De sus memorias*

El 31 de agosto de 1954 (recuerdo la fecha exacta porque estábamos celebrando el día de mi santo), mis actividades literarias dieron un vuelco que las llevó a una cierta participación en los círculos de argumentistas del cine nacional, que todavía conservaba algo del vigor y prestigio de los años de auge que tuvo durante la Segunda Guerra Mundial.

Mientras tenía lugar la celebración, inesperadamente, sin que hubiese antecedente alguno, llegó un giro telegráfico por quince mil pesos, enviado por la Cinematográfica Latina, S.A., de México, con la observación al pie de que era en pago de los derechos cinematográficos de mi novela La canoa perdida. Fue una desconcertante y agradable sorpresa.

De acuerdo con las tarifas impuestas por el Sindicato de Autores y Adaptadores el pago mínimo por un argumento era entonces de doce mil quinientos pesos, aunque muchas de esas transacciones se concertaban en menor cantidad por acuerdo de ambas partes. No creí prudente objetar el precio, y escribí aceptándolo.

Todavía no me trasladaba a México para ultimar esos arreglos cuando se presentaron en mi casa de Guadalajara el fotógrafo Manuelito Álvarez Bravo y un cineasta canadiense de apellido Fitzgerald y que pretendía dirigir filmes en México, los cuales venían en representación del Sindicato de Técnicos y Manuales, que entonces capitaneaba Rodríguez Granada y que en vista del éxito de El rebozo de Soledad pretendía meterse de lleno en la producción de películas. Traían el propósito de contratar los derechos de La canoa perdida y de El callado dolor de los tzotziles. Entendí el porqué del giro telegráfico del Lic. Adolfo Lagos, que quiso adelantárseles. Les hice ver que en cuanto a la primera ya no me era posible contratarla; pero sí podía hacerlo con la última, por lo que les pedí, en vista de la demanda, veinticinco mil pesos. Les pareció ese precio un poco alto, pero al fin aceptaron en principio dejándome un anticipo de cinco mil pesos para amarrar una opción y prometiéndome dar el resto cuando tuvieran adaptada la novela.

Comprendí que mis novelas empezaban a sonar mucho en esos medios de la capital, y me trasladé a ésta poniéndome en contacto con don Adolfo Lagos, dirigente de la Cinematográfica Latina, S.A., que entonces estaba rodando en los Estudios Churubusco Donde el círculo termina, película con Sarita Montiel y Raúl Ramírez (que por mala no llegó a exhibirse) y se proponía filmar enseguida una versión del cuento Talpa de Rulfo, cuyos derechos le había cedido muy baratos un realizador que los adquirió primero en una picotada y no se había atrevido a filmarla, antes de enfrentarse con La canoa perdida. E hice muy buena amistad con este licenciado. Mientras, en Técnicos y Manuales trabajaban en la adaptación de Los tzotziles el propio Rodríguez Granada, su secretaria, el canadiense que la iba a dirigir, Manuelito Álvarez Bravo, Josefina Vicens y algún otro en un “a la limón” que no funcionaba porque cada cual tenía un punto de vista diferente sobre la novela.

En el departamento de Cinematografía dependiente de la Secretaría de Gobernación estaba entonces de jefe el escritor Jorge Ferretis, quien traía el plan de mejorar esa industria incorporando al cuerpo de argumentistas de la producción fílmica a los cuentistas y novelistas mexicanos. Y al enterarse de que yo estaba en México, me mandó llamar para ofrecerme la supervisión por cuenta de su oficina de algunas películas a colores, con la intención de que conociera, me identificara, e ingresara a esos medios.

Ferretis, rara avis, fue un escritor sencillo y ajeno a las intrigas, rivalidades y envidias habituales en esos círculos. Y aquella supervisión consistía, no en vigilar la calidad artística de la cinta en filmación, sino en cuidar estando presente en todos los momentos de ésta, que no se rodaran escenas que pudieran ofender la moral y los valores patrios, porque todavía no existían en el país laboratorios que revelaran la películas a colores y éstas tenían que enviarse enlatadas y sin revisar a los de Hollywood, donde tomas obscenas o denigrantes para el país podían resultar enojosas. Como supervisor, uno autorizaba con un sello y su firma la salida de cada lata con un rollo, y era la misma compañía filmadora la que pagaba nuestros desplazamientos, hoteles y un sueldo semanal de mil setecientos pesos, que entonces era bastante bueno, mientras duraba la filmación.

Esa suma equivalía más o menos a lo que yo sacaba de mis negocios zapateros, y aceptarlo no me impedía seguir trabajando éstos, aunque claro que con el demérito que imponía su eventual desatención.

Le dije a Ferretis que aceptaba siempre que me encomendase la supervisión de Talpa, película que se disponía a filmar el Lic. Lagos, en vista de que había podido entenderme bien con éste y de tener él entre sus siguientes planes la filmación de La canoa perdida. Aceptó. Y volví a Guadalajara para buscar el modo de que mi negocio siguiera trabajando durante los tres meses que duraría el rodaje de la cinta. Esperaba que con mi ayuda los sábados y domingos, en que me proponía hacer viajes en avión a Guadalajara, mis empleados pudieran salir adelante sin muy grandes tropiezos.

Dirigía la filmación de Talpa Alfredo Cravenna y habían hecho la adaptación del cuento de Rulfo primero Edmundo Báez y luego Pepe Revueltas. A Rulfo no le había parecido buena ninguna de esas adaptaciones y se alejó de todo contacto con los filmadores mientras a la prensa hacía declaraciones asegurando que iban a echar a perder su cuento. Y esto tenía un poco contrariado a Lagos.

En el estudio de Revueltas, que entonces vivía en la calle Castelar, por Polanco, una tarde nos reunimos Lagos, Revueltas, Cravenna y yo, que ya había leído la adaptación hecha por Pepe. Lagos me preguntó qué opinaba de ella. Y a fuer de ser sincero le dije que notaba una pequeña joroba que empezaba donde empezaba a tratarse el argumento del relato de Rulfo y concluía cuando terminaba éste, siendo un tanto menos valioso lo que habían añadido al principio y al final para que funcionase cinematográficamente. Los tres se pusieron muy exaltados, y Revueltas echó al suelo todos los volúmenes de su pequeño librero buscando el ejemplar del libro de Rulfo para que yo precisara dónde estaba esa joroba y explicase la razón de la misma. Tuve que retractarme por conciliar, advirtiéndoles que yo no tenía autoridad alguna ante la experiencia de ellos en esos campos, y que en realidad se me había ido la lengua en algo de lo que no estaba nada seguro. Luego traté de atenuar el resentimiento que ello produjo en Revueltas y me pareció haberlo conseguido.

Protagonizaban la película Lilia Prado y en los papeles masculinos Víctor Manuela Mendoza y Jaime Fernández. Ninguno de ellos se mostró petulante como yo temía, ni dejaba de portarse como buen compañero dentro de la especie de fraternidad que se da entre el elenco de una filmación. También actuaban algunas extras y dobles. Con una de éstas, la doble de Lilia, que era Marisa, su hermana menor, hice buena amistad, lo mismo que con Hortensia Santoveña que tenía un papel secundario en la película. Y es curioso que cuando tiempo después Marisa empezó a sonar como bataclana, me recordase; pues a las preguntas de un reportero sobre cuáles eran sus escritores preferidos respondió que “el poeta Ramón Rubín”, seguramente porque no conocía a ningún otro, pues yo nunca fui poeta.

La filmación comenzó por exteriores. Y el primer día quedaron de pasar por mí al Hotel Gillow, donde me hospedaba, para llevarme a Tlaxcala.

Pasó, en efecto, una camioneta de Técnicos y Manuales, con dos de estos en su asiento delantero. En el de atrás, para mi contrariedad, iba solo un peinador notoriamente afeminado. Yo tenía el prejuicio de que en esa industria participaban muchos de éstos, y lo recibí con resignación, haciendo un viaje un poco incómodo en tal compañía. Pero cuando unos días después hice amistad con Lalo Guerrero, un fotofijas para la publicidad del filme que andaba en el conjunto, le expuse que tenía esa idea y que para confirmarla me habían ido a recoger poniéndome como compañero de viaje a Romancito, siendo que entonces confirmaba que era éste el único entre los ciento cincuenta que participaban en la filmación que cojeaba de aquel pie.

Lalo replicó que como nadie me conocía en esos medios y casi todos los escritores que Cinematografía mandaba a supervisar eran más o menos mariposones, me creyeron de los mismos y mandaron al peinador para que hiciese agusto el viaje. Lo tomé como una salida burlona. Pero luego pude darme cuenta de que no era exagerado lo que decía.

Tomamos exteriores en la capital de Tlaxcala y en un salto de agua en ese mismo Estado, y luego en Chipilo y Cholula del estado de Puebla. Y también algunos en la veracruzana laguna del Carmen en un hermoso amanecer. Yo viajaba con Rosalío Solano, el camarógrafo, y andaba con Lagos, Revueltas y Lalo Guerrero; mas congeniaba con todos y especialmente con la Santoveña. Pero mi mejor amigo en esa actividad fue un hermoso caballo retinto castrado que traían para algunas escenas con Jaime Fernández, y el cual era muy noble y agradecía los puñados de zacate que yo le llevaba durante las pausas en la filmación.

En uno de mis viajes a Guadalajara, Lagos me suplicó orientase a Valés, su secretario, que debía conseguir unos sombreros de los usuales en Jalisco para ambientar la película. Fuimos a Tepatitlán y luego de examinar el muestrario en un establecimiento, Valés se decidió por unos de ala “arriscada” y pidió cien de ellos. En la nota de remisión decía: “100 sombreros cinematográficos”. Los copiaban de los del cine.

No podía menos de meter algunas patas. Mientras rodaban unos “piques” de la procesión “a Talpa” en las cercanías de Chipilo con dos columnas de romeros que convergían en un cruce de caminos utilizando a los numerosos grupos de mirones, le grité al señor Cravenna, encarando con su gran peso de robusto teutón en la grúa: “Don Alfredo, en esa muchedumbre faltan mujeres. Éstas siempre predominan en las procesiones”. Cravenna, que estaba absorto en el rodaje, reaccionó con un brusco movimiento de contrariedad que le hizo caer de aquel púlpito dando en el suelo polvoso un costalazo. Se levantó rezongando, pero corrigió la omisión aceptando mi sugerencia.

Filmábamos una noche en el atrio de la iglesia que se levanta sobre la pirámide de Cholula, con una multitud de mirones una improvisada romería con danzantes indios y juegos de pirotecnia cuando me encontré en Puebla con Juan Rulfo. Él supervisaba la filmación de La Escondida, que Gavaldón rodaba en Huamantla basada en la novela homónima de Miguel N. Lira. Y me empeñé en llevarlo a Cholula para que presenciara algo de la filmación de su cuento, a lo que accedió de mal grado. Llegamos comiendo cacahuates desaprensivamente y nos revolvimos entre la multitud.

Alguien avisó al Lic. Lagos, que acudió a hablar con Rulfo, pidiéndole que dejara de hacerle anticipadamente mala publicidad a la película con sus declaraciones a los periódicos, y prometiendo generosamente que si se hallaba descontento con la adaptación de Revueltas, él estaba dispuesto a desechar todo lo filmado y a recomenzar sobre un argumento con las modificaciones que Rulfo indicara. Añadió que para obviar tiempo yo le podía ayudar. Mas yo no quería meterme en el asunto e hice la salvedad de que lo haría pero sólo en funciones de mecanógrafo, ya que no me consideraba con derecho ni autoridad para intervenir en lo que Juan y Revueltas hicieran.

Rulfo desechó esa proposición y yo pensé que se estaba curando en salud al declarar que la cinta iba a salir mala; pero los hechos confirmaron que tenía razón, pues no tuvo éxito alguno y fue la ruina de Lagos, que había invertido en ella sus tres buenos millones.

Terminada la filmación de exteriores pasamos a interiores en los Estudios Churubusco, si bien en el predio que estos tienen en su parte posterior se rodaron otros exteriores nocturnos en un bosque artificial. En ellos nos sorprendieron unas noches muy frías trabajando hasta la madrugada y acogidos en los intervalos del rodaje a una hoguera que encendimos.

Durante una madrugada muy fría habíamos filmado en Cholula una escena de la parte final de la historia en la que Lilia tenía que recorrer ataviada sólo con un rebozo y un batón ligero además de descalza, toda una cuadra por el lado de afuera de los portales. Se suponía abatida por la muerte del marido enfermo y por la infidelidad que estando vivo cometiera con el hermano de él, y caminaba lentamente en un acercamiento hacia la cámara situada en un extremo del recorrido. Una vez que salía de cuadro corría unos pasos para ir a refugiarse y entrar en calor entre los brazos de alguno de los que presenciábamos la filmación desde detrás del camarógrafo. Como esa toma no acababa de quedar a satisfacción de Cravenna hubo que repetirla varias veces, y todos los expectantes nos disputábamos el primer lugar para merecer la oportunidad de prodigarle esos sabrosos apapachones a la bien dotada chaparrita. Mas ella, maliciosa, se refugiaba en los brazos de uno distinto cada vez, dejándonos frustrados a los ansiosos de repetir.

Lilia se había operado ya la nariz, su único defecto, y aunque bajita, era muy proporcionada y hermosa. Y navegaba con bandera de ingenua…

 

*Tomado del capítulo VIII “Mi incursión en los círculos del cine nacional”.