Un libro sin arquitectura del arquitecto Eduardo Terrazas

Con el sello de Turner se terminó de imprimir y encuadernar, en mayo de 2012, en Madrid, España, en los talleres de Brizzolis, un volumen de 345 páginas: Posibilidades de una estructura, dedicado a las múltiples vocaciones plásticas del arquitecto Eduardo Terrazas (Guadalajara, Jalisco, 1936), menos a la arquitectura, sólo considerada en la ficha biográfica elaborada escuetamente por Lorena Wolffer, donde se enumera la amplia labor que justifica su título profesional (cursó la carrera en la Universidad Nacional de México y la maestría en la Universidad Cornell de Nueya York):

Centros de exposiciones y convenciones de Cintermex en Monterrey, Tampico, Nuevo Laredo y Reynosa; sede de la Embajada de Francia en México; oficinas de American Express; Museo Tecnológico de la Comisión Federal de Electricidad; primera etapa de remodelación de la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México; residencias particulares en el Distrito Federal y en el estado de Morelos; Pabellón de México en la Feria Mundial de Nueva York; director del equipo mexicano que elaboró el plan maestro de Dodona, la nueva capital de Tanzania; diseño del mobiliario urbano, señalamientos y espacios públicos de los ejes viales.

Este libro que apenas se está distribuyendo, y que será presentado en la casa-museo Luis Barragán el 19 de septiembre próximo, está dedicado a la pintura en sus diversas modalidades estructurales, geométricas y abstractas; al dibujo expresionista o constructivo; a las instalaciones compuestas con juguetes populares y objetos de uso doméstico; a grandes globos translúcidos y coloridos; a diseños y decoraciones de espacios públicos y privados. La distribución de las imágenes permite apreciar las rebeliones de Terrazas contra su persistente rigor. Gestualidades, cierto fauvismo, algunas improvisaciones casi caligráficas demuestran su necesidad de dejarse arrastrar por irracionalismos compensatorios. Esas tormentas anímico-manuales le sirven para limpiar su disciplina creativa.

Entre las imágenes (cuyos colores guardan una inusitada fidelidad) se han intercalado textos: del español Jaime Repollés, pintor y doctor en Bellas Artes; del argentino Tomás Maldonado, semiólogo, filósofo y rector de la Escuela de Diseño de Ulm, Alemania, heredera de la Bauhaus; del escritor mexicano Guillermo Fadanelli (su ensayo “Silencio e infinito” sobresale como el mejor por sus cualidades críticas, analíticas y literarias); de Jim Nilas, geólogo, paleontólogo, documentalista y coleccionista estadunidense. No pocas veces me ocupé de las labores plásticas y arquitectónicas de Terrazas. Para este libro se han seleccionado cuatro de mis escritos: 1972, 1973, 1974 y 1987. La descripción analítica del catálogo de obras se deba a Nuria Castañeda, quien lo ordenó en quince breves capítulos: Posibilidades de la estructura (Cosmos, Nueve círculos, Diagonales, Retícula, Código de barras), Tablas, Crecimiento exponencial, Crecimiento orgánico, Deconstrucción de la imagen, Huellas, Densidades, Texturas, Universo, Bocetos, Globos, Sin saber que existías y sin poder explicar (en colaboración con Arnaldo Coen), Multiplicaciones, Museo de lo cotidiano e Imágenes de México.

Como la secuencia de las imágenes está resuelta por binomios, esto ha merecido una amplia explicación a través de un diálogo sostenido por Terrazas, Jaime Repollés y el escritor Rafael Argullol. Ahí el arquitecto expresó un autoconocimiento de sus tendencias que servirá a lectores y contempladores. Hago un resumen libre de sus observaciones: La esencialidad, la permanencia de lo estructural es un rasgo que caracteriza mi obra. Los binomios son correspondencias, contrastes, vínculos y oposiciones entre mis obras. El mundo que te ha tocado en suerte conocer lo tratas de organizar de una manera que sea tuya, propia. Aun habiendo estado en la India dando clases, la nada me resultó dura de concebir y de sostener. Lo popular te permite transformar la imagen de distintas manera, por ejemplo: multiplicándolas para mostrar que cada pieza es única. Hay muchas cosas que son invisibles para la mayoría de las personas y que el artista revela al señalarlas. No sabemos explorar y mirar lo obvio que se encuentra enfrente de nosotros.

Tomás Maldonado hizo una precisión escueta para dejar clara su preferencia: entre la geometría automática-expresiva y la geometría rigurosa, ambas cultivadas por Terrazas. Maldonado privilegia la vertiente rigurosamente geométrica, fruto de una reflexión acerca de los medios que regulan la composición de la obra de arte, y aprecia en su amigo el constante interés intelectual por los aspectos generativos de las imágenes.

En términos generales, Guillermo Fadanelli precisa que el arte se dedica a poner objetos en el mundo que antes no estaban en él, “a pesar de que su repentina presencia nos cause la impresión de que se hallaban aquí desde siempre”, y agrega: “formas visuales que son obsesión, estructura y oficio en el horizonte hacia el que Eduardo Terrazas se ha encaminado desde el comienzo de sus obras tempranas. (…) Las variaciones que ensaya Terrazas en su obra son fragmentos de un todo (…) son formas ligadas a una concepción geométrica del mundo (…) y a una sensualidad que se manifiesta en los colores intensos que elige para que sean luz de sus estructuras”.

Transcribo algunas de las muchas precisiones certeras que supo obtener Fadanelli tras desmenuzar formas, contenidos, cromatismos, relaciones, espacios, valiéndose de una erudición que se podría calificar de excesiva si no fuera por su justa y oportuna utilización:

“Las relaciones de Eduardo Terrazas con el arte cinético, geométrico, óptico, abstracto o racionalista son evidentes, su experiencia en la arquitectura y el diseño gráfico, su conocimiento de las artes populares mexicanas, su evolución hacia cierto expresionismo caótico en el dibujo.” “Dibujo: zonas de explosión gráfica y de trazos inesperados (…) Hay más juego, disfrute y experiencia que locura (…) El paso al expresionismo se haya plenamente justificado”.

Por la validez que según creo todavía conserva después de cuarenta años de que lo escribí, rescataré un párrafo del artículo “De la hebra y el ritmo”, donde me ocupé del trabajo conjunto que para la serie de Tablas hicieron el entonces profesor Eduardo Terrazas en la Universidad de California en Berkeley, y el artesano huichol Santos Motooaopohua de la Torre Santiago:

“Terrazas descubrió que la única manera con la que un artista podía razonar, imaginar o crear en técnica huichola es aprovechando la materia y su condición artesana para una finalidad diferente a la tradicional. Ante la imposibilidad de aprehender lo que es producto de una condición etnológica, Terrazas aceptó que toda opción creadora en ese campo comenzaba en la conjunción individual entre la sustancia y su diestro. Desde el momento en que en el concepto de materia quedaban incluidas la hebra de lana y la mano de obra, la labor creadora podía instalarse en las fronteras de una personalidad particular. El estilo personal se configuró no sólo a través del diseño sino también en el trazo. La hebra adelgazada al máximo adquirió un carácter gráfico que compite con lápices o finos plumones. Sin perder los valores táctiles y ópticos propios de la lana, ganó calidades rítmicas decididamente expresivas y sorprendentemente musicales. (El mismo diseño resuelto con lacas automotivas daría un fruto muy diferente). Esta aventura de Terrazas viene a demostrar una vez más el impositivo atributo de los materiales. Los blancos sobre blancos consagrados por Kazimir Malévich se matiza en sombras variables, fugaces, diminutas, audibles. Al asimilar conceptos muy precisos de valor y contraste, el repertorio cromático típico de la artesanía huichola queda libre de toda carga pintoresca.”