eran de otra empresa y laboraban sin prestaciones bajo el sistema de outsourcing.

Es evidente que el SNM no se puede lavar las manos de la inseguridad de las condiciones del trabajo minero. Deben reconocer que las familias de Pasta de Conchos y de los pocitos los consideran tan responsables del “crimen industrial” a ellos como a la empresa Minera México, y que a seis años de distancia de los hechos ninguno de ambos les ha entregado los restos mortales de sus seres queridos.

Atentamente

Jesús González Schmal