Las cartas de despedida

El 26 de agosto de 1991, un día antes de suicidarse, Gregorio Selser escribió, de puño y letra, tres cartas: La primera a su esposa Marta y a sus tres hijas, la segunda a Carlos Payán, la tercera a las autoridades para que no hubiese  problema alguno con la decisión de saltar por la ventana de la cocina de su departamento.Y una más, a máquina, dirigida al que consideraba su heredero intelectual, el politólogo de la UAM, Stephan A. Hasam, al que llamaba cariñosamente Esteban.
Consciente del avance de su enfermedad y de sus posibilidades reales de vencerla, en frío absoluto planeó su propia muerte buscando el menor daño posible a quienes lo rodeaban y querían.
“Comienzo esta despedida pidiéndoles perdón por lo que voy a hacer”, dice en la misiva familiar. Y tras la configuración del cuadro de su enfermedad, confiesa:
“Me despido de ustedes con otra clase de dolor. He tenido una esposa y compañera maravillosa y tres hijas que no lo son menos. Estoy orgulloso de las cuatro, las adoro (…).
“Las quiero mucho, mucho más de lo que pudieran expresar mis palabras.
“Adiós.
“Pá.”
A Esteban le expresa:
“…No tengo palabras para agradecerle su amistad y su afecto, sólo puedo decirle que si hubiese tenido un hijo varón me enorgullecería que fuese como usted.
“…La calidad de vida va descendiendo el conjuro del proceso canceroso ineluctable, pero también está afectando mi capacidad y mi disposición para escribir, y con ello crece mi angustia cotidianamente…”
La carta dirigida a Carlos Payan, entonces director del diario La Jornada donde colaboraba, es reveladora:
“…sólo me queda pendiente de haber insultado a Alponte y a Krauze. Ese nunca fue  mi estilo, creo que me dejé llevar por la ira antes que por el cerebro…”
Y luego:
“…tengo metástasis ósea y no deseo abrumarle con detalles, pero siento que los dolores varios que me produce me están quitando los deseos de escribir, es decir de vivir.
“Quisiera  sin embargo dejar constancia por escrito de mi gratitud hacia México que me brindó sin condiciones, techo, trabajo y trinchera. Los casi quince años que viví aquí fueron quizás los más felices y productivos como periodista y profesor universitario. A cambio de que siempre fui respetuoso con las leyes de México a cuyo pueblo amé y al que serví con mis trabajos. Me voy con la conciencia cabal de haber cumplido con el país y con su pueblo.
“Reciba usted don Carlos, las expresiones más hondas de amistad. Atentamente Gregorio Selser.”