Estampas mexicanas de John Cage

El 5 de septiembre de 1912 nació en Los Ángeles, California, John Milton Cage Jr., quizás el compositor más controvertido en el ámbito musical del siglo XX, y a la vez uno de los más influyentes. Admiró a Carlos Chávez, visitó México en dos ocasiones y estrechó vínculos con los músicos José Antonio Alcaraz y Mario Lavista, y con el poeta Octavio Paz.

I

 

Probablemente no hay nada tan difícil de aceptar como la música que nos resulta extraña, cuyo sentido se nos escapa, que no frecuentamos porque no nos gusta, y que generalmente a partir de ese disgusto no nos interesa comprender.

Basta con escuchar música china. Para nosotros, que formamos parte del mundo occidental, generador de una tradición musical literalmente inagotable, que ha nutrido y moldeado nuestra percepción auditiva, pocas cosas pueden parecernos tan disímbolas.

Deja de serlo mientras más la escuchamos. Deja de serlo cuando se conoce la manera en que es producida. Deja de serlo cuando junto al interés por ella se aprende algo de la literatura china, de su historia, de su geografía.

Pero es difícil abrirse a nuevos sonidos. Para la inmensa mayoría, lo común es oír una y otra vez la música que nos rodeó mientras crecíamos, la música con que cantamos y celebramos, la música en la que nos reconocemos.

Sí, la música es nuestra casa. Pero la música puede ser también, como lo diría John Cage, un medio de transporte veloz. Para ello hay que tener un oído aventurero. Y nunca ha sido tan fácil aventurarse en lo que a música se refiere como hoy. Ahora contamos con colecciones de música de todo el mundo, en todas partes parece haber interés por fundir (o fusionar, como se prefiera) música de diferentes géneros, diferentes regiones del mundo, diferentes tiempos… Y es probable que una buena parte de ese entusiasmo se deba precisamente a John Cage.

Brillante desde niño, dueño de excelentes calificaciones, parece, cuando se lee su biografía, haber estado abocado desde siempre a la música. Sus padres intentaron desanimarlo porque en la familia alguien se había dedicado a la música y no le había ido bien. Pero los convenció y acabaron comprándole un piano de cola mignon. Y aunque él mismo decía que nunca fue un buen ejecutante, es posible que sin ese piano hubiese sido otro su destino.

A los 18 años nuevamente convenció a sus padres para dejar la escuela y viajar a Europa. Volvió y se fue a Nueva York a estudiar. A los 22 volvió a Los Ángeles para hacerlo con Arnold Schönberg, quien le preguntó si podría pagarle sus clases. Cage le dijo que no. Schönberg le preguntó entonces si le dedicaría su vida a la música. Cage dijo que sí, y aquel lo tomó como su alumno gratuitamente.

La historia de Cage es maravillosa. Y su obra, como la de ningún otro compositor contemporáneo, produce asombro al mismo tiempo que dudas. Pero si bien se puede cuestionar su talento como ejecutante o como compositor –también es autor, por cierto, de piezas “convencionales”, que a muchos parecen de una gran belleza– de lo que no se puede dudar es de su genio como músico que, en su caso, se sirve también de la palabra.

Ahora que se celebra en muchas partes del mundo el centenario de su nacimiento, parece pertinente recordar parcialmente sus vínculos con México a través de algunas de las personas que fueron significativas para él.

 

Carlos Chávez

 

En 1935 Carlos Chávez publicó un libro, Hacia una nueva música: ensayo sobre música y electricidad –uno de los primeros textos sobre música electrónica que se hayan escrito, cuando el término “electrónico” ni siquiera existía– que dos años más tarde traduciría e imprimiría en Nueva York la casa W. W. Norton & Company como Toward a New Music: Music and Electricity.

En él Chávez, atento siempre al futuro de la música, habla sobre las posibilidades que brindan los primeros instrumentos electroacústicos y señala que indudablemente traerán cambios importantes.

Para el joven Cage el libro no pasó desapercibido. Como le comenta a Richard Konztelanetz, hubo dos libros que fueron para él fuente de inspiración “porque me permitieron entrar al campo de la música: New Musical Resources, de Henry Cowell, y Toward a New Music, de Carlos Chávez,  el  compositor  mexicano.”

Cage escuchó todo lo que le fue posible conseguir de la obra de Chávez. Éste era, no hay que olvidarlo, uno de los compositores más afamados de su tiempo. Y cuando pudo  escucharlo en vivo, naturalmente aprovechó la oportunidad. Por fortuna, existe un temprano testimonio del interés de Cage por Chávez. En marzo de 1942 Cage escribió una breve reseña para la revista Modern Music sobre un concierto que Chávez dirigió en Chicago con tres de sus propias obras, su arreglo a la “Chacona” de Buxtehude, y dos composiciones suyas: Concierto para cuatro cornos y la Sinfonía india, de la cual dice al final de su reseña: “Al escuchar esta sinfonía por vez primera uno tiene la impresión de recordarla. Es la tierra sobre la que caminamos, vuelta audible”.

 

Octavio Paz

 

En 1964, Merce Cunningham, entonces ya celebérrimo exponente de la danza en los Estados Unidos, es auspiciado por el gobierno estadunidense para a realizar una serie de presentaciones en varios países, que a la postre se convierte en una gira mundial. Es así com llega a la India.

En una recepción que se brinda a la compañía en un jardín de Nueva Delhi, según recuerda el propio Cage en Del lunes en un año, Narayana Menon, figura prominente en el mundo de la danza y las artes en la India, lo presentó con Octavio Paz:

–Te caerá bien el embajador, es un poeta.

Paz y Marie-José no sólo le caen bien a Cage, literalmente lo encantan. Los describe como “una pareja soberbia”.

“No quería que pasara una sola hora [recuerda Cage] sin estar con ellos, excepto, por supuesto, durante la noche.”

Cage entablará con los Paz una amistad para toda la vida. En 1966 se encuentran en Nueva York. Un sábado, mientras comen en un pequeño restaurante a orillas del Hudson, las seis personas sentadas a la mesa prometen volver a encontrarse en México, “de este lunes que sigue, en un año”, dice Octavio Paz. De allí surge el título del segundo libro de Cage: A Year from Monday, traducido y publicado por Ediciones Era en 1974 como Del lunes en un año.

Por desgracia, la cita mexicana, programada para los primeros día de junio de 1967, no se cumple. Los Paz no pueden viajar en esa fecha (aunque vendrán a México en octubre para la ceremonia de ingreso de Paz a El Colegio Nacional). En cambio, el poeta se convierte en uno de los principales difusores de las ideas de Cage en México. Y no sólo eso, le dedica un hermoso poema en Ladera este (“Lectura de John Cage”, escrito en 1968) con el cual lo hace presente entre todos sus lectores.

La fascinación de Paz por Cage parece deberse menos a razones musicales que metafísicas. Al parecer, encuentra en Cage un equivalente musical de lo que Marcel Duchamp significa para la pintura: precisamente un más allá, la puesta en tela de juicio de la sustancia misma de la música y, al mismo tiempo, la aproximación a su esencia más íntima a través de la interrogación.

En una conversación con Manuel Ulacia en 1989 a propósito precisamente de la música, la pintura y otras artes, éste le pregunta a Paz si considera a Cage un gran músico. Paz contesta: “No sé si me importa saber si John Cage es un gran músico. Sé que es un poeta, un sabio y un clown, como aquellos viejos maestros taoístas y budistas de China y de Japón. Un inventor de chascarrillos sublimes, un equilibrista que danza sobre la cuerda floja del nonsense”.

Diecisiete años antes, le dijo a Rita Guibert: “Me fascina John Cage. Su música y sus escritos. Los escritos son otro ejemplo de un texto que destruye los sentidos que emite, un texto que se deshace para que aparezca otro sentido…”

Tal vez, antes que por sus grabaciones, el nombre de Cage circuló en México a través de publicaciones literarias –para ser precisos, a través de la revista Diálogos, en la que su director, Ramón Xirau, escribió un pequeño artículo sobre el compositor en 1967.

José Antonio Alcaraz

 

Por desgracia, los lectores más jóvenes posiblemente no sepan hoy quién era José Antonio Alcaraz (1938-2001). Fue, además de espléndido compositor, uno de los más inteligentes e informados críticos de música en México, y un personaje de primera fila en el ámbito del teatro mexicano.

Como crítico, deleitó a sus lectores durante un cuarto de siglo en las páginas de esta revista, desde su fundación, donde publicó un saludo a John Cage cuando éste cumplió setenta años (Proceso, 283), y asimismo su homenaje luctuoso al colega y amigo en agosto de 1992 (Proceso, 825).

Alcaraz y Cage se conocieron en París, en 1966, cuando el primero estudiaba en el Conservatorio Nacional de Música de Francia. Para entonces, Alcaraz no sólo sabía quién era John Cage. Ya había escuchado buena parte de su obra y él mismo había compuesto música afín a la del norteamericano (en 1964 Alcaraz estrenó en la sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes la obra Fonolisa para cinta magnética sola).

La amistad creció con los años, y en 1976, en ocasión de la segunda visita de Cage a nuestro país, Alcaraz conversó con él largamente. De esa conversación hay dos registros: el primero apareció bajo el título de “John Cage: El sonido como centro del universo”, en Diorama de la cultura (suplemento dominical del diario Excélsior) del 29 de febrero de 1976. El segundo lo publicó la revista Plural (parte asimismo de la cooperativa Excélsior) en mayo de 1976.

Uno de los momentos más importantes de esa conversación ocurre cuando Alcaraz señala un dicho vulgar acerca de Cage que en aquellos años era moneda corriente: que sus ideas sobre música eran superiores en calidad a su música. A lo largo de su plática José Antonio Alcaraz demuestra cuán seria y minuciosamente conoce el trabajo de Cage, y cuán honda es su admiración por él.  (El tamaño de esa admiración se refleja perfectamente en el elogio con que Alcaraz cierra su nota luctuosa por Cage: “Repito, en este momento del adiós momentáneo, aquel juego que hice con tu apellido y tanto disfrutaste: Gracias a ti, jaula significa libertad”.)

 

Mario Lavista

 

El cuarto mexicano con el que John Cage estableció un vínculo entrañable es Mario Lavista (véase recuadro). Hay que señalar que Lavista es uno de sus más distinguidos conocedores y difusores, como se advierte en diversos números de la revista Pauta que dirige desde enero de 1982. Seis años antes, Lavista interpretó en el Museo de Arte Moderno de esta ciudad su homenaje a John Cage: Jaula, pieza para piano preparado elaborada en 1976 en colaboración con el artista Arnaldo Coen.

 

II

 

Cage vino a México en dos ocasiones. La primera, en julio de 1968, como parte de la compañía de Merce Cunningham, invitada a participar en la Olimpiada Cultural. En esa ocasión conversó con él ese extraordinario escritor y crítico musical que era Juan Vicente Melo, y Cage le dijo algo que por todo motivo vale la pena recordar: “Considero que una pieza de música debe ser útil. No sólo para mí sino también para los demás; y que debe servir precisamente para que abramos los oído a los sonidos que nos rodean por todas partes, de manera que nuestra facultad de gozar del sonido esté en nosotros más que en la obra de arte, porque si está en nosotros entonces estará tanto cuando estemos fuera como dentro de una sala de conciertos.”4

La segunda vez fue en febrero de 1976. Cage brindó tres conferencias en la Biblioteca Benjamín Franklin, y días después él y la pianista Grete Sultan brindaron un concierto auspiciado por la UNAM en el Teatro del Ballet Folclórico de México.

Por supuesto, la relación de Cage con nuestro país es más vasta que lo que puede mencionarse en esta nota, e incluye el interés del compositor norteamericano por los hongos, acerca de los cuales sabía tanto como los grandes micólogos del mundo.

También en esa afición estaba presente la música. Desde 1968 manifestó curiosidad por la relación entre los cantores y hechiceros mazatecos con los hongos alucinógenos.

 

4 Juan Vicente Melo: “Conversación con Merce Cunningham y John Cage”. Revista de Bellas Artes, número 24, nov-dic de 1968. pp. 86-90