Tiene toda la razón Gabriel Zaid cuando dice en su ensayo “Díez-Canedo, el artista”, escrito en 1993, en ocasión de la entrega del Premio Internacional Alfonso Reyes a don Joaquín, que éste era, “como el mismo Reyes, un artista de la página.” Era un editor al que le gustaba hacer buenos libros. En primer lugar, por supuesto, en términos de contenido, pero también, junto con ello, en todo lo relativo a su hechura física.
Poeta en su juventud, con habilidades para el diseño y definido gusto tipográfico, expresaba su amor por las letras vigilando la manera en que estas se estampaban. Amaba su oficio de editor.
La suya era una vocación que siguió desde muy joven, a los 19 años, cuando comenzó a publicar en su natal Madrid la revista literaria Floresta de Prosa y Verso, en 1936, en colaboración entre otros con Francisco Giner de los Ríos y con el apoyo de Juan Ramón Jiménez. Crecer en una casa llena de libros y revistas fue uno de los motivos que lo llevó a ella. Otro, el trato que su padre, el poeta, crítico y traductor Enrique Díez-Canedo tuvo desde muy joven con intelectuales y hombres de letras de España , Francia y América Latina.
El estallido de la Guerra Civil Española impidió que el joven Joaquín siguiera su evolución natural como hombre de letras, pero a la postre le dio a México uno de sus grandes maestros en el ámbito editorial.
Díez-Canedo combatió en esa guerra, pero a la caída de la República emigró a México, y al poco tiempo se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras, en la cual comenzó a relacionarse con el mundo literario mexicano.
En 1942 ingresó al Fondo de Cultura Económica, y trabajó en él por espacio de veinte años. Se convirtió en parte esencial de esa casa, y sorprendió a muchos cuando renunció en febrero de 1962.
Según contó su sobrino, Bernardo Giner de los Ríos, quien comenzó a trabajar con Díez-Canedo muy poco tiempo después hasta convertirse en su brazo derecho, éste advirtió que el Fondo perdía paulatinamente independencia ante el gobierno mexicano y prefirió poner casa aparte.
No lo animaba la idea de hacer una fortuna. Quería tener libertad para publicar lo que le interesaba. Y lo que le interesaba era publicar buena literatura, que en esos años no contaba con más canales de salida entre nosotros que Porrúa, el Fondo de Cultura y Ediciones Era, fundada muy poco tiempo antes.
A diferencia de las casas mencionadas, Joaquín Mortiz fue desde sus inicios, en junio de 1962, una editorial eminentemente literaria. Sus cuatro primeros títulos fueron Las tierras flacas, de Agustín Yánez, con la que se inauguró la colección Novelistas contemporáneos; La desolación de la quimera, de Luis Cernuda, y Salamandra, de Octavio Paz, con la que se estableció la colección Las Dos Orillas, y Gente, años, vida. Primer libro de memorias, de Ilia Ehrenburg, que abrió la serie Confrontaciones.
Además de su clara importancia literaria, son libros físicamente muy hermosos, tanto por su diseño como por los materiales utilizados en su producción. Los dos últimos encuadernados con tapas duras cubiertas de percalina roja protegida por su respectiva camisa –la ilustración de Las tierras flacas es de Vicente Rojo, cuyo talento como artista gráfico fue fundamental para darle a la casa su imagen característica–. Rojo, por cierto, señala que el afortunado logotipo de Mortiz es obra del diseñador holandés Boudewijn J. B. Letswaart, mejor conocido en el medio mexicano como Balduino, autor de muchas hermosas portadas de libros del Fondo de Cultura Económica.
Los primeros quince años de vida de Joaquín Mortiz son también los de su esplendor. Publica títulos extraordinarios, como Henderson, el rey de la lluvia de Saul Bellow, El tambor de hojalata de Günter Grass, Estuche de muerte de Susan Sontag, la gran tríada de André Breton Nadja, Los vasos comunicantes y El amor loco, El arte de la poesía de Ezra Pound, El margen de André Pieyre de Mandiargues, por mencionar sólo unos cuantos de los notabilísimos autores de lengua extranjera incluidos en su catálogo.
Los de autores mexicanos y latinoamericanos no son menos espectaculares: Blanco de Octavio Paz, Tiempo mexicano de Carlos Fuentes, Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, La feria de Juan José Arreola, De perfil de José Agustín, El cuerpo de Giulia-no de Jorge Eduardo Eielson, Morirás lejos de José Emilio Pacheco, Los relámpagos de agosto de Jorge Ibargüengoitia, la edición de lujo de Algo sobre la muerte del mayor Sabines de Jaime Sabines, Para leer poesía de Gabriel Zaid…
El lector encontrará muchísimas omisiones en el listado anterior (que ni siquiera menciona las obras de Herbert Marcuse, Eric Fromm, Norman O. Brown, Iván Illich y otros pensadores y científicos sociales) porque es imposible rendir cuenta cabal de las maravillas que constantemente entrega Joaquín Mortiz, en cuya producción juega un papel importantísimo el ya citado Bernardo Giner de los Ríos, cuyo testimonio sobre los primeros veintitrés años de la empresa, “Los empeños de una casa” –contenido en el libro Rte: Joaquín Mortiz, publicado por la Universidad de Guadalajara en 1994– deja ver con toda claridad su aguda inteligencia y su elegancia como escritor. Es un documento clave para comprender la historia del sello.
Giner cuenta ahí las dificultades que él y Díez-Canedo, empresarios noveles, debieron enfrentar en un medio tan adverso como el de la industria editorial mexicana de aquellos años, carente de políticas públicas lo mismo que de créditos privados, y en el umbral de una transformación radical en la que la tendencia a la concentración empresarial por parte de grandes grupos editoriales hacía casi imposible mantener un sello independiente.
Uno de esos grupos –Planeta– acabaría absorbiendo a Mortiz, en junio de 1983. Planeta ofreció a Mortiz libertad e independencia, además de la publicación de los autores del catálogo de la casa en España y América Latina.
“Al cabo de un año –escribe Giner de los Ríos– sus expertos habían ‘limpiado’ el catálogo de todos los libros de venta escasa, no habían puesto en circulación en España ni en Latinoamérica uno solo de nuestros títulos o autores, habían reducido el personal y tenían tal política de sueldos que sus ejecutivos no eran sujetos de crédito para cambiar un coche modesto…”
Aquejado por un enfisema pulmonar, Giner de los Ríos dejó México a mediados de los años ochenta para radicar en España, y al poco tiempo los hijos de don Joaquín, Joaquín y Aurora Díez-Canedo Flores, comenzaron a trabajar con su padre y hasta 1994 continuaron la línea que él había trazado, cuidando el catálogo y apostando en favor de nuevos escritores.
En 1995 hubo dos relevos. A comienzos de enero asumió la dirección de la editorial Jorge López Alba, quien intenta darle un nuevo impulso con la creación de un premio internacional para primera novela, pero no alcanza a enderezar bien a bien su proyecto. En noviembre lo sucede Andrés Ramírez. Su gestión al frente de la firma dura diez años. Después, la presencia de Joaquín Mortiz en el medio cultural se difumina. Continúan publicándose libros notables bajo su sello, como Los amorosos (2009) cartas de Jaime Sabines a Chepita, su esposa, o las cartas de Juan José Arreola a su mujer, Sara más amarás (2011), pero ya no parece tener una fuerza específica. Ahora que se cumple medio siglo de esta casa legendaria, Planeta debería buscar la manera de revitalizarla. No hacerlo equivale desconocer el valor de un esfuerzo y un legado que son parte importante de la historia del país.








