Este domingo 1 llegó la hora de la verdad. En los votantes y en nadie más estuvo elegir, entre las cuatro opciones registradas oficialmente, a la persona que deberá estar al frente del destino de nuestro país durante los seis años venideros. Atrás quedaron las campañas con sus letanías de lemas vacuos, sus mítines de bostezo Y descalificaciones a granel entre candidatos de toda laya; con la cauda de propuestas y compromisos desmesurados, los remedos de debate entre los aspirantes presidenciales y candidatos a puestos de elección locales; con la demencial guerra de encuestas y también, hay que reconocerlo, con momentos estimulantes como el movimiento Yo Soy 132, de sorpresiva aparición.
Luego de tan tedioso circo político –representado durante varios meses y con números tan previsibles que mucho aturdieron y poco emocionaron–, el turno es del ciudadano. A éste le basta con acudir a la casilla electoral que le corresponde para dictar su sentencia, despejar dudas y darle sentido a postulados constitucionales igual que a frases populares. Entre los primeros sobresale el que habla del poder emanado del pueblo, y entre las segundas ninguna se repite tanto por estas fechas como aquella de “el pueblo habló”.
Ha sido en tiempos muy recientes cuando ese pueblo, al que durante generaciones se le regateó la voz y el voto en las urnas, puede elegir a sus gobernantes aun cuando con harta frecuencia las opciones parezcan ser muy reducidas. Esto último bien se podría atribuir a la creencia de que, como dijera el dinosaurio mayor de Guerrero, Rubén Figueroa, quien de bestiarios políticos sí que sabía, “la caballada está flaca”.
El hecho de que los votantes ahora sí puedan elegir a sus gobernantes ha llevado, sin embargo, a muchos analistas políticos (con y sin comillas) a minimizar la importancia de lo que llaman, con no poco desdén, “democracia representativa”. Pero más allá de que dicha democracia pueda no despertar grandes entusiasmos, o de que no se traduzca necesariamente en buenos gobiernos, o en una mejoría palpable en el nivel de vida de la población, tiene sin embargo un mérito indisputable: garantiza que quien esté a la cabeza de un gobierno lo haga por lo menos con el consentimiento de la gente. ¿Esto es demasiado poco? Aun cuando pudiera concederse que sí, se trata de un principio al que de ninguna manera se debe renunciar.
Democráticamente (con el respaldo de la ciudadanía) el PAN llegó al máximo cargo del país en 2000 y seis años más tarde repitió con Felipe Calderón, por más que en este último caso muchos hayan hablado, sin pruebas consistentes, de un “fraude”. Por otro lado, si el gobierno de Vicente Fox terminó por ser un fiasco y el de Calderón pareciera que no le irá a la zaga, no ha sido por culpa de la democracia, que tampoco hace milagros, sino por otra cosa muy distinta: porque en su momento los panistas vieron en el chacharero guanajuatense a un buen candidato y porque también así lo consideraron los mexicanos que mayoritariamente votaron por él.
Por lo que hace al actual gobierno, con su súbita y descocada “guerra” en contra del crimen organizado, el jefe del Ejecutivo federal decidió jugar al aprendiz de brujo (el que desata una serie de fuerza que luego es incapaz de controlar), con las lamentables consecuencias que ahora reconocen incluso sus “aliados” (Estados Unidos, por ejemplo), simpatizantes y hasta sus propios correligionarios (Fox entre ellos): que el próximo 1 de diciembre Calderón va a entregar un país más inseguro que el que recibió hace seis años.
Pero tampoco hay que soslayar el hecho de que la democracia no hace milagros ni aquí ni en China (cuando ese llegue a ser el caso), ni en Alemania (país que a principios de los años treinta del siglo pasado encumbró, por la vía de las urnas, a un tal Adolf Hitler). Es evidente que con el consentimiento de la ciudadanía se puede llegar a colar hasta el cargo más alta de una nación toda clase bichos políticos: bribones, chachareros, embaucadores, bufones, asesinos e incluso e genocidas. Pero la democracia también tiene reversa y, más temprano que tarde, permite que un pueblo se deshaga de malos gobernantes y, eventualmente, sancione al partido que lo apadrinó.
Hasta principios de la semana anterior todos los pronósticos electorales indicaban que, salvo que ocurriera un milagro, eso iba a pasar con el PAN, partido que parecía condenado a entrar a un severo purgatorio electoral, luego de dos sexenios de desatinos a nivel nacional y de casi tres en el caso de Jalisco.
¿De qué tamaño será el ajuste de cuentas de la ciudadanía con los gobiernos blanquiazules a escala federal y local? Lo iremos sabiendo en el transcurso de esta semana, luego de que termine el cómputo de la contienda presidencial, de las diputaciones federales, senadurías y, en casos como el de Jalisco, en la votación para la gubernatura, las alcaldías y las diputaciones locales.
Como se puede ver, la democracia sí sirve y máxime cuando se considera que todas las correcciones y sanciones derivadas de ella se aplican de manera pacífica, sin provocar contratiempos mayores y sin alterar demasiado la vida de la sociedad. Los ganadores de la contienda electoral podrán darle rienda suelta a su júbilo con “El rey”, y a su contraparte (los derrotados y quienes deberán soltar el “hueso” en los próximos meses) le queda la opción de consolarse con “Las golondrinas”, en ambos casos sin hacerla mucho de tos.
A quienes salgan favorecidos más les vale no defraudar la confianza que la ciudadanía deposite en sus personas y partidos, porque en política nadie gana ni pierde para siempre. Y quien ahora desaprovecha su turno al bat (con un desempeño malo o al menos insatisfactorio en el servicio público) mañana habrá de lamentarlo e irse a la banca. En esta incómoda posición, más incomoda que la intemperie, es en la que en los próximos años les tocará jugar a quienes no contaron con el respaldo de los votantes y desde ahora mismo están emplazados para hacer su mea culpa. Y todos estos beneficios los provoca la simple visita de los electores a las casillas.
Muchas personas esperan demasiado de los gobernantes que eligen y pronto terminan decepcionándose de ellos, de los partidos y de la política en general. Esto es así no sólo por las promesas desmedidas de los candidatos en campaña y por la credulidad de muchos de sus electores, sino porque aun cuando pudieren llegar al gobierno personas capaces, estas deben lidiar con necesidades sociales que siempre serán mayores que los recursos para atenderlas, con compromisos de campaña, con la presión de los llamados poderes fácticos, con los muchos riesgos y tentaciones del poder público (incluidas las que tienen signos de pesos), con la incómoda aunque indispensable presencia de la oposición política y, entre otras cosas, con una base burocrática no demasiado empeñosa.
No obstante lo anterior, no hay mejor medio ni remedio para decidir quién debe gobernar que el pueblo en urnas y no en armas.








