Ramón Rubín: escritura de la tierra

México es, ¿quién puede dudarlo?, un país rural, una región de tierras húmedas, tórridas, áridas, desérticas. La historia de la literatura mexicana quizás podría ser contada como la del combate y, a veces danza, del campo, el llano y el páramo y la ciudad, los suburbios, la proliferación suburbana… Desde ese ángulo, una obra como la del escritor sinaloense Ramón Rubín (Mazatlán, Sinaloa, 11 de junio de 1912-Cuyutlán, Jalisco, 25 de mayo de 2000) remite al perfil telúrico de las letras mexicanas e hispanoamericanas. No en balde  Rubín ha sido clasificado, etiquetado como un escritor indigenista. Muchos de sus textos gravitan en torno a estas cuestiones rurales, regionales, desérticas, montaraces, étnicas, antes se decía indigenistas. Sin embargo, Rubín fue también, a su modo y en su momento, un escritor que participó de la vida literaria de su época y ciudad –Guadalajara–; un escritor que convivió con otros, como Juan Rulfo, para decir a uno de los más conocidos. Rubín perfila algunos rostros, traza algunos ambientes en el monumental acopio de sus memorias inéditas que, a pesar de los pesares, no han logrado hasta ahora ser editadas más que en muy fragmentaria forma.

Recuerdo a Ramón Rubín llegando al Fondo de Cultura Económica, a las oficinas de Avenida Universidad y Parroquia frente a Plaza Universidad, a visitar al impecable (“El santo”, lo llamaba Alejandro Rossi), Alfonso Ruelas Hernández. Saludaba de lejos a don Jaime García Terrés y conversaba con Ruelas largamente. Al aparecer yo, más joven que él e insolente con toda probabilidad, como muchos ratones políglotas de ciudad, lo intimidaba menos. Rubín sacaba de unas bolsas de mercado unos manuscritos inolvidables. Eran unas carpetas, quizás encuadernadas por él mismo. Estaban religiosamente manuscritas de la primera hoja a la última. Los encabezados, las páginas falsas estaban cuidadosamente dibujadas por la mano firme de este anciano que venía a la Ciudad de México desde Jalisco en autobús cargando estas carpetas. Más allá de la indudable calidad literaria de sus cuentos y novelas, los editores tenían que pensar las cosas dos veces antes de atreverse a publicar un libro de su autoría. Si no se trataba de una reimpresión, había que transcribirlo y pasarlo en limpio.