El Gran Terror, sin justicia

Grandes obras se construyeron en la Unión Soviética durante la época en la que estuvo dirigida por Stalin, cabeza de un régimen que veía enemigos en todas partes, especialmente en sus propias instituciones. De ahí las trágicamente célebres purgas en el Partido Comunista o en el ejército, de donde salieron miles de presos políticos que eran enviados a los gulags y que fueron obligados a trabajar hasta el agotamiento y la muerte precisamente para erigir esas obras de ingeniería –grandes canales, vías férreas casi imposibles– que dieron lustre al estalinismo… Un pequeño museo en el centro de Moscú da cuenta de esa trágica historia que aún espera justicia.

MOSCÚ.- Con 92 años recién cumplidos Antón Antonov Ovseenko se esfuerza por leer un número de teléfono a través de sus gruesos lentes con la ayuda de una enorme lupa, frente a una lámpara colocada a la altura de sus ojos. A pesar de su casi completa ceguera, este sobreviviente de los gulags estalinistas abarca con toda lucidez la historia soviética del siglo XX, de la cual su familia fue trágica protagonista.
Su oficina está en la parte baja del Museo del Gulag, del que es fundador. Es difícil dar con la dirección pues si bien se encuentra en la calle Petrovka, una de las más elegantes del nuevo Moscú, a pocas cuadras de la Plaza Roja, el pequeño cartel se pierde entre los anuncios de lujosas tiendas europeas. El museo consta de un sótano y un salón de exposiciones en el segundo piso. Mínimo y modesto como es, sus paredes encierran una de las historias más negras del siglo XX.
En la planta alta un mapa muestra el “Archipiélago Gulag”, como lo llamó Alexandr Solzhenitsin. Gulag es el acrónimo de la Administración de Campos de Trabajo y Correctivos (Glávnoie Upravlenie Ispravítelno-trudovyj Lageréi). Los puntos rojos, dispersos por toda la geografía soviética, marcan los campos por donde pasaron decenas de miles de detenidos; los puntos verdes señalan los campos pequeños, de hasta 5 mil detenidos. En algunos lugares, como los Urales, Vorkuta en el Círculo Polar y Magadán en el Pacífico, los abigarrados círculos parecen formar bosques.
En las paredes cuelgan pinturas con prisioneros que son conducidos a la fuerza por los oficiales de seguridad, en sus barracas al lado de la estufa o llevados en pelotón a los trabajos forzados.
Hay cuadros dedicados a los temibles Juicios de Moscú realizados entre 1936 y 1938. Uno de ellos recuerda el juicio a los jefes del Ejército Rojo, los mariscales Tujachevsky, Egorov y Blucher, héroes de la guerra civil de los veinte, fusilados tres años antes de la invasión alemana de 1941, descabezando al ejército y dejándolo huérfano a meses de la Segunda Guerra Mundial.
Distintos mapas ubican algunas de las grandes obras de ingeniería construidas sobre los huesos de miles de prisioneros políticos, como el canal que une el Volga con el río Moscú.
Un ejemplar de un diario del 1 de abril de 1937, en pleno terror, publica un largo informe de Stalin en el pleno del Comité Central del Partido Comunista con un título a cinco columnas: Sobre las insuficiencias del trabajo partidario y las medidas para liquidar a los trotskistas y demás traidores.
En las vitrinas se pueden observar zapatos de fieltro, jabón y utensilios, una maleta de madera, anteojos, paquetes de cigarrillos y botas de algunos prisioneros.
Una bebé sonríe en su foto. Es Svetlana Viktorovna Turchina, nacida en 1936 y llevada a un campo de concentración con su madre, Emilia Vasilievna. Al lado está la foto de su padre, Victor Fidorovich Umnov Knorin, profesor de historia acusado de organizar un grupo trotskista contrarrevolucionario y fusilado en 1940.
En el sótano se han reconstruido las instalaciones de un campo: a la entrada, un gabinete de recepción; luego, una barraca con literas de madera, una pequeña mesa y una estufa, y al final una celda de castigo donde cabe una persona parada, que era mantenida sin calefacción, con el piso congelado.

Historia personal

El museo es casi una biografía de la vida de Antón Antonov. Su padre, Vladimir Antonov Ovseenko, fue uno de los más destacados dirigentes del partido bolchevique, que dirigió el asalto al Palacio de Invierno en octubre de 1917 y que luego comandó al Ejército Rojo derrotando a los blancos en Ucrania.
Pero las épocas de hazañas gloriosas pasaron y Antonov Ovseenko cometió el crimen de pertenecer por un tiempo a la Oposición de Izquierda dirigida por León Trotsky. En 1929, la madre de Antón fue de las primeras arrestadas por la represión estalinista. Luego se suicidó en prisión. Vladimir Antonov Ovseenko fue nombrado cónsul en Barcelona en 1936, durante la Guerra Civil, pero a los pocos meses fue llamado de vuelta a Moscú, donde fue condenado en los famosos juicios y fusilado en febrero de 1938.
Según un dicho popular ruso, “las manzanas no caen lejos del árbol”, y Antón, quien tenía 17 años cuando su padre cayó en desgracia, siguió la misma suerte. El “hijo del enemigo del pueblo” fue excluido de las juventudes del partido y de la universidad, estuvo detenido tres veces y pasó 13 años en los campos de trabajos forzados hasta 1953, tras la muerte de Stalin.
“Fui educado como un ciudadano soviético, respetuoso y trabajador, Era tan ingenuo que pensé que iba a encontrar a mi padre en la prisión. Condenado por el famoso artículo 58 (que definía como actividad contrarrevolucionaria “cualquier hecho dirigido a destituir, golpear o debilitar” el poder de los soviets), me habían dicho que su pena era de 10 años de aislamiento sin derecho a correspondencia. Luego me enteré de que ésta era la fórmula usada para engañar y dar falsas expectativas a los familiares de los que habían sido fusilados”, recuerda.
Antón atravesó de sur a norte la geografía del gulag y lleva en su cuerpo las cicatrices de una de las mayores monstruosidades del siglo XX, cuando los millones de hombres y mujeres que tuvieron la suerte de no ser fusilados en los juicios sumarios y las purgas fueron obligados a trabajar hasta la muerte, congelados, con hambre y enfermos.
“He pasado por muchos campos de concentración. No teníamos técnica y en los trabajos con la tierra, como en los depósitos petroleros que construimos en Krasnovodsk en los primeros días de la guerra, trabajábamos con las manos y con palas, porque no había excavadoras. Un obrero se colocaba abajo con el balde y otro arriba tiraba para sacar la tierra. Pala y carretilla, pala y carretilla, así se hicieron las grandes obras de Siberia”, recuerda.
“Era un trabajo a muerte, vivíamos hambreados, la alimentación era pésima, en el norte casi todo el año hacía frío, había lugares donde caía nieve en verano. Era una relación bestial con el trabajo humano que nadie me contó, que yo experimenté en carne propia. Recuerdo por lo menos cuatro ocasiones en las que estuve al borde de la muerte. Esta es la especificidad del trabajo forzado”, señala.
Así como Pedro el Grande construyó San Petersburgo sobre los pantanos del río Neva con miles de hombres que murieron por la insalubridad y el clima, buena parte de las enormes obras del periodo estalinista fueron construidas por los zek (prisioneros). Se calcula que casi 300 mil trabajaron a pan y agua para construir parte de los más de 4 mil kilómetros de la línea ferroviaria Baikal Amur, que atraviesa Siberia.
El canal que une el Báltico con el Mar del Norte, el que une el Volga con el río Moscú, las minas de Vorkuta, el combinado Norilsky Nikel, miles de kilómetros de carreteras, fábricas, edificios, ciudades enteras fueron construidas dejando miles de muertos en sus cimientos.
“Muchas de esas grandes construcciones se asientan en una montaña de huesos”, dice Oleg Borisovich Kalmuikov, el historiador del Museo del Gulag, cuyo abuelo murió después de cinco años de detención. “En el campo que construyó el canal Báltico-Mar del Norte murieron 29 mil 819 personas entre 1931 y 1941; en el gulag de Dmitlag (que hizo el canal Volga-río Moscú) murieron 22 mil 842 entre 1931 y 1938 y en el llamado BAM (que tendió la vía férrea Baikal-Amur), 30 mil 464 entre 1933 y 1938”.
Grandes científicos, como Andrei Tupolev, famoso constructor de aviones, y Serguei Koroliov, diseñador de cohetes espaciales, así como generales del ejército pasaron por los gulags.
Ovseenko sobrevivió para contarlo y escribió las biografías de Stalin, Lavrenti Beria y de su propio padre, convirtiéndose en uno de los más destacados intelectuales opositores al régimen soviético. Stalin era, según su juicio, “un aventurero no sólo en la colectivización, en la industrialización, en la guerra, sino especialmente en la economía”.
Los Juicios de Moscú en los que fue condenado Vladimir Antonov Ovseenko junto con los más granados dirigentes del Partido Bolchevique como León Kamenev, Grigori Zinoviev, Nicolás Bujarin, Aleksei Rikov, Karl Radek y León Trotsky (en ausencia), fueron una de las páginas más negras de la historia de la humanidad.
Según el historiador francés Moshe Lewin en su libro El siglo soviético, entre 1937 y 1938 fueron arrestadas 1 millón 372 mil 392 personas por razones políticas, de las cuales casi 700 mil fueron fusiladas. Entre 1930 y 1953, año de la muerte de Stalin, la cifra es de cerca de 4 millones de detenidos políticos y casi 800 mil fusilados, según números de la Comisión del Comité Central en 1963. El historiador ruso Vadim Rogovin dice que 10 millones de personas pasaron por los campos de concentración entre 1921 y 1953 y se calcula que entre 1934 y 1947 murieron ahí casi 1 millón de prisioneros.
Lo más sorprendente es que el terror se dirigió fundamentalmente contra el propio Partido Comunista. Según datos de Rogovin en su libro El partido de los fusilados, la mitad de los miembros del partido fueron arrestados entre 1936 y 1939, 98 de los 139 miembros del Comité Central elegidos en el XVII Congreso de 1934 fueron arrestados, de los 1996 delegados a ese Congreso mil 108 fueron arrestados y 848 fusilados, y 96 de los 128 dirigentes de la Juventud Comunista fueron arrestados.
En el Ejército Rojo fueron reprimidos 720 de los 837 oficiales con rangos desde coronel a mariscal y mil 550 militares se suicidaron o intentaron suicidarse entre 1937 y 1938. El Ejército Rojo perdió más oficiales producto del terror que durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin culpables

Ovseenko y su padre fueron rehabilitados después del famoso XX Congreso del Partido Comunista en 1956, pero hoy, con sus 92 años, sentado en su modesto escritorio, considera que estamos muy lejos de la justicia porque nunca se juzgó a los responsables del Gran Terror.
Un grupo de intelectuales ha exigido un “Nuremberg ruso”, pero este tema sigue dividiendo a la sociedad hasta nuestros días. La “desestalinización” adelantada por Nikita Jruschov hasta 1964 y suspendida por Leonid Brezhnev, retomó vuelo en 1985 con la glasnost (transparencia) de Mijail Gorbachov.
Tras la desaparición de la Unión Soviética en los noventa una verdadera revolución sacó a la luz archivos y documentos secretos, se excavaron las tumbas de restos no identificados y se rehabilitó a todas las víctimas, pero desde la llegada de Vladimir Putin al poder en 2000 hubo un retroceso.
Los intentos de rescatar a Stalin del infierno son constantes, como cuando en 2010 la alcaldía de Moscú pretendió llenar la ciudad de imágenes del dictador con ocasión del 65 aniversario del triunfo en la Segunda Guerra Mundial. En 2007 se publicó un nuevo libro de texto escolar sobre la historia del siglo XX, en el cual Stalin es presentado como un “eficiente administrador”.
El pequeño Museo del Gulag es la prueba incómoda de un pasado terrorífico, pero es al mismo tiempo el intento de hacerlo pasar inadvertido entre las ofertas de Chanel y Armani.
Pero la cuestión del gulag sigue ahí, como una herida abierta. Como escribió el poeta Varlam Shalamov en sus escalofriantes Relatos de Kolima: “El gulag es en esencia el gran tema de nuestros días. ¿Acaso la destrucción del hombre por el Estado no es la principal cuestión de nuestra época?”.