Hambre de gol

Durante buena parte de su carrera como futbolista profesional, a Oribe Peralta no le sobraron oportunidades para demostrar su valía, si bien su vida estuvo plagada de privaciones. Marchó de un equipo a otro hasta que se reveló como goleador en el Santos de Primera División y durante los Juegos Panamericanos Guadalajara 2011. Su mayor triunfo, hasta ahora, ha sido el de convertirse en factor decisivo del triunfo de la escuadra mexicana en la final de futbol de Londres 2012. Hoy, a Oribe lo distingue una cosa: el hambre de gol.

LA PARTIDA, COAH.- Hombre de rancho y de piel curtida por el sol, Freddy Reza, El Pecas, sentencia: “En la vida sólo hay dos caminos: el del éxito y el de la jarra. Y Oribe Peralta eligió el camino acertado”.

En su adolescencia, Freddy y Oribe formaron parte del equipo Los Vagos, orgullo de la calle Solares, de tan sólo 23 casas, una de las cuales pertenece a la familia Peralta. Sobre la acera sólo hay dos viviendas de por medio antes de que el camino, ahora pavimentado, se pierda entre lotes baldíos cubiertos por maleza.

Del lado opuesto la calle termina a unos 80 metros y topa con la pared de una terregosa cancha: el cuadro donde Oribe empezó a forjar su futbol. Justo en la esquina con Solares está El Cerrito, calle en que los vecinos mantenían una fuerte rivalidad que acostumbraban dirimir con partidos de fut mediante su equipo, Los Vikingos.

“A Oribe simplemente no lo quería la gente de El Cerrito”, recuerda El Pecas a un costado del cuadro, la cancha donde Oribe se daba gusto con la pelota. El campo está prácticamente intacto, salvo que ahora tiene una pequeña tribuna, cuyo desvencijado techo de lámina de zinc fue donado por el propio Peralta.

Pese al tiempo transcurrido, los vecinos de El Cerrito conservan su animadversión contra el actual orgullo de La Partida, ejido de unos 5 mil habitantes. El rechazo en su propio barrio, donde nació hace 28 años, ha sido difícil para Oribe, pues incluso los espectadores del viejo estadio Corona que hoy lo aclaman antes le dieron la espalda.

“Pobrecito de mi hijo. ¡Cómo sufrió! Lo metían a jugar los últimos cinco minutos y la gente quería que con ese brevísimo tiempo resolviera los partidos”, dice su madre, Julieta Morones.

En los últimos meses de 2000 Oribe fue convocado a la selección nacional Sub-17 que dirigía José Luis El Güero Real, quien lo vio jugar en un partido amistoso contra el equipo del Centro de Sinergia Futbolística (Cesifut), con sede en Ciudad Lerdo, Durango, donde llegó a los 15 años para perfeccionar su técnica.

Peralta fue la estrella del encuentro al anotar los dos goles de la victoria contra la Sub-17. Para entonces ya había abandonado sus estudios en el Conalep de Torreón, donde apenas cursó un semestre.

Como seleccionado Sub-17 participó en el Mundialito de Argentina, donde fue designado el mejor jugador del torneo, por encima del astro argentino Carlos Tévez, y ganó una invitación para probarse en el Real Madrid. Sin embargo, una lesión de tibia y peroné dio al traste con esa oportunidad.

Desesperado regresó a La Partida para cumplir la rehabilitación, que se alargó un año. “Ya lo veía perdido, porque se nos estaba descarriando. Se iba en bicicleta a los bailes a los ranchitos cercanos, como La Paz, con todo y yeso”, recuerda su padre, Miguel Ángel.

Una vez recuperado decidió abandonar el futbol, pero su madre, quien antes se oponía a que se dedicara a este deporte, lo obligó a regresar: “Usted quiso eso, pues ahora le sigue. Cuando me decía que quería el futbol yo me inclinaba más por una carrera para que tuviera algo de qué vivir. Mi esposo era quien le veía mucho futuro en el futbol”.

 

Juicio del “experto”

 

A los 14 años, Oribe ya jugaba en el equipo mayor de La Partida, en la Liga Ranchera, integrada por 16 planteles de la región, donde había jugadores hasta de 30 años. “Desde entonces ya mostraba buenas cosas”, dice su padre.

Tenía 12 años cuando el equipo Santos se coronó en el Torneo Invierno 96, y Oribe salió a las calles de La Partida en una carreta jalada por mulas a celebrar el triunfo del equipo; 16 años después sería uno de los principales protagonistas del más reciente logro del conjunto lagunero.

En 2002 el fundador y propietario del Cesifut, Salvador Necochea, le consiguió un lugar en el equipo Morelia, de TV Azteca, con el que debutó en el Torneo Clausura 2003 bajo la dirección técnica del argentino Rubén Omar Romano. Jugó apenas tres minutos contra el América. Todavía alcanzó a agregarle 15 minutos más a su expediente en un segundo y último partido antes de abandonar el conjunto michoacano, toda vez que su director deportivo, Luis García, consideró que no era jugador de Primera División.

García, exfutbolista que militó en Pumas, América y el balompié de España, es actualmente analista de la televisora de Ricardo Salinas Pliego, el mismo que el pasado sábado 11 exclamó en la transmisión de la final de futbol de los Juegos Olímpicos de Londres que no sólo le daría un beso en la boca al goleador coahuilense, sino que “ahora sí” se “casaría” con él.

Oribe se fue a Morelia con los pocos recursos que su padre pudo reunir, pero a las tres semanas le llamó a su mamá: “¿No tienes 100 pesitos que me mandes? Es que ando todo sucio y ni siquiera tengo jabón para lavar mi ropa”, le dijo. Tampoco tenía para el pasaje, por lo que sus compañeros le daban “aventones” para acudir a los entrenamientos. El dinero del club no llegaba, pues seguía a prueba.

La familia pudo reunir mil pesos y todo indicaba que el joven debería regresar; no obstante, un día les llamó a sus papás y les dijo que había firmado por un año con el Morelia. “Oribe debuta a los 19 años, pero por falta de oportunidades”, recuerda su padre.

Miguel Ángel Peralta jugó futbol profesional en la Tercera División con los desaparecidos Galgos de la Escuela de Contaduría y Administración. Le puso Oribe a su primogénito por el extremo uruguayo Oribe Maciel, quien jugó para el América y el Unión de Curtidores en los setenta: “Me gustaba cómo jugaba Maciel y quería que mi hijo fuera jugador profesional”, explica.

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, Oribe significa “artífice que trabaja en oro”. Y lo que son las cosas, en la final contra Brasil, el nativo de La Partida fue el artífice del único oro que ostenta el futbol mexicano en la historia de los Juegos Olímpicos.

“Quería que fuera profesional, pero nunca soñé que ganaría el oro olímpico. Qué bueno que le dio alegría a toda la Laguna, a todo México, a la familia, y en especial a La Partida”, se ufana Miguel Ángel, quien para mantener a sus cuatro hijos debió dedicarse a tres labores: la música, la conducción de una pipa para Simas (Sistema Intermunicipal de Aguas y Saneamiento de Torreón) y la tapicería, actividades que hasta la fecha realiza.

“Tuvo lo necesario para jugar futbol. Aunque no fueran de buena calidad, siempre le comprábamos sus tacos y su balón de futbol. Fue pesado porque tuve que distribuir el dinero entre los gastos de la casa y los cuatro hijos. Aún es pesado porque tres de ellos todavía estudian, aunque Oribe aporta para sus estudios”, dice Miguel Ángel.

Los jóvenes Peralta también juegan futbol, sólo que a Obed y a Miguel Ángel “se les pasó la edad”, refiere Julieta, cuya hija, del mismo nombre, jugó para el Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario, que salió campeón tres años consecutivos en la Liga Interprepas. Es la goleadora y anhela un llamado del seleccionador nacional de la femenil, Leonardo Cuéllar.

 

Relegado

 

Tras su efímera etapa en el Morelia, en 2004 Oribe llegó a la división de ascenso con el León, entonces propiedad del empresario Carlos Ahumada. La situación iba de mal en peor, pues durante varios meses no recibió ningún pago debido al escándalo que envolvió al dueño del club. Pese a todo, Oribe compensó estos altibajos al conocer a la que hoy es su esposa.

En 2000, durante su concentración con la Sub-17, Oribe se enteró por la televisión de que una tromba había arrasado con parte del ejido La Partida. Su humilde morada, conformada apenas por dos pequeños cuartos de adobe, no resistió los embates del meteoro. Con lo “poquito que ganaba en León” –cuenta su padre– empezó a construir una casa.

Siempre ha velado por su familia. Cuando militaba en el Morelia destinó su primer sueldo, de 6 mil pesos, a pagar la intervención quirúrgica de su hermano Obed, quien tuvo una fractura de nariz durante un juego de futbol.

Tiempo atrás, la carrera de Oribe transcurrió entre la banca del primer equipo y el cuadro de reservas. Llegó al Monterrey en 2004 y sólo aparecía en labores de suplente, sin poder consolidarse en la titularidad del plantel, que tenía como figuras a Guillermo Franco, al colombiano Hugo Rodallegas y al chileno Reynaldo Navia. Pese a todo, Luis García intentó en vano recuperarlo para el Morelia.

Al año siguiente fue cedido a préstamo a las Chivas del Guadalajara únicamente para la Copa Libertadores. Y de ahí emprendió su primera aventura en el Santos de cara al torneo Apertura 2006, donde fue relegado a la banca tras el regreso del argentino naturalizado mexicano Matías Vuoso. No obstante, celebró el título del torneo Clausura 2008. Para entonces sumaba ya un lustro en la Primera División y el saldo era por demás alarmante: 18 goles en más de 120 partidos con cuatro equipos diferentes.

Ante la falta de oportunidades en el equipo de su propio estado, Oribe emprendió una aventura con los Jaguares de Chiapas que dirigía el argentino Miguel Brindisi. Allí la pasó mejor: fue titular y se convirtió en pieza importante en el Torneo Clausura 2009, en el que anotó seis goles en 19 juegos.

No obstante, al cumplirse el año de la cesión a préstamo retornó al Santos para tomar parte en el torneo Bicentenario 2010. Aunque las cosas parecían más favorables, pues ya era titular, el retorno del ecuatoriano Christian Benítez lo mandó de regreso a la suplencia. De pronto, su inestable vida deportiva dio un vuelco: se quedó en el Santos para guiarlo al título en el Clausura 2012 como el delantero de mejor rendimiento, pues anotó por lo menos un gol en cada juego de la final.

Antes se colgó la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, donde fue el máximo goleador, con seis tantos.

En La Partida y en el Cesifut todos tienen una historia que contar del ídolo que cada semana regresa al pueblo donde nació: Miguel Ángel Peralta recuerda que Oribe, quien se dormía siempre con un balón, se fue a perfeccionar su técnica al Cesifut a los 15 años.

Dice que salía de la casa a las seis de la mañana a sus entrenamientos y a las dos de la tarde entraba al Conalep, de donde regresaba después de las 10 de la noche, si alcanzaba el autobús. “En ocasiones le daban la una o dos de la madrugada haciendo la tarea”.

Cuando lo recibieron en las instalaciones en Ciudad Lerdo, Durango, los instructores del Cesifut, Arturo Ramírez, Armando Aguilar y Carlos Vázquez, se percataron de sus cualidades:

Expone Vázquez: “Desde que llegó mostró ese deseo. Siempre fue un chavo muy dedicado, tenaz. Se le vieron las condiciones que tiene ahorita: un tipo aguerrido que busca todos los balones y tiene, sobre todo, hambre de gol”.